“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”
Dos hombres vestidos de blanco pronunciaron estas palabras a los apóstoles mientras contemplaban cómo nuestro Señor era elevado y desaparecía de su vista. Acababan de ver a Jesús, por así decirlo, salir del escenario del mundo visible, y permanecían allí llenos de asombro, mirando hacia lo alto.
Esta escena nos recuerda un famoso monólogo de la obra As You Like It de William Shakespeare: “Todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores; tienen sus entradas y sus salidas…” En cierto sentido, podría parecer que Cristo ha interpretado su papel en el drama del mundo y ahora abandona el escenario.
El salmo describe su partida con celebración: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”. Pero esto suscita una pregunta importante: ¿por qué nos alegramos por la partida de alguien a quien amamos? Normalmente no celebramos cuando alguien se va de nuestro lado. Entonces, ¿por qué la Iglesia celebra la Ascensión con tanta alegría? Desde luego, no celebramos porque un mal gobernante o un tirano haya desaparecido. Todo lo contrario. Nos alegramos porque sabemos a dónde ha ido Jesús. Jesús no simplemente se ha marchado ni ha desaparecido en algún lugar lejano más allá de las nubes. Como dice san Pablo a los Efesios, Dios Padre resucitó a Cristo de entre los muertos y lo sentó “a su derecha en el cielo”.
Sin embargo, hay otra razón para nuestra alegría. Nos alegramos porque Jesús confía en nosotros. La Ascensión es una fiesta que celebra la extraordinaria confianza que Cristo deposita en sus discípulos. Jesús no es como un jefe que piensa que nadie más es capaz de continuar su trabajo. En nuestro mundo, a veces encontramos personas que se niegan a delegar porque creen que nadie puede hacer las cosas tan bien como ellas. Pero Cristo es diferente. Él sabe que antes de Él vinieron otros —los profetas que prepararon su camino— y sabe también que después de Él vendrán otros para continuar su misión.
Jesús tiene el coraje de dejarse a un lado. Sale del escenario, por así decirlo, y nos entrega el testigo. Y no nos deja solos. Promete el Espíritu Santo, que guiará y fortalecerá a la Iglesia: “recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra”.
Por eso los ángeles preguntan a los apóstoles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” La Ascensión no es una invitación a quedarnos quietos mirando las nubes. Es un recordatorio de que la misión nos ha sido confiada: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos”.
Quizá la fiesta de hoy también nos invita a aprender algo sobre la confianza. A veces nos cuesta creer en los demás, especialmente en la nueva generación. Podemos pensar que, sin nuestra presencia, todo se vendrá abajo. Pero Cristo nos muestra otro camino. Nos enseña que confiar en los demás forma parte del plan de Dios. La misión de la Iglesia continúa de generación en generación.





