Por qué la buena fantasía forma algo más que la imaginación.
Hay padres que descubren que su hijo lee fantasía como quien encuentra al niño hablando solo en un idioma desconocido: con una mezcla de curiosidad y ligera alarma. De pronto aparecen mapas al principio del libro, nombres impronunciables susurrados en voz baja, criaturas que no existen y una trama que ocurre muy lejos de cualquier lugar reconocible. La pregunta surge casi sola: ¿qué hace todo esto en la cabeza de un niño? Y, más en concreto, ¿es compatible con la fe, o estamos abriendo una puerta que sería mejor dejar cerrada?
Conviene empezar por despejar un malentendido bastante extendido. Cuando la tradición cristiana advierte contra la magia —basta abrir el Catecismo de la Iglesia Católica para comprobarlo— no está pensando en novelas de aventuras, sino en prácticas que pretenden manipular lo espiritual en la vida real. Confundir ambas cosas sería como suponer que quien lee sobre ladrones está aprendiendo a robar. La literatura no enseña técnicas; propone mundos. Y ahí está precisamente la clave.
Porque lo que está en juego no es la adquisición de conocimientos esotéricos —nadie aprende a lanzar hechizos por leerlos—, sino la formación de la imaginación moral. Aquí conviene recuperar a J. R. R. Tolkien, que no era precisamente ingenuo en estas materias. Él hablaba de la fantasía como «subcreación»: el ser humano no inventa desde la nada, sino que reordena lo que ha recibido. Por eso, un buen mundo fantástico no es una fuga de la realidad, sino una forma de verla mejor. En El señor de los anillos, el anillo no es solo un objeto mágico; es una imagen del poder que corrompe. La cuestión decisiva no es quién lo posee, sino quién es capaz de renunciar a él.
Algo parecido ocurre en Las crónicas de Narnia, de C. S. Lewis: lo maravilloso no sustituye a Dios, sino que remite, de forma indirecta, a una verdad más alta. Lo que allí salva no es la astucia ni la fuerza, sino el sacrificio.
No son los únicos. Las Crónicas de Prydain, de Lloyd Alexander, construyen un héroe que aprende, a lo largo de cinco libros, que la grandeza no se hereda ni se conquista: se gana renunciando a ella. Y Brandon Sanderson, que domina buena parte de las estanterías de fantasía juvenil y adulta de las últimas dos décadas —con sagas pensadas para distintas edades—, sitúa casi siempre en el centro una pregunta parecida: qué hace con el poder alguien que podría abusar de él. Son mundos distintos, con registros muy diferentes, pero comparten algo esencial: la admiración no va hacia el más hábil, sino hacia el más íntegro.
El punto, entonces, no es si aparece o no la magia, sino qué tipo de mundo construye esa historia. Hay libros donde lo «mágico» funciona como un lenguaje simbólico: hace visible la diferencia entre el bien y el mal, dramatiza la tentación, muestra el costo de las decisiones. La magia no es el centro; es el decorado. Y hay otros donde la magia se presenta como una técnica neutral, disponible para cualquiera que aprenda lo suficiente, desligada de un orden moral claro. En los primeros, el poder está subordinado a la verdad; en los segundos, el poder empieza a parecer la medida de todas las cosas. Esa diferencia no es académica. Un niño la percibe, aunque no la formule, en aquello que el relato admira y recompensa.
Con todo, sería ingenuo concluir que cualquier libro de fantasía es igualmente válido. Hay sagas —La escuela del bien y del mal, de Soman Chainani, es un ejemplo que circula mucho entre preadolescentes— donde el problema no es la presencia de magia sino la lógica que la sostiene: el bien y el mal dejan de ser categorías reales y se convierten en etiquetas intercambiables, el poder se presenta como valor en sí mismo, y la ambigüedad moral no sirve para profundizar sino para disolver. Un lector adulto y formado puede leer eso críticamente. Un niño de diez años, no necesariamente. La diferencia no está en prohibir, sino en saber qué llega en qué momento y con qué acompañamiento.
Por eso, el discernimiento no se juega tanto en listas de títulos permitidos o prohibidos —que envejecen mal y rara vez convencen a nadie—, sino en una mirada más fina. ¿Qué se celebra en ese universo? ¿La lealtad o la eficacia? ¿La capacidad de sacrificio o la habilidad para imponerse? ¿La verdad o el resultado? No hace falta convertir la lectura en un seminario. A veces basta una pregunta lanzada al pasar, sin tono de interrogatorio: por qué ese personaje tomó esa decisión, qué habría pasado si elegía distinto, qué te parece a ti.
También ayuda recordar algo elemental: la edad importa. Un mismo libro no significa lo mismo a los nueve que a los quince. Los niños leen con una seriedad admirable; no ironizan, no toman distancia, no «consumen contenido». Se meten dentro de la historia. Eso es precisamente lo que hace valiosa la literatura —y lo que exige cuidado—. No todo tiene que llegar en cualquier momento, y no todo tiene que leerse en soledad. Entre la prohibición sistemática y la indiferencia hay un espacio bastante razonable que se llama acompañamiento.
Conviene detenerse aquí, porque la pregunta no es solo si la fantasía hace daño. Es también qué hace bien, y por qué vale la pena. La buena fantasía entrena algo que la vida cotidiana no siempre puede entrenar de la misma manera: la imaginación moral. Un niño que sigue a Frodo cargando el anillo no solo sigue una aventura; está experimentando, desde dentro, el peso de una decisión que no puede delegar. Está aprendiendo —sin que nadie se lo explique— que hay cosas que cuestan, que el bien no es gratuito, que la tentación no siempre tiene cara de monstruo. Y lo está aprendiendo de la única manera en que los niños aprenden de verdad: viviéndolo, aunque sea en la imaginación.
Hay más. La buena fantasía da lenguaje a experiencias interiores que el niño ya tiene, pero no sabe nombrar: el miedo a no estar a la altura, la lealtad que se mantiene cuando cuesta, la tentación de tomar el camino más corto. Y no solo las nombra: las hace deseables o repugnantes. Genera deseo de bien, no solo conocimiento del bien. Esa diferencia no es menor. Saber que la lealtad es una virtud es una cosa; haber acompañado a Sam Gamyi hasta el Monte del Destino y entender por qué no abandonó es otra.
Quizá el temor de fondo sea otro: que la fantasía desplace la realidad, que lo imaginario termine por desdibujar lo verdadero. La experiencia sugiere lo contrario cuando los libros son buenos. La fantasía bien elegida no aleja del mundo; lo ensancha. Da espesor a palabras que de otro modo suenan abstractas: bien, mal, fidelidad, tentación, esperanza. Y, de paso, introduce una intuición que no es ajena al cristianismo, aunque venga envuelta en capas, espadas y criaturas improbables. G. K. Chesterton lo formuló mejor que nadie: los cuentos no enseñan que existen dragones —los niños ya lo saben—, sino que los dragones pueden ser vencidos.
No es una mala noticia para la fe. Es, más bien, una de sus puertas de entrada.
Periodista y profesora de Lenguaje y Literatura. Combina su trabajo docente con proyectos de difusión cultural. Recomienda libros en el Instagram @milesdebuenoslibros



