Andrea Bozzolo es el rector de la Pontificia Universidad Salesiana. Doctor en Letras Clásicas y en Teología Sistemática, participó junto al sacerdote Fabio Rosini y el cardenal Kevin Farrel, prefecto del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, en una jornada de estudio sobre “el sacramento del Matrimonio, la fe y el mundo docente”.
Durante su intervención, el padre Bozzolo destacó la importancia de alejarse de una perspectiva que presente el sacramento del matrimonio como un mero contrato, animando a todos a profundizar en la belleza de esta vocación y a compartir con los jóvenes historias que les ayuden a comprender este “camino hacia la plenitud”.
Tras la jornada de estudio, el rector de la universidad concedió una entrevista a Omnes en la que habla sobre cómo presentar el sacramento del matrimonio a los jóvenes y el papel de los sacerdotes en el acompañamiento a quienes siguen este camino.
¿Cómo puede la Iglesia proponer el matrimonio como algo «decisivo» a jóvenes que ven la verificación empírica, viviendo juntos antes de casarse, como el único paso razonable antes del compromiso?
– La Iglesia puede abordar esta cuestión interpretando lo que expresa la convivencia: el deseo de poner a prueba el amor. La clave está en mostrar que el amor se convierte en definitivo no a través de una prueba prolongada, sino mediante una promesa basada en una verdad más grande que la propia pareja.
El matrimonio es definitivo porque reconoce que el amor no se fundamenta en sí mismo. Sin este horizonte, la convivencia corre el riesgo de quedarse en un experimento provisional. La tarea consiste en revelar que el sacramento no es un paso definitivo tras la certeza, sino el acto que hace verdaderamente posible el amor duradero.
¿Cómo podemos rehabilitar la idea de que el amor tiene una estructura ontológica y no es solo un contrato emocional privado?
– Es necesario demostrar que el amor no es solo lo que uno siente, sino lo que revela el sentido de la existencia. Al amar a otra persona, uno no solo experimenta emociones, sino que se encuentra con una llamada a entregarse y a recibirse de nuevo. Esto apunta a una estructura ontológica: el amor tiene que ver con quiénes somos, no solo con cómo nos sentimos. Recuperar esto requiere un lenguaje que conecte la experiencia y la verdad, mostrando que el amor siempre implica una promesa, un destino y una forma de vida que no puede reducirse a un acuerdo privado.
¿Cómo podemos explicar a una pareja de enamorados que amar a Dios «sobre todas las cosas» es, precisamente, lo que protegerá su amor mutuo del fracaso?
– Amar a Dios por encima de todo no menoscaba el amor humano; lo libera de expectativas imposibles. Cuando el ser amado se convierte en lo absoluto, el amor se derrumba bajo el peso de lo que ningún ser humano puede dar.
Reconocer a Dios como la fuente última y la plenitud del amor permite que cada cónyuge sea acogido como un don, y no poseído como garantía de felicidad. De este modo, la fe protege al amor de la ilusión y el resentimiento, arraigándolo en una promesa que trasciende a ambos cónyuges y los sostiene.
En su análisis de Génesis, usted dice que el hombre solo descubre su «yo» frente al «tú» de la mujer. ¿En qué medida ayuda esta visión a combatir la «psicologización de los afectos» que encierra al individuo en su propio bienestar psíquico?
– Esta perspectiva muestra que el yo no se construye internamente, sino que surge a través del encuentro. El “yo” surge en relación con un “tú” que no puede reducirse a las propias necesidades o proyecciones.
Esto pone en tela de juicio la psicologización de las emociones, que limita el amor al bienestar subjetivo. En cambio, el amor se convierte en un acontecimiento relacional que lleva a la persona más allá de sí misma.
La identidad se descubre, no se produce, y esto abre un camino en el que las emociones se integran en un horizonte más amplio de sentido y responsabilidad.
¿Cómo proponer la visión cristiana del matrimonio sin que parezca que la Iglesia intenta «colonizar» o apropiarse de la experiencia humana universal del amor?
– El punto de partida es la universalidad del amor humano, reconociéndolo como algo que ya tiene sentido y que apunta más allá de sí mismo. La Iglesia no impone una interpretación externa, sino que revela lo que está implícito en la experiencia: su apertura hacia un origen y un destino más elevados. En este sentido, la visión cristiana no coloniza el amor, sino que le sirve, ayudándole a reconocer su plena verdad. El sacramento no es un añadido, sino el reconocimiento explícito de una presencia que ya está actuando en la relación.
¿De qué manera puede la pastoral ayudar a los esposos a ver la muerte no como el fin de su amor, sino como el horizonte donde su alianza encuentra su sentido último?
– La atención pastoral puede ayudar a las parejas a comprender que el amor lleva en sí mismo una promesa que trasciende la muerte. La experiencia de amar ya plantea la pregunta de si este bien está destinado a perdurar o a desvanecerse. La fe responde que esta promesa no es una ilusión, sino que encuentra su plenitud en Dios.
El acompañamiento ayuda a las parejas a interpretar su amor dentro de este horizonte, de modo que la muerte no se perciba como su negación, sino como el paso en el que su verdad más profunda —la comunión fundamentada en Dios— alcanza su plenitud.
Usted afirma que «el amor no es simplemente un sentimiento», sino una plenitud del ser. En una cultura que idolatra la emoción del momento, ¿qué herramientas pedagógicas propone para educar la voluntad sin caer en un legalismo rígido?
– La educación debe centrarse en formar el deseo, no en reprimirlo. Esto significa ayudar a los jóvenes a reconocer que la verdadera libertad no consiste en la multiplicación de experiencias, sino en la capacidad de elegir un bien que perdure.
Las historias, los testimonios y la reflexión compartida sobre la experiencia vivida son más eficaces que las normas abstractas. La voluntad crece cuando se siente atraída por una forma de vida que tenga sentido.
Para evitar el legalismo es necesario mostrar la belleza del amor fiel, de modo que el compromiso no se perciba como una restricción, sino como un camino hacia la plenitud.
Advierte que la teología se ha centrado casi exclusivamente en el «momento del consentimiento jurídico» del matrimonio. Si desplazamos el foco hacia el «recorrido afectivo» previo y posterior, ¿cómo se redefine el papel del sacerdote? ¿Debe dejar de ser un «oficiante de un contrato» para convertirse en un «compañero de discernimiento» de una historia que ya está habitada por Dios?
– Si se toma en serio el camino emocional y relacional, el papel del sacerdote se amplía. Ya no es principalmente el oficiante de un acto jurídico, sino un guía que ayuda a discernir la presencia de Dios, que ya está actuando en la historia de la pareja. Esto no resta importancia al consentimiento, sino que lo sitúa dentro de un proceso de fe más amplio.
El sacerdote acompaña, interpreta y apoya un camino, ayudando a la pareja a reconocer que su amor está llamado a convertirse en una respuesta consciente y duradera a la iniciativa de Dios.





