Cuando hablamos de pantallas en un entorno educativo, la pregunta uno o dos suele ser: “¿Cómo aporta la tecnología al proceso de aprendizaje?”. Pues bien, nos pusimos a buscar expertos en el área y, preguntando por aquí y por allá, varias voces nos recomendaron conversar con Francisca Cibié.
Francisca Cibié es Directora de Desarrollo Académico en el instituto técnico profesional Duoc UC. Se dedica a promover la “innovación educativa y transformación digital en la educación superior” entre unos 100.000 estudiantes. La invitamos a almorzar en un patio universitario, compartido con alumnos y profesores, para relajar los ánimos y preguntar por los mejores “tips” para colegios y familias.
¿Cómo enfocarías una charla para padres sobre el uso del celular en sus hijos?
– Yo suelo hacer un ejercicio con los papás: les pido que revisen en sus propios ajustes de privacidad qué aplicaciones tienen acceso a su localización y micrófono. Al darse cuenta de que sus teléfonos están mal configurados, comprenden que esa misma vulnerabilidad se la están entregando a sus hijos y que muchas veces corremos riesgos sin saber que éstos existían.
Es un deber como adultos evaluar los riesgos y beneficios antes de entregar un dispositivo, porque el daño puede ir desde lo cotidiano hasta temas más serios, mermando su autoestima y seguridad.
Más allá de los riesgos conocidos como la pornografía, ¿qué otros peligros cotidianos detectas en estas tecnologías?
– Hay casos muy comunes, como «la foto que nunca desaparece». Una niña envía una imagen por Instagram o Whatsapp con la función de visualizar una sola vez, pero otra persona puede tomarle una foto al celular con otro dispositivo y difundirla. Esto genera una falsa sensación de privacidad.
También están los riesgos específicos de las diferentes aplicaciones: WhatsApp por ejemplo permite grupos que a veces se salen de control y no tiene herramientas de supervisión parental propias, mientras que Instagram utiliza algoritmos que pueden arrastrar a los jóvenes a contenidos inapropiados, a ser contactados por extraños y a exposición pública. Los Reels y Stories promueven una cultura de obsesión por «likes» que impacta directamente la autoestima.
También están los riesgos de la geolocalización en publicaciones y el contacto con influencers que promueven consumo desordenado, estándares corporales irreales o conductas riesgosas.
¿Qué estrategia propondrías para la entrega del “smartphone” a los hijos?
– No creo en un «salto al vacío», sino en hacer una “entrega gradual”. Mi propuesta es: nada de pantallas hasta los 12 años; entre los 13 y 14, solo un celular básico («almeja»); a los 14 -15, iniciar con WhatsApp, y recién un año después permitir Instagram. Sin embargo, esto no es «chipe libre» para el adolescente; es importante asegurar un uso educado, acompañado, con tiempo limitado en pantalla y, preferiblemente, que las redes sociales comiencen instaladas en el teléfono de los padres para poder supervisar el uso responsable y el algoritmo.
Más que una regla fija por edades, que la normativa ya establece en 13 años como mínimo, lo importante es entender que la introducción debe ser gradual, supervisada y educada. Y si hay que partir por una red social, prefiero WhatsApp antes que Instagram: así, para contactar a tu hijo necesitan saber su número de teléfono, y no está el riesgo del algoritmo empujándolo a contenidos cada vez más extremos.
Con frecuencia los padres se complican cuando escuchan la palabra “configuraciones”, y no saben cómo restringir el uso del celular de su hijo. ¿Cómo animarlos a interesarse por esas posibilidades?
– Lo entiendo. Pienso que, en lugar de forzarlos para que aprendan, cada colegio podría ofrecer en su página web diferentes tutoriales y buenas prácticas e incluso el servicio de configurar el celular del alumno con los controles parentales que los padres elijan. El mismo encargado de tecnología del colegio, por ejemplo, podría determinar un horario para recibir apoderados y ofrecerles esa ayuda.
Otra objeción que hemos oído: ante la presión social de los hijos por «no quedar fuera», muchos padres ceden antes de tiempo. ¿Cómo manejar esto?
– Es una batalla difícil, porque los niños sienten que, si no están en el grupo de WhatsApp, no existen socialmente. Pero hay que envalentonar a los papás. Si una mamá no ve la gravedad del asunto, no dará la pelea. Ahora bien, el daño emocional que puede sufrir un niño desprotegido, como el cyberbullying, es terrible: un comentario despectivo sobre una foto puede destruir la autoestima de una niña en segundos, llevándola incluso a trastornos alimenticios o aislamiento.
Finalmente, siento que cuando los papás ceden, no están del todo conscientes de la cantidad de problemas que se están comprando, ni de la puerta que están abriendo. Porque no es «solo un celular» ni «solo una app». Es abrir la puerta a que creen un grupo de WhatsApp con todo el curso menos con ella, y que se entere de eso el lunes durante el recreo; o el «grupo paralelo», ese que se arma sin un niño específico justamente para hablar de él a sus espaldas; o los stickers con la cara de un compañero convertida en burla circulando toda la semana; o los audios riéndose de cómo habla una niña, reenviados miles de veces; o el celular debajo de la almohada a las 3 de la mañana, revisando si alguien respondió o dio “like”, para después llegar al colegio sin dormir, irritable, y terminar peleando con una amiga por cualquier tontería; o las peleas entre mamás del curso porque los niños se agarraron por chat.
Son cosas chicas, y otras más grandes como la pornografía, la adicción al juego o las autolesiones, que se acumulan y van matando la autoestima, el rendimiento escolar y la salud mental de un niño que todavía no tiene las herramientas emocionales para procesarlas. Una vez abierta, esa puerta no se cierra. Por eso vale la pena dar la pelea antes, aunque sea incómoda.
¿Qué rol deberían jugar los colegios en esta formación?
– Los colegios están al debe; no basta con un par de charlas al año y protocolos de entrega de celulares. Deben integrar competencias digitales en el currículo de manera progresiva. Es fundamental entregarles competencias digitales a los alumnos y enseñarles por ejemplo qué significa crear una cuenta, la diferencia entre crear una cuenta usando un correo o darle acceso a tu cuenta de Google, o, finalmente, como manejarse de forma segura en redes y cómo proteger su identidad digital.
Además, como decíamos, los colegios deberían facilitar talleres prácticos para padres y ofrecer soporte técnico sencillo para ayudar a comprender los riesgos y configurar controles parentales.
En el ámbito estrictamente pedagógico, ¿cómo aporta la tecnología al aprendizaje?
– Aporta muchísimo si se usa con propósito. Por ejemplo, ante la llegada de la Inteligencia Artificial, la evaluación debe cambiar: ya no importa el informe final, sino el pensamiento crítico demostrado en las preguntas y contrapreguntas que el alumno le hizo a la IA para llegar a ese resultado.
También hay avances increíbles como el metaverso o la realidad virtual, que permiten simulaciones de contextos reales (como armar un motor) en entornos seguros y económicos.
Finalmente, como todo en la vida, la tecnología tiene montones de riesgos pero también abre un sinfín de oportunidades y está en nosotros poner la tecnología al servicio de la persona y no al revés.
¿Estarías a favor de una mayor regulación legal, como se ha planteado en Europa o Australia, donde se está ordenando a las mismas plataformas que impidan la creación de cuentas a los menores de 16 años?
– Sí, totalmente. Sería un descanso enorme para los papás que la ley estableciera edades mínimas reales, tratándolo como el tema de salud pública que es. Ahora, siendo honesta, la ley sola no basta: si los papás y colegios no acompañan, los niños van a encontrar la forma de migrar a otras apps. Por eso creo que tiene que ser una combinación de regulación, colegio y casa. Pero que el Estado ponga un piso ayuda, y mucho.
Para concluir, ¿cuál es el mensaje final para las familias?
– Debemos formar liderazgos positivos tanto en alumnos como en apoderados. Si logramos que los líderes de un curso decidan no tener celular hasta cierta edad, la presión social disminuye.
Se trata de elegir las batallas, ser coherentes y entender que nuestra responsabilidad es acompañarlos en esta transición hasta que tengan la madurez suficiente como para manejar estas herramientas por sí mismos.
Y, para terminar, quiero decir a los papás “que se atrevan” a dar la pelea. Vale la pena, porque, en el fondo, están protegiendo a sus niños, y eso es parte de la pega de ser papás.





