El hombre es un ser existente por otro. Nadie se da la existencia a sí mismo. Este es el primer comienzo para aceptarse como ser dependiente, no autónomo.
La primera reacción ante este conocimiento de ser dependiente debería ser la gratitud. Se acepta un don. Por eso la gratitud exige por un lado conocimiento radical de sí, es decir, conocimiento de la raíz de nuestro propio ser, y, por otro, libertad para aceptarse. Y me acepto como don creado. El agradecimiento es por eso, como decía G. K. Chesterton, la forma de pensamiento más elevada. Y yo me atrevería a decir que no solo es una forma de pensar, sino, sobre todo, una forma de ser. Soy agradecido (o no lo soy).
Como ser creado que acepta y que se acepta, también da y se da. El dar es la correspondencia del ser personal creado. Dar es aceptar el ser. Dar es una forma de agradecer el don que se es. Doy mi aceptación. Aceptarse es el acto radical más libre. Aceptarse es libertad personal. Aceptarse primero para darse después; porque para dar es preciso aceptar, y para donarse, es condición indispensable haberse aceptado.
Somos aceptación y donación. Si la persona es un ser que da porque se acepta, entonces la capacidad de dar manifiesta el amar. Si lo más alto de la persona es el dar (darse), eso pone de relieve lo que somos: amar. Y el amar se diferencia del amor. Amar es verbo, amor es nombre. El amar incide en el ser personal, el amor en su esencia. Amar es trascendental, amor es esencial. Por tanto, se puede decir que el amor no es personal, porque el amor es obra, es aporte, pero no ser.
Aceptar el don que somos es aceptarse a sí mismo como criatura, aceptarse como persona. En esto consiste la libertad original, nativa.
¿Qué puede dar una persona? Una persona puede dar su tiempo, su consejo, su vida, su trabajo, etc. Lo que la persona da es su amor, lo que es. Pero su amor no es su amar. El amor, lo que puede darse, está en el ámbito de las obras. El amor del hombre es dar respuesta de lo que somos, es responsabilidad: un responder, que es, a la vez, corresponder. El hombre no es el pastor del ser, como decía Heidegger, sino el que da una respuesta al mundo, el que perfecciona al mundo (o lo empeora).
Y, ¿cómo correspondemos? Con obras. Aquí nace la ética, como un seguimiento del yo a la persona. Las obras no son personales sino esenciales. La ética no es antropología, sino que se sigue de ella. El amor está en el orden de la ética, del obrar humano, no está en el orden antropológico, personal. El amar da sentido al obrar. El ser es primero. El obrar es lo último. Por eso la cultura, lo que el hombre aporta no puede ser lo primero. El amar crea cultura. El amar hace posible el amor. Sólo da, sólo aporta quien ama. El amor no es lo primero. Lo primero es el amar. El infinitivo es acto. Y el acto es primero, es verbo, infinitivo.
Pero la persona no es verbo sino adverbio. Dios es verbo, es amar (amar y amor en Dios se confunden, en el hombre no). Dios es amor (1 Jn, 4, 8).
¿Qué significa que la persona humana sea adverbio? Significa que la persona humana es además. Además es un adverbio de afirmación. También se clasifica frecuentemente como adverbio de adición o cantidad. Se utiliza para añadir información a lo que ya se ha dicho, con un significado similar a «también» o «sumado a esto». O sea, el además acompaña otras informaciones. Por eso podemos decir: Además de pensar, además de tener, además de hacer, además de sentir, además de las operaciones y además de Dios. Ser además significa que la persona es ser insaciable, inconforme, que nunca se acaba, que va siempre más allá. Por eso tiene algo de infinitud, porque siempre se puede crecer más, y eso lo hace posible el amar personal.
El amar necesita de otro. No existe un amar solitario o en soledad. Por eso amar y coexistir vienen a decir lo mismo. El hombre no existe. Existe el mundo, el universo, pero no el hombre. El hombre coexiste. Y coexiste respecto a Dios, a los otros hombres y respecto al universo. Se abre a todos los seres, se relaciona con ellos conmensurándose en sus niveles respectivos de ser. De este modo el además respecto a Dios significa ser hijo, relación de filiación, y filiación divina.
El además respecto a los otros hombres es fraternidad, relación de amor fraterno. El además respecto al mundo es perfeccionamiento, personalización o, en términos más precisos, hiperteleologización. Esta última relación del además con el mundo tiene que ver con la misión que tiene el hombre de embellecer el mundo, hacerlo mejor, más humano, más personal. Hiperteologizar es la acción personal de añadir una finalidad superior al mundo y al propio ser humano, elevándolos por encima de sus límites naturales. Esta noción implica superar la mera teleología o virtud (hiperformalización) para destinar las capacidades humanas al acto de donarse y humanizar el cosmos. En definitiva, se trata de hacer del mundo un hogar donde la fraternidad y la filiación campen a sus anchas.





