Si el año pasado el Papa invitó a una “revolución del cuidado” de abuelos y mayores, en el Mensaje para la VI Jornada Mundial de Abuelos y Mayores de 2026 ha concretado aún más la revolución que propone, en especial para los jóvenes.
“La Iglesia está llamada a ser madre de todos”, ha escrito, con el deseo de que esta Jornada Mundial de Abuelos y Mayores del 26 de julio sea, por tanto, “un estímulo para todos. En particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia, y también a aquellos que no reciben ninguna visita”.
Además, el Santo Padre les ha propuesto un encargo. “Llévenles, junto con este mensaje y su presencia, la cercanía y el afecto del Papa. Háganlo de tal modo que las palabras del profeta “Yo nunca te olvidaré” adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro”.
Háganlo de tal modo, añade el Papa en el Mensaje, que las palabras del profeta “Yo nunca te olvidaré” (se refiere a Isaías), “adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro”.
La carne humana pide ternura. El corazón, necesidad de proximidad
“En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad” (Encíclica Magnífica humanitas, 239).
La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, prosigue el Pontífice. «Sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares. Sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré””.
La promesa de un Dios que nunca abandona
El mensaje lleva por título las palabras del profeta Isaías: “Yo no te olvidaré” (Is 49,15), una expresión que recorre todo el texto como una promesa divina dirigida especialmente a quienes experimentan la soledad, el abandono o la fragilidad propia de la edad avanzada.
León XIV comienza recordando que Dios nunca abandona a sus hijos. El Papa reconoce, sin embargo, que muchas personas mayores experimentan justamente la sensación contraria. Como recuerda el profeta, a menudo surge en el corazón la queja: ‘Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado’ (Is 49,14). Esa dolorosa experiencia de sentirse olvidado es frecuente en una sociedad que tiende a marginar a quienes ya no son considerados productivos.
El Pontífice denuncia que sobre la vida de muchos ancianos “parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido”. Esta situación se percibe tanto en hogares marcados por la soledad como en centros sanitarios o residencias donde la identidad personal corre el riesgo de quedar reducida a un número o a una enfermedad.
La Iglesia conoce el sufrimiento de los mayores
En el siguiente apartado, el Pontífice muestra un profundo conocimiento de las dificultades que afectan a muchos ancianos. «La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores», afirma. Sabe que con frecuencia son objeto de prejuicios, considerados una carga o relegados a los márgenes de la sociedad.
La respuesta cristiana ante estas situaciones no puede ser la indiferencia, sino una renovada cultura del encuentro y del cuidado que permita reconocer la dignidad irrepetible de cada persona, exhorta el Papa.
Nunca dejamos de ser hijos de Dios
León XIV profundiza después en una verdad fundamental: nunca dejamos de ser hijos de Dios. Recordando unas palabras del beato Juan Pablo I, señala que somos destinatarios de ‘un amor atemporal’ y que Dios mantiene siempre abiertos sus ojos sobre nosotros. Más aún, añade una imagen especialmente significativa: Dios es “padre; más aún, es madre”.
Esta certeza adquiere una importancia particular en la ancianidad, cuando las personas pueden sentirse más vulnerables o necesitadas de apoyo. León XIV observa que para muchas personas el descubrimiento de la ternura de Dios llega precisamente en los últimos años de la vida.
En una época en la que es posible alcanzar una edad avanzada sin haber vivido una experiencia profunda de fe, la vejez puede convertirse en un tiempo privilegiado para iniciar o reemprender un camino espiritual.
San Agustín: Dios “es madre porque nutre, amamanta, custodia”
En este contexto cita a san Agustín, quien afirmaba que Dios “es madre porque calienta, porque nutre, porque amamanta, porque custodia». El reconocimiento de esta cercanía divina ayuda a aceptar la propia fragilidad y a comprender que todos necesitamos de los demás. El Papa insiste en que nunca es demasiado tarde para comenzar una relación más profunda con Dios y que la oración confiada puede convertirse en un gran don para quienes atraviesan esta etapa de la existencia.
El Pontífice invita a no tener miedo de la fragilidad. “¡No tengan miedo de la fragilidad!”, exhorta. Lejos de ser únicamente una limitación, la debilidad puede revelar una nueva riqueza espiritual. Cuando es aceptada, “abre el corazón a la ayuda mutua” y a la acción de Dios, que concede una reconciliación profunda y una paz auténtica.
Ancianidad: renovada fecundidad. agradecimiento por sus oraciones
Desde esta perspectiva cristiana, la ancianidad puede vivirse como un tiempo de renovada fecundidad. El Papa habla de personas “frágiles”, pero al mismo tiempo ”llamadas”. Incluso en la vejez es posible renacer espiritualmente y encontrar una fuerza nueva basada no en el poder o la autosuficiencia, sino en la confianza en Dios.
El mensaje concluye con un agradecimiento a los mayores: “les agradezco porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario”.
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