Evangelio

Sacaremos amor de la fuente. Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (A)

Vitus Ntube nos comenta la lecturas del Solemnidad de Sagrado Corazón de Jesús (A) correspondiente al día 12 de junio de 2026.

Vitus Ntube·9 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Hoy celebramos la última de las grandes fiestas que la liturgia nos ofrece después del tiempo pascual: la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Mañana celebraremos el Inmaculado Corazón de María. Junto con las fiestas de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi, la solemnidad de hoy recoge todo lo que hemos vivido a lo largo de los cuarenta días de Cuaresma y los cincuenta días de Pascua en un conjunto coherente. Y ese conjunto es este: el amor de Dios por nosotros. Al celebrar el Sagrado Corazón de Jesús, llegamos al centro mismo de ese misterio: al corazón del amor divino.

La Iglesia no nos invita hoy a venerar un órgano físico separado de Cristo, como si nos fijáramos en una parte de su cuerpo de manera aislada. Más bien, el Corazón de Jesús es el símbolo vivo y la expresión total de su amor por la humanidad. Uno podría preguntarse: ¿por qué no celebrar la sagrada cabeza coronada de espinas, o las manos traspasadas por nuestra salvación? La respuesta es que, en el corazón, más que en cualquier otra parte, reconocemos un “signo o símbolo natural de su inmensa caridad”. El Sagrado Corazón, por tanto, no es simplemente una imagen, sino la realidad del amor de Cristo derramado por nosotros.

En la oración colecta de la Misa, reconocemos que Dios Padre nos ha concedido “infinitos tesoros de amor” en el Corazón de su Hijo. Ante un don así, cobran vida las palabras del profeta Isaías: “sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Encíclica Haurietis aquas).

El Evangelio profundiza esta invitación. Jesús dice: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Hay muchas cosas que podemos aprender de Cristo, pero en el centro de todas está el amor: un amor manso, humilde y entregado. Del Corazón traspasado de Cristo en la cruz brota la vida para el mundo. Lo que fue traspasado se convierte en fuente.

Para muchos en nuestro mundo, especialmente en lugares donde hay que sacar el agua cada día, la imagen de una fuente es muy real. Cuando el nivel del agua es bajo, el esfuerzo se vuelve agotador. Se puede recurrir a una polea o incluso a una bomba, pero ningún esfuerzo humano puede producir agua si la fuente está seca. La verdadera alegría no está en el mecanismo, sino en la abundancia de la fuente.

Así ocurre con el amor de Cristo. Las técnicas, los esfuerzos y las estructuras en nuestra vida no bastan si la fuente falta. Pero el Corazón de Jesús nunca se agota. Es inagotable. Está siempre lleno y desbordante.

La primera lectura nos recuerda que este amor es un don. Israel fue elegido no por su fuerza o grandeza, sino simplemente porque Dios lo amó. Como dice la Escritura: “Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres”.

La liturgia nos invita a acercarnos a este Corazón traspasado con confianza. A beber de él. A permanecer cerca de él. Y, habiendo recibido tanto, a convertirnos nosotros mismos en fuentes de amor para los demás. Como escuchamos en la segunda lectura, estamos llamados a amarnos unos a otros. Quien bebe del Corazón de Cristo está llamado a ser un oasis de amor en la familia y en la sociedad.

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