España

León XIV afronta en Barcelona las realidades más duras: suicidio, violencia familiar y vacío existencial

En una espectacular vigilia de oración con 40.000 jóvenes en el Estadio Lluís Companys León XIV respondió a preguntas muy existenciales de varios jóvenes.  

Javier García Herrería·9 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
León XIV Barcelona

Imagen: Basilica de la Sagrada Familia/Pep Daude

El Estadio Olímpico Lluís Companys de Barcelona acogió anoche una Vigilia de Oración presidida por el Papa León XIV ante más de 40.000 personas. El Pontífice llegó al recinto poco antes de las 20.00 horas, tras una reunión privada con miembros de la Orden Agustina y la bendición de 30 ambulancias con destino a Ucrania, acompañado por la religiosa sor Lucía Caram.

Ya en el estadio dio una vuelta de honor en el papamóvil entre los vítores de los jóvenes y fue recibido con uno de los tradicionales castellers —las torres humanas catalanas—, “una bella manifestación de lo que somos capaces de hacer los seres humanos cuando trabajamos unidos y con un mismo fin”, como explicó el cardenal Omella en sus palabras de bienvenida. 

Imagen: Basilica de la Sagrada Familia/Pep Daude

A continuación, la vigilia tuvo como eje el diálogo entre el Papa y tres jóvenes que compartieron sus historias ante el estadio en silencio.

Vacío existencial

El primero relató cómo, creciendo en una cultura que solo valora producir, tener éxito y cuidar la imagen, encontró un vacío inmenso que le llevó a buscar respuestas hasta recibir el Bautismo en la última Pascua. Preguntó al Papa cómo mantener la mirada alzada hacia lo que de verdad importa.

León XIV respondió que la inquietud espiritual que siente ese joven es en realidad un don: «Estamos hechos a medida del infinito y por eso, todo horizonte finito, todo paso, toda conquista, mientras nos satisface al mismo tiempo nos impulsa hacia adelante.» El Papa animó a cultivar esa inquietud «descendiendo interiormente», reservando momentos de silencio, leyendo el Evangelio y caminando junto a otros en comunidad, porque «es en este mundo donde debemos cultivar la inquietud, no en otro».

La depresión

El segundo testimonio fue el más estremecedor: un joven confesó que una noche de viernes intentó quitarse la vida y que está vivo porque, dijo, Dios le dio una segunda oportunidad. Puso sobre la mesa la «enfermedad silenciosa» que es la depresión.

El Papa abordó el tema con gravedad y ternura. Afirmó que la salud mental está «cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas» y que eso «es una señal de que hay algo profundamente erróneo». Denunció que ciertos modelos culturales «nos quieren siempre vencedores y perfectos», confinando el dolor «al silencio ensordecedor de la soledad o incluso de la vergüenza». Y aseguró que Dios no abandona en esos momentos: «La cruz de Jesús nos dice que Dios no nos abandona, que Él sigue crucificado con nosotros en el momento del dolor y de la soledad extrema».

León XIV exigió a la Iglesia no espiritualizar el sufrimiento: «No debemos reconducirlo superficialmente a la ‘voluntad de Dios’ o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas».

Violencia en la familia

El tercer testimonio lo dio una joven cuyo padre intentó matar a su madre cuando era niña —salvada por un joven que perdió la vida—, que creció tutelada por los servicios sociales, encontró la fe en un centro de menores, pero que reconoció haberse rebelado contra Dios muchas veces. Su pregunta fue directa y dolorosa: ¿cómo perdonar a su padre? ¿Cómo reconciliarse con Dios?

El Papa no eludió la crudeza del relato. Señaló que la violencia familiar y el feminicidio siguen siendo una lacra, y fue claro en no responsabilizar a Dios: «No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad.» Sobre el perdón, León XIV lo describió como «poderosa medicina contra el mal que sana nuestras heridas interiores», pero insistió en que es un proceso, no un mandato inmediato: «El perdón sobre todo debemos invocarlo del Señor; seguir pidiendo —tal vez durante toda la vida— que el Señor amplíe en nosotros el espacio del amor precisamente allí donde hemos sido heridos».

Basilica de la Sagrada Familia/Pep Daude

El discurso del Papa

En su discurso ante el estadio, León XIV tomó la figura evangélica de Nicodemo —el fariseo que fue a ver a Jesús de noche— como hilo conductor para hablar de las «noches» personales, eclesiales y sociales.

El Papa llamó a no juzgar las noches propias ni las ajenas, ni las de la Iglesia ni las de la sociedad. En la oscuridad, dijo, hay que ponerse en camino como Nicodemo, seguir interpelando al Señor y abrirse al Espíritu, para «acoger la noche ya no como el signo de un fracaso sino como el inicio de una nueva vida». Invitó a preguntarse con honestidad cuáles son las noches que cada uno atraviesa —en la vida personal, en el camino eclesial, en las ciudades de España, en sus antiguas y nuevas pobrezas— y qué sugieren esas oscuridades.

León XIV concluyó con una llamada a no cesar en la búsqueda y en el diálogo, «con Dios y entre nosotros, también en el corazón de la noche», y a abrirse al don del Espíritu «con la certeza de que experimentaremos en nosotros una vida nueva, un amor gratuito que nos ayudará a pasar de la noche a la luz». Su última palabra fue de esperanza absoluta: «Dios quiere que nada se pierda y ya desde ahora desea darnos la vida eterna, para conducirnos a la felicidad que no tiene fin.»

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