Cada vez resulta más dificil, desde un punto de vista estrictamente científico, sostener la teoría de que somos un mero accidente cósmico, un simple producto del azar. Al menos, en lo más inmediato, somos el fruto del amor de un hombre y una mujer que nos han querido, quieren y querrán con independencia de lo que fuimos, somos o lleguemos a ser. Pero para quienes, además, miramos el mundo con los ojos de la fe, la perspectiva se ensancha de forma infinita: sabemos que somos el sueño de un Dios que es Padre. Un Padre que, como cualquiera que ama a sus hijos, ha proyectado para nosotros una suerte de «novela» en la que estamos llamados a ser los verdaderos protagonistas.
A veces decidimos salirnos del guion e ignoramos la llamada. Sin embargo, lo verdaderamente revolucionario de este Autor es que nunca cierra el libro. Como recordó el Papa León XIV en su reciente y conmovedora visita al Centro Penitenciario de Brians 1, los errores cometidos no nos definen. Dios siempre espera.
Si nuestra existencia tiene semejante valor, si cada persona es un mapa de dignidad único e irrepetible, ¿en qué momento nos creímos con el derecho de jugar a ser los directores de la vida y de la muerte?
¿Dónde está Dios en el sufrimiento?
Es verdad que la vida muerde. Da reveses, sacude los planes y nos enfrenta a situaciones que, de entrada, solo podemos calificar como malas. En mitad del naufragio, cuando el dolor aprieta, la tentación humana es caer en la desesperación, en la indiferencia o en el reproche, lanzando al aire la eterna pregunta: ¿Dónde está Dios? Yo prefiero dar la vuelta a la cuestión recurriendo a una vieja lección que mi madre me enseñó desde que era niño: la verdadera pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Dónde no está?
Está en la fragilidad, en el vulnerable, en el que no tiene voz. Por eso, ante el vértigo de un embarazo problemático o ante el diagnóstico de una enfermedad grave y terminal, la respuesta de una sociedad madura y compasiva jamás puede ser la salida fácil. En sintonía con la intención de oración que el Santo Padre nos propone para este mes de julio, el verdadero reto es pedirle al Señor de la vida que «sane nuestros corazones de la indiferencia» para aprender a «sostener con ternura la fragilidad y a defender con valentía a quienes no tienen voz». Caer en la cultura del descarte a través del aborto o la eutanasia no es un signo de progreso, sino de rendición.
Quienes hemos estado cerca de esas encrucijadas conocemos bien el peso de la realidad, El miedo y el dolor iniciales ante la incertidumbre de un embarazo son inmensos. Pero qué pocos hablan de la otra realidade la de la inmensa alegría y la paz profunda que inunda a una madre y a una familia cuando, superando los pronósticos adversos y las presiones del entorno, deciden valientemente llevar ese embarazo a término, No hay mayor triunfo humano que descubrir que la vida, aun viniendo con dificultades, siempre se abre camino si se le da una oportunidad.
Acompañar hasta el último suspiro
Esa misma verdad se aplica al otro extremo de nuestra existencia. Lo he vivido en mi propia carne esta misma quincena, con el fallecimiento de mi hermano javier. Si hubiéramos elegido el camino del descarte, las leyes del frio pragmatismo nos habrían robado a toda la familia algo sagrado: más de una semana de emoción compartida, de despedidas necesarias, de perdones
reconfortantes y, paradójicamente, de una inmensa alegria por el regalo de su vida y de poder acompañarle, gracias a unos buenos cuidados paliativos, hasta su último suspiro.
El respeto a la vida humana no es un concepto abstracto de laboratorio ni un debate ideológico en una tribuna política; es la defensa del misterio que habita en cada persona desde su primer instante hasta su último aliento en la tierra. Amar la vida como Dios la ama significa abrazarla entera, con su luz y con sus grietas. Significa proclamar, con el testarudo testimonio de nuestros gestos cotidianos, que la fragilidad no se elimina: se sostiene.





