FirmasÁlvaro Presno

La verdad sin esfuerzo

"Hay que recuperar la fértil vida intelectual cristiana y la disciplina y gracia que la empujan a la verdad. Si no la gran pregunta ya no será si las máquinas llegarán algún día a pensar como hombres, sino si los hombres continuarán queriendo pensar por sí mismos".

7 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
la verdad sin esfuerzo

©Steve A Johnson

Leonard Peikoff, uno de los principales continuadores del objetivismo de Ayn Rand, formuló hace años en una de sus conferencias una idea que resulta difícil descartar incluso desde perspectivas filosóficas muy alejadas de la suya. El hombre puede desentenderse voluntariamente del estudio de la filosofía, pero no puede vivir al margen de alguna concepción filosófica del mundo. Siempre vivirá “desde” una filosofía.  Renunciar a reflexionar sobre las cuestiones fundamentales no elimina su influencia; simplemente deja al individuo expuesto a incorporar de manera pasiva las categorías intelectuales dominantes de su época.

Durante siglos, esa influencia llegaba mediante la educación más o menos reglada, el ambiente cultural general y doméstico o las corrientes ideológicas del momento.

La inteligencia artificial ha introducido un cambio sustancial. Por primera vez comenzamos a convivir con herramientas capaces no sólo de proporcionar información, sino también de estructurar, sintetizar, resumir, ordenar, sugerir y filtrar. Todo ello de manera inmediata y sin esfuerzo. Esto no es baladí, siempre ha existido cierta fricción interior hacia el serio ejercicio intelectual: leer, estudiar, sostener una conversación larga, atravesar la dificultad de un libro denso o demorarse suficientemente ante una idea exigía tiempo, atención y formación previa.

El problema principal de la inteligencia artificial quizá no consista en que las máquinas lleguen a pensar como hombres, sino en que los hombres terminen aceptando una relación cada vez más pasiva con la verdad.

La IA: optimización, no contemplación

La gran tradición intelectual cristiana siempre ha sostenido que el entendimiento humano aparece ligado a algo mucho más profundo: una apertura constitutiva hacia la Verdad misma. El hombre no conoce únicamente para orientarse pragmáticamente en el mundo, sino porque ha sido creado para el Logos. Existe en la inteligencia humana una orientación natural hacia la inteligibilidad del ser que remite, en último término, al carácter racional de la creación y a su creador como fuente de toda verdad.

El acto intelectual compromete interiormente a la persona entera porque la verdad posee una capacidad singular de reclamar al sujeto. El entendimiento humano no sólo manipula información: busca descansar en algo reconocido como verdadero. Existe incluso una alegría específicamente intelectual en el acto mismo de conocer, porque el entendimiento experimenta entonces una cierta connaturalidad con la verdad contemplada. 

Santo Tomás describía precisamente la felicidad contemplativa como una de las formas más altas de perfección humana: la inteligencia descansa parcialmente cuando participa, aunque sea de modo imperfecto, en aquello para lo que ha sido creada.

Nada semejante ocurre en la inteligencia artificial. Un modelo generativo puede producir una verdad matemática, una manipulación retórica o una falsedad histórica mediante exactamente el mismo tipo de operación estadística. No existe en él amor a la verdad, deseo de comprender ni orientación interior hacia el ser. Hay optimización, no contemplación.

¿La tecnología ha transformado nuestra forma de pensar?

Toda época termina imaginando la inteligencia a partir de las tecnologías que mejor representan su propio poder transformador del mundo. Cuando el reloj mecánico fascinaba a la modernidad temprana, el universo comenzó a concebirse como una inmensa máquina relojera gobernada por leyes precisas. Más tarde, en plena revolución industrial, el hombre empezó a describirse frecuentemente mediante metáforas energéticas: impulsos, tensiones, descargas, fuerzas interiores. Freud mismo pensaba el psiquismo utilizando un lenguaje marcado por la termodinámica de su tiempo. 

En la actualidad es difícil no imaginar la mente humana según la gran tecnología dominante de nuestra época: la computación. El entendimiento aparece progresivamente reducido a procesamiento de información, gestión eficiente de datos y machine learning. Es algo que ha permeado la filosofía de la mente y ha servido de “metáfora” del intelecto y la conciencia desde la irrupción de la cibernética y el paradigma computacional en el siglo XX.

Yo mismo, deformación profesional, no puedo evitar pensar en modelos bayesianos, o redes de aprendizaje ajustando parámetros cuando observo a mi hijo moviendo cautamente sus pequeños dedos para agarrar con cuidado un rotulador. Es natural. Pero no inocuo. Esto modifica lentamente la forma misma en que el hombre se comprende a sí mismo y le invita a desdibujar fronteras.

Romano Guardini advirtió ya que toda gran transformación técnica termina alterando también la experiencia espiritual del mundo. Y Benedicto XVI insistió repetidamente en que la razón instrumental corre siempre el riesgo de estrechar progresivamente la idea misma de hombre. Que increíble par de ideas si me permiten la anotación.

El sujeto ya no aparece como criatura racional llamada a comprender el mundo sino como agente encargado de gestionar inputs, producir respuestas y navegar flujos de información.

Todo debe llegar rápido, simplificado, resumido y cognitivamente digerido de antemano. La atención sostenida comienza a experimentarse casi como una forma de incomodidad física.

La necesidad de combatir la lógica de las máquinas

La propia lógica de la IA favorece inevitablemente la relación pasiva con el conocimiento. El esfuerzo intelectual empieza a parecer innecesario cuando una máquina produce inmediatamente respuestas plausibles para cualquier cuestión.

La verdad importante rara vez aparece de manera instantánea.

Precisamente por eso, una cultura que delega progresivamente su relación con la verdad corre el riesgo de perder también su libertad interior. Porque quien deja de pensar activamente termina viviendo desde categorías elaboradas por otros (sea esa alteridad orgánica o digital). 

La reciente encíclica Magnifica Humanitas de León XIV parece apuntar precisamente hacia esa herida antropológica cuando advierte contra la tentación de traducir completamente la experiencia humana a categorías de rendimiento, cálculo y funcionalidad. El texto posee todavía una densidad que desaconseja lecturas apresuradas, pero resulta difícil no percibir ya una inquietud de fondo: el riesgo de que el hombre moderno termine comprendiendo incluso su propia interioridad bajo lógicas instrumentales.

Hay que recuperar la fértil vida intelectual cristiana y la disciplina y gracia que la empujan a la verdad. Si no la gran pregunta ya no será si las máquinas llegarán algún día a pensar como hombres, sino si los hombres continuarán queriendo pensar por sí mismos.

El autorÁlvaro Presno

Doctor en Ingeniería y doctor en Matemáticas. Forma parte del grupo de trabajo en Inteligencia Artificial de la Sociedad de Científicos Católicos en España.

Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica