Rod Dreher (Luisiana, 1967) es uno de los intelectuales cristianos más influyentes del mundo anglosajón. Periodista y escritor norteamericano afincado en Europa, fue de los primeros en investigar el escándalo de los abusos sexuales en la Iglesia católica de Estados Unidos. Esa experiencia le provocó tal impacto que le hizo abandonar la fe católica y le llevó a pasar a la Ortodoxia oriental.
Autor de tres “bestsellers” en el “New York Times” —entre ellos “La Opción Benedictina”, que significó un éxito y provocó un debate intelectual entre los católicos—, su último libro, “Vivir en el asombro”, publicado en Encuentro, aborda el regreso de lo sobrenatural a una sociedad que creyó haber superado la religión, y la necesidad urgente de que los cristianos recuperen una fe encarnada, no solo intelectual. Después de haberlo perdido casi todo, sigue encontrando a Dios en lo cotidiano. Dreher ha atendido a Omnes en Madrid.
Ha escrito extensamente sobre el asombro, pero quería empezar por algo más concreto. ¿Cuándo fue la última vez que lo experimentó usted personalmente?
– Casi a diario hay alguna pequeña señal de que Dios está conmigo, ayudándome a encontrar personas que necesitan mi ayuda —o que yo necesito de algún modo que no había anticipado⎯. Por eso procuro cultivar siempre una disposición de apertura para que Dios actúe en mi vida.
Pero la primera vez que experimenté el asombro de verdad fue a los 17 años, en 1984, en un viaje a Europa. Yo no estaba seguro de si creía en Dios ni en nada. Viajé en un autobús lleno de turistas americanos mayores —yo era el único joven del grupo—, pero no me importó: iba a París. Hicimos una parada a una hora de la ciudad para visitar una iglesia. Pensé: otra iglesia vieja. Entramos, y era la catedral de Chartres. No había nada en mi vida — me crié en un pueblo pequeño de Estados Unidos a finales del siglo XX— que me hubiera preparado para Chartres. Allí me sentí abrumado por el asombro y supe, de algún modo, que Dios existe realmente. Quise conocer al Dios que había inspirado a los hombres, ochocientos años atrás, a construir un templo tan hermoso en su honor. No salí de aquella iglesia como cristiano, pero salí en búsqueda. Y esa búsqueda me llevó finalmente a Cristo.
En el libro argumenta que los nuevos ateos de hace veinte años no crearon un mundo sin Dios, sino un vacío, y que ahora lo están llenando los dioses antiguos —Baal, Ishtar, Moloch—, volviendo bajo nuevas formas. ¿Cómo se manifiesta eso hoy en concreto?
– Tengo 59 años y mi generación no vio esto. Pero hace cuatro años estaba en Oxford, en una conferencia, y se me acercó un joven seminarista de 27 años que me preguntó: “¿Cuál cree que es la mayor amenaza para el cristianismo?”. Respondí: “El ateísmo”. Él me replicó: “No, eso era verdad para su generación. Para la mía, la mayoría no piensa en el ateísmo. La amenaza es el ocultismo”.
Me contó que, en Londres, donde había trabajado antes de entrar al seminario, era el único cristiano de su oficina. Pero no había ateos: todos tenían algún vínculo con el ocultismo: astrología, tarot, cristales, Wicca, etc. Incluso había dos personas que defendían que el satanismo era la mejor forma de ser plenamente humano. El seminarista me dijo: “Sé que cuando sea sacerdote tendré que lidiar con esto el resto de mi vida. Pero su generación ni siquiera sabe que existe”. Aquello me impactó.
Al volver a casa investigué las ciencias sociales, y es completamente cierto. Chesterton decía que cuando el hombre deja de creer en Dios, cree en cualquier cosa. Y eso es lo que vivimos hoy. Los jóvenes —los veinteañeros, los adolescentes— buscan misterio, trascendencia y sentido. Pero no siempre quieren el cristianismo. Algunos piensan que no pueden encontrarlo en la Iglesia, porque muchas Iglesias intentan restar importancia al misterio para parecer más modernas. Otros saben que hacerse cristiano implica rendirle la vida a Jesucristo y perder la libertad de hacer lo que les dé la gana. El ocultismo les dice que pueden hacer lo que deseen. El problema es que les costará el alma.
Dedica todo un capítulo a lo que llama “encantamiento oscuro”: personas que atraviesan experiencias que podríamos llamar demoníacas (brujería, psicodélicos). ¿Por qué cree que se produjo ese cambio, del no creer en nada a querer adentrarse en esa oscuridad?
– Porque las personas no pueden vivir sin una sensación de misterio, sin creer que hay algo más allá del mundo material. Es algo que necesitamos como seres humanos. Desde la fe cristiana, creo que san Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios. Pues bien, lo buscan, pero eligen un dios falso: el del ocultismo.
A lo largo de la historia siempre ha existido la práctica del discernimiento: tratar de distinguir lo que es verdaderamente de Dios de lo que no. Pero en el libro escribe que hoy mucha gente se siente atraída por la Inteligencia Artificial y los OVNIs casi como si fueran entidades sobrenaturales, nuevas fuentes de sabiduría trascendente. ¿Cree que la mayoría de los creyentes han perdido la capacidad de discernir con qué están tratando espiritualmente?
– En general, casi nadie está preparado hoy para discernir. Se da por supuesto que, si ocurre algo misterioso o sobrenatural, tiene que ser bueno, o al menos neutro. La Iglesia ofrece criterios serios de discernimiento, pero mucha gente no quiere escucharla —cree que sabe más—. Y pueden verse atrapados antes de darse cuenta.
También vivimos en una cultura que está abierta a todo tipo de experiencias y que cree que la única autoridad es uno mismo: no la Iglesia, ni la Biblia. Es algo muy peligroso, que además nuestra cultura alienta. Vivimos en un ambiente religioso en el que la gente —incluso muchos cristianos— cree tener derecho a elegir por sí misma qué es verdadero y qué es falso. Esa libertad es una ilusión. Puedes consumir drogas si quieres, pero te matarán. Si sigues la sabiduría de la Iglesia al respecto, te mantendrás alejado. Lo mismo vale para la espiritualidad: en la Biblia encontramos todo tipo de advertencias contra esto. La Iglesia tiene dos mil años de experiencia en estas realidades.
En el libro hablo de cómo en el mundo occidental moderno somos lo que llaman “WEIRD”: “Western”, “Educated”, “Industrialized”, “Rich”, “Democratic” —occidental, educado, industrializado, rico y democrático—. Eso es Occidente hoy. En ese mundo no percibimos la dimensión espiritual de la vida del mismo modo que la mayoría de la gente en el resto del mundo, ni del mismo modo que nuestros antepasados antes de la era moderna. Esto es, en cierto sentido, una buena noticia. Si pensamos que lo sabemos todo y que quienes viven en otros países son simplemente supersticiosos, estamos equivocados. Hay superstición, sí. Pero ellos perciben aspectos de la realidad ante los que nosotros estamos ciegos, por culpa de nuestra cultura materialista y del mito del progreso, que establece que cada generación es más lista que la anterior. En ciencia y tecnología, puede ser. Pero en lo espiritual, cada vez nos estamos volviendo más y más estúpidos.
Algunos lectores sintieron que “La Opción Benedictina” era una retirada del mundo, casi como cerrar puertas. Y en “Vivir en el asombro”, en cambio, parece haber una apertura a la experiencia espiritual. ¿Diría que este nuevo libro matiza o corrige esa percepción?
– Sí, lo escuché mucho de los críticos de “La Opción Benedictina”, muchos de los cuales no se habían leído el libro. En él explico que no hay escapatoria del mundo moderno; no podemos huir al monte y escondernos. Pero si vamos a vivir en este mundo como cristianos fieles, necesitamos establecer ciertos límites para cultivar la fe, crecer en ella y transmitirla a nuestros hijos, de modo que cuando salgamos al mundo podamos ser discípulos fieles de Jesucristo. Nunca dije “retiraos al monte”, pero creo que mucha gente quería entenderlo así, porque de ese modo es más fácil rechazar el mensaje.
En este nuevo libro digo: vivimos en un mundo que paradójicamente se está volviendo cada vez más esotérico. Por eso tenemos que volver a lo que la Iglesia nos ha enseñado sobre el discernimiento espiritual y levantar esas barreras, no para huir de todo, sino para saber decir que no cuando nos encontremos con ello.
En el libro habla de la oración de liberación, del distanciamiento familiar, de su divorcio, y dice que lo que se fue era una nube oscura que había llevado consigo toda la vida adulta. ¿Dudó antes de publicar algo tan personal?
– Sí dudé, porque era muy personal. Pero al mismo tiempo, en todo lo que he escrito he descubierto que la gente se me acerca y me dice: “Gracias por decir esas cosas; yo también lo he vivido y me dio esperanza”. Y pensé: si Dios hizo esto por mí a través de las oraciones de mi sacerdote —que también es exorcista—, no puedo callarme, porque puede haber alguien leyendo esto que necesita exactamente esa ayuda. Por supuesto, mucha gente se reirá de mí por escribir algo así. Me da igual. Tengo 59 años y he vivido demasiado. Mi mujer se divorció de mí, perdí la fe católica, estoy distanciado de mi familia en Estados Unidos, que tiene sus propios problemas. Y Cristo me llevó a través de todo eso. He publicado tres libros en la lista de “bestsellers” del “New York Times”, así que no me preocupa que la gente se ría de mí. Siento que quiero dar testimonio de lo que el Señor ha hecho en mi vida.
Desde mi divorcio, nunca he hablado en público de por qué ocurrió porque es demasiado íntimo. Sin embargo, hay hombres cristianos a los que no conozco que me escriben diciendo: “Lamento que estés viviendo el divorcio. Esto es lo que yo estoy sufriendo. ¿Puedes ayudarme?”. Y les digo todo lo que puedo para ayudarles.
¿Diría entonces que todas esas cosas dolorosas y esa visión del asombro que describe en el libro encajan? ¿O a veces es complicado?
– Encajan, aunque a menudo es complicado. En mi libro anterior, “Vivir sin mentiras”, cuento la historia de un cristiano en la Unión Soviética: Alexander Ogorodnikov. Era de una familia comunista prominente, pero se convirtió al cristianismo a principios de los años setenta. Los jóvenes empezaron a reunirse en su apartamento de Moscú para rezar y alabar a Dios juntos. Finalmente, la KGB los arrestó a todos y los mandó a prisión. A Ogorodnikov lo pusieron en el corredor de la muerte, no porque estuviera condenado a muerte, sino que, por proceder de una familia comunista conocida, lo pusieron entre los peores presos de Rusia para que sufriera. Él empezó a evangelizarlos, y algunos se convirtieron. Los guardias, furiosos por las conversiones, lo pusieron en aislamiento. Allí empezó a sufrir de verdad y a dudar de su fe. Lo entrevisté una vez en Moscú, y me contó —llorando— que una noche lo despertó un ángel que lo sacudió. Levantó los ojos y vio al ángel, que le mostró la visión de un hombre, un preso, con las manos a la espalda, siendo llevado a su ejecución. Esto se repitió noche tras noche. Y Ogorodnikov acabó comprendiendo lo que significaba: todos los hombres que veía (que eran asesinos), a quienes llevaban a ejecución, habían aceptado a Cristo gracias a su predicación. El ángel le estaba diciendo: a través de tu sufrimiento, estos hombres están hoy en el paraíso con el Señor, porque se arrepintieron. Y Ogorodnikov me dijo: “Recuperé toda mi fe y toda mi esperanza de esa experiencia”.
Cuando escucho una historia así —y sé que es verdad—, cuando me siento deprimido y lleno de desesperanza por lo que me ha pasado, me acuerdo del testimonio de Ogorodnikov: el sufrimiento no es el final. Si seguimos perseverando sin perder la fe —con la convicción de que Cristo permite esto por una razón misteriosa y de que solo tenemos que cooperar con el Espíritu Santo, mantener la esperanza y mostrar el amor de Dios a los demás a pesar del sufrimiento—, al final estamos cumpliendo la voluntad de Dios.





