Vaticano

El Papa León y los misioneros digitales

En su encíclica "Magnifica Humanitas", León XIV prefiere subrayar criterios antes que soluciones particulares, también en lo que respecta al uso doméstico o personal de las tecnologías.

Juan Ignacio Izquierdo Hübner·21 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
misioneros digitales

El Papa León XIV publicó su primera encíclica. Trata sobre “la protección de la persona humana en la era de la inteligencia artificial”, un tema que responde a una inquietud prioritaria del Pontífice. De hecho, al día siguiente de su elección, explicó a los cardenales que había escogido el mismo nombre de León XIII (famoso por la encíclica “Rerum Novarum”, de 1891) para enfatizar su continuidad con la Doctrina Social de la Iglesia, aunque ahora “para responder a otra revolución industrial y a los avances de la inteligencia artificial, que plantean nuevos retos para la defensa de la dignidad humana, la justicia y el trabajo”.

Las redes sociales

En distintos párrafos de la encíclica, el Papa se refiere a las plataformas de redes sociales. Su postura no es tajante, sino ponderada y reflexiva. Más amiga de criterios que de soluciones demasiado concretas.

Por un lado, destaca las oportunidades. En el número 238 afirma: “Debemos educarnos para considerar el mundo digital como un nuevo continente por evangelizar, que requiere misioneros generosos y maduros en la fe”. En este sentido, su diagnóstico está en continuidad con los Papas anteriores, como Benedicto XVI, quien popularizó la descripción de Internet como “el sexto continente”.

En segundo lugar, León XIV sale al paso de los riesgos. Subraya que hay nuevas evidencias desde que los Papas anteriores se habían pronunciado. Por ejemplo, ahora entendemos mejor que la tecnología no era tan “neutral” como parecía, pues ésta “toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza” (nº 9). Por tanto, interpreto yo, cabría una mayor vacilación antes de lanzarse ingenuamente a la “evangelización misionera digital”. Como dice el Papa León en el número 141:

“En los últimos años, la literatura psicológica y psiquiátrica ha documentado con creciente insistencia cómo una exposición precoz y sin supervisión a los dispositivos digitales y a las redes sociales puede afectar negativamente al sueño, a la atención, a la regulación emocional y a las relaciones, especialmente en las edades más vulnerables, con consecuencias a veces dramáticas”.

En tercer lugar, justo en el párrafo siguiente, el Santo Padre desciende a los detalles de su propuesta, que se centran tanto en la educación para un “buen uso” de las tecnologías, como en la necesidad de “oportunas intervenciones” por parte de las autoridades para regularlas:

“A los padres de familia les resulta difícil resistir por sí solos al condicionamiento de modelos de negocio que monetizan la atención y el tiempo. Por eso es indispensable una alianza entre la política, las instituciones educativas y las familias, capaz de sostener de manera concreta a los adultos en su tarea. Es necesario oponerse, con decisiones públicas de largo alcance, a los intereses inmediatos de las plataformas —concentradas en pocas manos— cuando estos entran en conflicto con el bien de los menores. En esta perspectiva, son oportunas intervenciones legislativas que establezcan límites de edad, responsabilicen a los proveedores de servicios ―sin descargar, sobre las familias, el peso de la limitación― y prevean protecciones específicas contra toda forma de explotación y violencia sexual en internet, de modo que la infancia y la adolescencia se custodien verdaderamente como bienes preciosos confiados a nuestro cuidado”. 

Análisis

¿Cómo vivir en mejor armonía con los ecosistemas digitales? Las redes sociales ofrecen un entorno popular y masivo, donde, es cierto, los cristianos adultos podemos influir y transmitir la fe. A la vez, hay escollos. El diseño de esas plataformas, lejos de ser “neutral”, tiene un objetivo económico: retenernos la mayor cantidad de tiempo posible (hasta la adicción) para lucrar con visualizaciones de publicidad. Y eso, sobre todo con los menores de edad, se traduce en catástrofes para su salud mental. De ahí que el Papa se refiera a las “oportunas intervenciones” que se podrían coordinar entre Estado, empresas y familias para proteger la infancia.

Con niños y adolescentes, el asunto está claro: es preferible que no asuman el riesgo de merodear por redes sociales. La mejor evangelización digital que se podría hacer con ellos es, por tanto, convencerlos de que vuelvan a habitar de lleno el mundo real.

En cuanto al público adulto, León XIV prefiere subrayar criterios antes que soluciones particulares, también en lo que respecta al uso doméstico o personal de las tecnologías. Con las imágenes bíblicas de la Torre de Babel vs la reconstrucción de Jerusalén por parte de Nehemías, nos plantea una pregunta de fondo: ¿utilizo las nuevas tecnologías para servir, amar, construir un mundo junto con Dios? ¿O, en cambio, es una herramienta que me desorienta hacia objetivos narcisistas?

La meta parece lejana, pero tenemos derecho a reconquistarla: “Es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que incluyan silencio, estudio reflexivo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida” (nº 146). En todo caso, el debate queda abierto para nuestra propia reflexión personal. Nadie va a fiscalizar nuestra libertad de aprovechar o perder el tiempo: toca a cada uno de nosotros hacer esa valoración y protegernos.

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