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Zofia Kossak: la escritora que desafió a Hitler, sobrevivió a Auschwitz y plantó cara al comunismo

Kossak fue una de las más destacadas escritoras de novela histórica de Polonia. Encarnó la resistencia moral frente a los totalitarismos del siglo XX, arriesgando su vida para salvar a muchos judíos durante el Holocausto y sobreviviendo a Auschwitz.

Higinio J. Paterna·24 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
Zofia Kossak

Tengo el privilegio de llevar a cabo una peculiar operación de rescate.  Desde hace algunos años me dedico a sacar del olvido la vida y obra de escritores que, por motivos a veces rocambolescos, apenas habían llegado al público hispanoparlante. Cuando creé mi propio sello, Ediciones Topo Sármata, tuve muy claro que una de sus plumas más destacadas sería Zofia Kossak, reina de la novela histórica en Polonia tras Henryk Sienkiewicz. Además de la calidad literaria de su obra fue decisiva la apasionante biografía de esta brillante escritora. Kossak no fue solo autora de éxitos internacionales, sino también una mujer cuya vida encarnó la resistencia moral frente a los totalitarismos del siglo XX.

Mi primer contacto con ella tuvo lugar hace casi tres décadas en Koden, un santuario en la frontera entre Polonia y Bielorrusia en el que se encuentra una imagen en pintura de la Virgen de Guadalupe de Extremadura. En Feliz culpa Kossak dio forma de novela a la leyenda familiar que cuenta la milagrosa curación del conde Nicolás Sapieha y el rapto del venerable cuadro, y Ediciones Palabra publicó en 2023 mi traducción de esta obra.

Una infancia entre pinceles y caballos, y una fe que se hizo acción

Cuando Zofia nació en 1889, Polonia no existía en los mapas, repartida entre los imperios ruso, austrohúngaro y prusiano. Nació y pasó su infancia en el palacete de Kosmin, a orillas del Wieprz, en la campiña de Lublin. Procedía de una familia de ilustres artistas, como su abuelo y su tío, célebres por sus pinturas ecuestres y de batallas. Aunque estudió en las escuelas de arte de Varsovia y Ginebra, su destino no estaba en el pincel, sino en la pluma. Fue precisamente en Ginebra, tras asistir a una clase magistral de un intelectual católico, donde comprendió que su fe había sido hasta entonces meramente sentimental y decidió profundizar en la teología y la filosofía.

Sus primeros años de casada estuvieron marcados por el trauma de la revolución bolchevique en la región de Volinia (actual Ucrania). Allí Zofia fue testigo de la destrucción de siglos de cultura polaca y de una violencia atroz que la obligó a huir con sus hijos pequeños en una carreta, revólver en mano, demostrando desde temprano un carácter decidido y valiente. Aquel torbellino dio origen a su debut literario, La hecatombe (Pożoga), un éxito editorial que la sacó de la ruina económica tras perder todas sus posesiones.

Su marido, Stefan Szczucki, moriría en 1922 tras una dolorosa enfermedad. Viuda y con dos hijos, se trasladó a Silesia con sus padres, y se enamoró de aquella región y de sus gentes. En 1925 contrajo nuevas nupcias con Zygmunt Szatkowski, quien años atrás había sido su pretendiente y entre tanto se había convertido en oficial del ejército polaco e historiador militar.

Su espíritu de servicio la llevó a involucrarse en el movimiento educativo scout en Polonia, buscando contrarrestar la depravación moral que las ideologías de odio infundían en la juventud. Veía también en la literatura una herramienta para influir en la sociedad a través de la verdad, una verdad que defendía a toda costa incluso cuando resultaba incómoda, como ocurrió con sus novelas sobre las Cruzadas en los años 30 del siglo pasado, excesivamente realistas para ciertos sectores católicos de la época.

El grito contra el Holocausto: la Protesta

El estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939 puso a prueba su integridad. A pesar de figurar en la lista negra de la Gestapo por resaltar en sus escritos anteriores la pertenencia de Silesia a Polonia, Zofia se sumergió en la resistencia clandestina y se involucró en la ayuda humanitaria desde el mismísimo comienzo del conflicto. Se dedicó a la asistencia a los prisioneros y también se preocupó por su salud espiritual. Sirvan como ejemplo las numerosas ocasiones en que arriesgó la vida para llevarles la comunión camuflada en una polvera.

En 1942, poco después de que los alemanes liquidaran el gueto de Varsovia, Kossak escribió un manifiesto titulado Protest. En este documento, impreso en miles de ejemplares de forma clandestina, denunciaba que el mundo no podía permanecer en silencio ante el exterminio judío. Con una honestidad desgarradora, Zofia —que en años anteriores había manifestado opiniones críticas hacia la minoría judía en Polonia— afirmaba que «quien no ayudara a los judíos en ese momento no era ni polaco ni cristiano». No se trataba de una cuestión de afinidad ideológica, sino de un imperativo moral absoluto: no se podía ser como Poncio Pilatos.

De este impulso nació Żegota, el Consejo de Ayuda a los Judíos, una organización que coordinó la salvación de miles de personas, ocultándolas en viviendas y suministrándoles documentos falsos bajo un constante peligro de muerte. Zofia misma arriesgó su vida y la de sus hijos en estas operaciones.

Del abismo de Auschwitz a la granja de Cornualles

En 1943, el destino la llevó a Auschwitz-Birkenau. Capturada con material de propaganda, sufrió un brutal interrogatorio durante diez días en la tristemente célebre prisión de Pawiak antes de ser enviada al campo de exterminio, sin que los alemanes conocieran su verdadero nombre, ni ella delatara a sus colaboradores. Incluso allí, donde la desesperación era la norma, su testimonio fue calificado por otros prisioneros como una luz de esperanza. Recién llegada al Fraulager, organizó con sus conocidas de la élite intelectual una serie de tertulias literarias y culturales clandestinas de diversa índole para infundir ánimos y mantener ocupada la mente de sus compañeras reclusas.

Meses después, cuando se encontraba enferma de tifus y a punto de morir, los nazis descubrieron su identidad y la mandaron al hospital para que se recuperara y tratar de convencerla para que colaborara con ellos en su propaganda contra la URSS, pues la situación del Reich en 1944 se tornaba desesperada. Se negó, por lo que fue condenada a muerte, pero logró sobrevivir milagrosamente gracias a un soborno del estado clandestino polaco justo antes de lo que parecía una ejecución inminente. Nunca supo que en ese mismo Auschwitz del que ella logró salir había muerto el segundo hijo de su primer matrimonio.

Al finalizar la guerra, con la llegada del régimen comunista, su situación volvió a ser precaria. Providencialmente, fue un siniestro dirigente comunista de origen judío, Jakub Berman, quien le facilitó un pasaporte para que huyera del país y evitara la cárcel o la muerte. El hermano de Berman, Adolf, había sido secretario de Żegota durante la guerra.

Zofia vivió diez años de exilio en una modesta granja de Cornualles, cuidando cerdos y gallinas junto a su marido, mientras sus libros eran censurados y eliminados de las bibliotecas en su patria y ella quedaba desprovista de la ciudadanía polaca. Kossak se refugió allí para cuidar de la precaria salud de su marido, que había pasado casi toda la guerra en un campo de prisioneros para oficiales. Renunciaba a escribir en un momento en el que su nombre sonaba para el Nobel y en Hollywood había interés en filmar sus obras.

El regreso: la integridad por encima de los honores

Zofia regresó a Polonia en 1957, gracias a la ayuda de otros amigos escritores. Se instaló en la pequeña casa del jardinero, lo único que quedaba de su antigua finca en Silesia. Su popularidad seguía intacta entre los lectores, pero su relación con el Estado comunista fue de constante tensión, y de hecho los servicios de seguridad y sus confidentes continuaron vigilándola durante largo tiempo y trataron de usarla para crear divisiones entre los católicos.

En un gesto de coherencia, rechazó un premio estatal que incluía una considerable retribución económica porque el gobierno estaba boicoteando las celebraciones del Milenio del Bautismo de Polonia. A sus 70 años, prefirió seguir luchando con la burocracia por conseguir carbón y papel para escribir antes que claudicar en sus convicciones.

El guerrero desarmado: la quinta cruzada, san Francisco y la paz

La última novela que ahora se publica, El guerrero desarmado, forma parte de su madurez literaria. Es una novela cuyo principal protagonista junto con Juan de Brienne, rey de Jerusalén, es san Francisco de Asís, de cuya muerte conmemoramos este año el 800 aniversario. El título es una declaración de principios: frente a la fuerza de las armas y la brutalidad de las expediciones militares que ella misma retrata en su trilogía de las Cruzadas, Kossak propone la figura del santo que conquista a través de la humildad y la pobreza.

Fue un sonado éxito internacional, llegando a vender 700.000 ejemplares en Estados Unidos. Traducida del inglés al español, fue publicada en Argentina en 1945 bajo el título Bienaventurados sean los humildes, pero no llegó a otros países de habla hispana. Que esta obra regrese ahora a las librerías es un acto de justicia hacia una autora que creía que la vida nunca es en blanco y negro, sino una compleja red de matices donde la única brújula válida es la caridad.

Zofia Kossak falleció en 1968. Tras regresar de la conmemoración del aniversario de la liberación de Auschwitz su corazón se resintió y no recuperó la salud. Años más tarde, el Yad Vashem le concedió a título póstumo el reconocimiento de Justa entre las Naciones. Su vida y su obra, como he podido recordar con ayuda de varias instituciones polacas en recientes homenajes en España y México, siguen siendo una inspiración para comprender que, incluso en los tiempos más oscuros, la libertad interior y el coraje moral son armas que ningún totalitarismo puede vencer.


El guerrero desarmado

Autora: Zofia Kossak
Editorial: Topo Sarmata
Año: 2026
Número de páginas: 624
El autorHiginio J. Paterna

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