Esta mañana, en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, se presentaron los resultados de la encuesta Footprints: Valores, esperanzas y expectativas de los jóvenes. La investigación, realizada entre enero y febrero de 2026, se realizó con un muestra de 9.000 jóvenes (18-29 años) de 9 países (Argentina, Brasil, Filipinas, Italia, Kenia, México, Reino Unido, España y Estados Unidos), que permite ver una redefinición del concepto de trabajo, bienestar y realización personal entre la Generación Z y los Millennials.
Conversamos con José María Díaz-Dorronsoro, coordinador del grupo de investigación Footprints, que ha llevado a cabo una nueva edición del estudio.
¿Cuáles son las principales conclusiones del estudio?
Lo que más impresiona de los resultados de esta segunda oleada de Footprints es que los 9.000 jóvenes de 18 a 29 años que hemos escuchado en nueve países nos están diciendo algo que no encaja con los tópicos: el trabajo ya no es un “contrato” entre esfuerzo y remuneración sino un espacio existencial donde los jóvenes esperan realizarse, relacionarse y, en muchos casos, encontrar también una dimensión trascendente.
Los datos hablan claro. Un 48% de los jóvenes dejaría un empleo estable y bien pagado si el ambiente laboral es tóxico —y esa cifra sube al 53% entre las mujeres—. El salario sigue siendo la primera prioridad declarada para el 29%, pero junto a él emerge con fuerza lo que nosotros llamamos el «salario emocional»: la calidad del entorno, el bienestar psicológico, la coherencia de valores entre la persona y la empresa. El 25% se iría si no comparte la ética de su empleador; el 23%, si el trabajo es incompatible con tener familia.
Otro hallazgo clave: el 90% de los encuestados considera el descanso esencial para una vida laboral equilibrada, pero más del 60% siente una presión constante para seguir produciendo incluso cuando está agotado. Esa tensión es muy reveladora del mundo en que vivimos.
Y luego está la dimensión de la fe. El 66% de los jóvenes globales se identifica como creyente, y los que lo hacen presentan niveles de felicidad, compromiso cívico y optimismo laboral consistentemente superiores a los no creyentes. El «happiness gap» es de 0,8 puntos sobre 10 —7,1 de promedio para creyentes frente a 6,3 para no creyentes—, y más del 60% de los jóvenes creyentes declara que su trabajo tiene también un significado espiritual.
¿Qué cambios habéis detectado respecto al último estudio que hicisteis?
La primera encuesta de Footprints, en 2023, abordó fe y religión en ocho países. Esta segunda —con nueve países y 9.000 encuestados— se centra en trabajo y compromiso cívico. No son preguntas idénticas, así que no es posible una comparación directa.
Dicho esto, el hilo conductor más importante entre ambas fases es precisamente el de la fe ya que hemos mantenido una serie de preguntas básicas en las que preguntamos por las creencias y el nivel de práctica. Lo que detectamos en 2023 —que la espiritualidad no había desaparecido, sino que había evolucionado hacia formas más personales, menos institucionales— lo vemos confirmado y ampliado en 2026. La fe no se ha secularizado al ritmo que ciertos relatos dominantes presuponen. En los países europeos en proceso de secularización hay menos creyentes, sí, pero los que mantienen la fe lo hacen de forma más consciente y comprometida.
Lo que sí es genuinamente nuevo en esta segunda fase es la evidencia de cómo la espiritualidad permea el mundo del trabajo. Casi la mitad de los creyentes —el 48%— acude a Dios cuando enfrenta dificultades laborales; el 14% cita a un guía espiritual como referencia que ha influido en su concepto del trabajo; el 54% percibe el trabajo como un espacio de búsqueda o expresión espiritual. Estos datos muestran que la fe no es un compartimento separado de la vida profesional: la habita y la orienta.
Y hay una tendencia nueva que no podíamos anticipar en 2023: el papel de la inteligencia artificial. En Italia, por ejemplo, el porcentaje de jóvenes creyentes que acude a la IA cuando enfrenta dificultades laborales es idéntico al que acude a Dios: un 21% en ambos casos. No lo interpretamos como una sustitución de lo espiritual por lo tecnológico, sino como una integración pragmática que invita a una reflexión seria sobre la nueva mediación de sentido que ejerce la IA en la vida de los jóvenes.
¿Ha caído el peso de la fe? ¿Es la religión menos relevante hoy?
No hay un colapso generalizado de la fe; hay geografías muy distintas, y confundirlas sería un error metodológico serio.
El 81% de los jóvenes creyentes —que son el 66% del total global— considera que su fe es una guía importante en las decisiones cotidianas. Y esa influencia se extiende explícitamente al mundo del trabajo: más del 60% de los creyentes declara que su trabajo tiene significado espiritual, y el 54% lo considera un espacio de búsqueda espiritual.
En Kenya, Filipinas y Brasil la fe sigue siendo el motor más visible en las decisiones profesionales. En Kenya, el 90% de los jóvenes se identifica como creyente, el 66% asiste a servicios religiosos semanalmente, el 69% reza a diario, y el 97% de los creyentes kenianoscalifica la fe como guía importante en su vida.
Ese substrato espiritual se traduce directamente en su visión del trabajo: lo asocian al servicio a los demás en una proporción muy superior a la media, son los más optimistas del estudio sobre el futuro laboral, y más de la mitad acude a Dios cuando enfrenta dificultades en el trabajo.
Filipinas, con el 82% de creyentes y el 94% que considera la fe como guía, presenta un perfil similar. Brasil destaca por la mayor tasa de felicidad del estudio —7,5 sobre 10 de media—, un dato que se correlaciona fuertemente con su elevada práctica religiosa.
En el extremo opuesto están Italia y España. España tiene solo el 46% de creyentes entre los jóvenes, el 16% asiste a Misa semanalmente, el mismo porcentaje reza a diario. Italia, con el 38% de creyentes y el 10% de asistencia semanal, es uno de los escenarios de mayor avance de la secularización, si bien la fe en Italia no ha desaparecido sino que parece discurrir como por un cauce subterráneo, menos visible en la superficie social, pues aflora con fuerza cuando se tocan determinados temas: la relación con los compañeros, la búsqueda de sentido en el trabajo, la compatibilidad con la familia.
¿Son los jóvenes de hoy más o menos activos cívicamente que los de generaciones anteriores?
La pregunta exige matices, porque el activismo juvenil ha cambiado de forma más que de intensidad. El compromiso institucional —afiliación a partidos, membresía formal en organizaciones— es bajo: el 53% no pertenece a ninguna asociación. Pero la indiferencia es otra cosa. El 72% vota cuando hay elecciones, el 44% expresa sus opiniones sobre asuntos políticos en redes sociales, el 37% participa en campañas y peticiones.
Lo que sí es un hallazgo sólido y recurrente en todos los países es la diferencia entre creyentes y no creyentes en materia de compromiso cívico. Los jóvenes creyentes votan más —el 74% frente al 69% de los no creyentes—; participan más en campañas de sensibilización —el 41% frente al 29%—; expresan más sus opiniones en espacios públicos —el 47% frente al 39%—.
En participación comunitaria religiosa, el 32% de los creyentes pertenece a una organización religiosa y el 21% a una asociación civil, ambas cifras superiores a las de los no creyentes.
La brecha en activismo —más de 12 puntos porcentuales— es particularmente llamativa. Y se cumple en todos los países: en el Reino Unido, en Kenya, en Argentina, en España. La fe, lejos de ser un repliegue hacia lo privado, parece funcionar como acelerador del compromiso con lo público. Este dato invita a una reflexión seria sobre el papel de las comunidades religiosas como escuelas de ciudadanía activa.
¿Es el teletrabajo una exigencia innegociable o hay un deseo de volver a la oficina?
Ni lo uno ni lo otro de forma absoluta. El 71% de los jóvenes ha trabajado o estudiado en remoto en algún momento —el legado más duradero del COVID—, y un tercio lo hace con regularidad. Pero la actitud hacia el teletrabajo es profundamente ambivalente.
Lo que más valoran es el horario flexible y el equilibrio con la vida personal. Lo que más les preocupa es el aislamiento social —especialmente en Reino Unido, donde el 50% lo señala— y el deterioro de la comunicación con el equipo —el 39% a nivel global, hasta el 46% en Filipinas—. Solo el 10% de los encuestados señalaría la imposibilidad de teletrabajar como motivo para dejar un trabajo bien pagado, lo que indica que el trabajo remoto es apreciado pero no es el eje central de sus exigencias.
El modelo que emerge es claramente híbrido. Los jóvenes quieren autonomía para organizar su tiempo, pero no a costa del vínculo humano con sus colegas. En Italia, los datos cualitativos son especialmente interesantes: los jóvenes creyentes soportan mejor el aislamiento del teletrabajo que los no creyentes —solo el 36% lo sufre, frente al 44% de los no creyentes—, pero al mismo tiempo son más sensibles a la calidad de las relaciones con los compañeros. Eso sugiere que una vida espiritual robusta puede ser un recurso real para gestionar la soledad forzada, sin por ello renunciar a las relaciones como valor constitutivo.
¿Qué hay detrás de estos datos?
Un joven italiano, en un focus group previo a la elaboración del cuestionario lo expresó así: «el trabajo da la libertad de no pedir» —hablaba de independencia económica—, pero otro añadió que ese mismo trabajo «no puede venir antes de tus necesidades primarias». Los jóvenes no están renunciando a ser exigentes en lo económico; están añadiendo una capa de exigencia adicional que tiene que ver con la persona entera.
Lo más relevante para un empleador es esto: los jóvenes no quieren separar su vida del trabajo; quieren integrarla. No buscan una «work-life balance» entendida como separación de esferas, sino lo que en el estudio llamamos «work-life integration»: que el trabajo no destruya sus relaciones, que respete su descanso, que tenga coherencia con sus valores.
En España, específicamente, el aspecto más valorado del teletrabajo es el tiempo ahorrado en desplazamientos, pero el 39% señala el deterioro de la comunicación con el equipo como principal inconveniente. Flexibilidad sí, pero con presencia humana real.
¿Existe una relación directa en los datos entre tener una «vocación» y sufrir menos ansiedad laboral?
Es uno de los hallazgos más potentes de toda la investigación. No medimos la ansiedad clínica de forma directa, pero el bienestar subjetivo declarado muestra una correlación muy robusta con la presencia o ausencia de vocación profesional. Los jóvenes que dicen tener una vocación clara se declaran felices en un 55% de los casos; entre los que no la perciben, esa cifra cae al 27%. Es prácticamente el doble.
La vocación, además, actúa como amortiguador frente a la incertidumbre. En Italia, los jóvenes creyentes —que tienden a integrar vocación espiritual y profesional— muestran niveles de estrés laboral significativamente menores que los no creyentes: el 25% frente al 33%. Y son más capaces de ver en los fracasos oportunidades de aprendizaje, de planificar su trayectoria y de confiar en el futuro.
Tres de cada cuatro jóvenes declaran tener algún tipo de vocación profesional, aunque en muchos casos no está del todo definida. Los sectores donde el sentido de llamada es más fuerte son salud y educación —con un 84% en ambos— y el ámbito de la ingeniería y las ciencias técnicas. Son precisamente los campos que exigen mayor entrega personal, y los que generan más sentido. No creo que sea una coincidencia.
La pregunta para los formadores, educadores y pastores es cómo ayudar a los jóvenes a articular y sostener esa vocación en contextos laborales que no siempre la favorecen.
¿Algo más relevante que añadir?
Sí, me gustaría situar este estudio en el panorama más amplio de la investigación sobre jóvenes, porque creo que es un aspecto que merece más atención de la que suele recibir.
La mayor parte de los estudios institucionales —OCSE, Eurofound, los grandes informes nacionales— fotografían las condiciones objetivas de los jóvenes en el mercado laboral: tasas de paro, salarios medios,
tipos de contrato, dificultades de acceso. Son datos cruciales, pero no cuentan la historia entera. Footprints investiga deliberadamente la parte sumergida del iceberg: lo que los jóvenes creen, desean, esperan y temen en una dimensión más profunda. No «qué pasa» con los jóvenes, sino «qué piensan y sueñan» en relación con su vida profesional.
Uno de los resultados que más me interpela es el de la imagen que tienen del trabajo: el 15% lo asocia a «pasión» como primer significado —en Italia esa cifra sube al 22%—, seguido de «carrera» (14%). Las palabras «deber», «servicio» y «sacrificio» son las menos elegidas.
Para quien trabaja en formación humana o pastoral, eso es una señal importante: los jóvenes no necesitan que les hablemos de trabajo como obligación o como crucis; necesitan que los acompañemos a descubrir cómo su específica manera de trabajar puede ser también una respuesta a una llamada más profunda.
Vivimos, como decía el Papa Francisco, no una época de cambios, sino un cambio de época. Los jóvenes que hemos escuchado en nueve países no son ni la generación perdida que retratan algunos titulares ni la generación idealizada de los discursos esperanzadores.
Son una generación real, compleja, llena de contradicciones fecundas, que necesita ser escuchada con rigor y respeto antes de ser juzgada o interpelada. Eso es lo que Footprints intenta hacer, y creo que vale la pena seguirlo: en 2028, cuando publiquemos los resultados de la tercera fase sobre relaciones personales y familia, tendremos el retrato más completo que se ha construido nunca sobre una generación entera a escala internacional.





