Pero con ella

"Nos parece razonable cambiar de ciudad por un ascenso, pero temerario hacerlo por la persona amada. Admiramos a quien sacrifica diez años por una carrera y miramos con cierta lástima a quien renuncia a una oportunidad por sostener a su familia".

7 de septiembre de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
pero con ella

Hace unos días, en una cena, la conversación llegó al futuro. Un joven contó que su novia preparaba unas oposiciones y el destino podía llevarla lejos. Alguien le preguntó qué haría él.

—Cuando su situación esté clara, allá donde ella vaya iré yo. Ya me buscaré la vida, pero con ella.

Lo dijo con absoluta naturalidad. Después llegaron otros platos, la conversación cambió y la frase quedó atrás. Yo, sin embargo, no conseguí dejarla allí.

En aquellas palabras había una decisión capaz de alterar una carrera y una ciudad. No sabía dónde trabajaría, pero había aceptado que el futuro de la persona a la que amaba entrara de verdad en la construcción del suyo.

«Me buscaré la vida». No esperaba que ella se la resolviera. Tampoco abandonaba su vocación ni iba a vivir a la sombra de nadie. Había iniciativa y responsabilidad en aquella frase. Empezaría de nuevo si era necesario. Encontraría su lugar.

«Pero con ella». Ahí estaba lo decisivo. Su proyecto seguía existiendo, solo que ya no estaba escrito únicamente en singular.

Vivimos rodeados de mensajes que presentan los vínculos duraderos como una pérdida. Hay que viajar, probar, crecer, realizarse y, sobre todo, «vivir primero». Más adelante, cuando uno haya aprovechado la juventud y ordenado sus aspiraciones, podrá plantearse casarse o tener hijos, siempre que no alteren demasiado el plan.

Cada vez que escucho ese «primero tengo que vivir» me pregunto qué significa. Quienes llegamos a los cuarenta y pocos años casados y con cuatro hijos, ¿estamos entonces muertos? ¿No hemos sabido aprovechar la vida? ¿Son nuestros hijos la prueba de que renunciamos demasiado pronto?

Mis hijas me han quitado sueño, dinero, comodidad, improvisación y algunas posibilidades. Amar no consigue que el sacrificio deje de costar. Pero ellas no me han apartado de la vida. Me han metido en ella hasta el fondo. Me han obligado a salir de mí, me han dado una historia que no habría podido construir solo y han ensanchado aquello que yo llamaba mi futuro.

Quizá el engaño esté en identificar vivir con poder hacer siempre lo que apetece. Como si una existencia valiera más cuanto menos debiera a nadie, cuantos menos planes tuviera que modificar y más salidas conservara abiertas. Bajo esa lógica, el matrimonio reduce, los hijos frenan y la fidelidad encierra. La vida plena sería una vida sin demasiados lazos: disponible, reversible y permanentemente propia.

Pero una libertad que nunca elige, por miedo a perder alguna opción, termina sin saber para qué quería ser libre. Comprometerse no es dejar de elegir, sino llevar una elección hasta sus consecuencias. Y ahí está la diferencia decisiva entre la renuncia impuesta y la entrega: de quién nace y desde qué libertad. Aquel joven no quedaba atrapado por otra persona; había decidido que ella tendría un lugar real —y no decorativo— en sus prioridades.

San Josemaría lo expresó así: «Nada más falso que oponer la libertad a la entrega, porque la entrega viene como consecuencia de la libertad» (Amigos de Dios, 30).

Resulta curioso: nos parece razonable cambiar de ciudad por un ascenso, pero temerario hacerlo por la persona amada. Admiramos a quien sacrifica diez años por una carrera y miramos con cierta lástima a quien renuncia a una oportunidad por sostener a su familia. Hemos aceptado que el trabajo ordene nuestra vida; lo que nos inquieta es que la ordene el amor.

No se trata de imponer a todos el mismo calendario ni de medir una vida por el matrimonio o el número de hijos. Hay deseos incumplidos, circunstancias dolorosas y caminos distintos. Se trata de discutir una mentira más sutil: que amar de verdad equivale a vivir menos; que toda dependencia mutua es esclavitud; que solo pertenece a sí mismo quien no ha entregado su palabra a nadie.

El compromiso no elimina la libertad: le da dirección. El sacrificio no es siempre la negación de la felicidad; muchas veces es su precio, porque casi todo lo que merece conservarse exige dejar algo atrás. Formar una familia no significa suspender la vida para atender a otros. Significa descubrir que puede ser más grande cuando dejamos de tenernos a nosotros mismos como única medida.

Aquel joven no habló de todo esto. Se limitó a decir que, cuando la situación de ella estuviera clara, iría donde ella fuese y se buscaría la vida allí. No dijo «por culpa de ella». No se presentó como víctima. Lo había elegido él.

Quizá por eso la frase tenía tanta fuerza. Frente a una época que aconseja vivir primero y comprometerse después, él parecía haber comprendido que el compromiso no comienza cuando uno ya ha terminado de vivir. Es una forma de vivir. Una de las más exigentes, pero también una de las que pueden hacernos más libres, porque nos saca de la prisión de tener que elegirnos siempre a nosotros mismos.

No sabía dónde se ganaría la vida, pero sí con quién quería vivirla. No había dejado de elegir. Estaba decidiendo qué quería que fuese su futuro.

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