FirmasEduardo Tomás Toro

Ser “buena persona” puede ser una trampa

Una buena persona podrá hacer aparentemente las mismas cosas que un virtuoso o santo, pero la base y consecuencia es radicalmente distinta.

14 de octubre de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
buena persona

Si preguntas a cualquier persona de nuestro tiempo, en especial a los abuelos o a los padres, sobre el futuro y problema de rumbo de estas generaciones, se responde siempre de forma idéntica: “lo único importante es que sea buena persona”. Con esta consigna parece que nada es relevante de las acciones de nuestros contemporáneos, pues lo que es más importante es sus intenciones. Permítanme que les responda con el famoso dicho atribuido a san Bernardo de Claraval: “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”

El dogma de las buenas personas

Este pequeño artículo no pretende realizar una visión catastrofista o negativa de nuestro tiempo, sino que intenta recuperar la objetividad que siempre ha caracterizado la búsqueda de la verdad. Estos argumentos emotivos, de bondad interior y natural, son falaces y nos alejan de la realidad. El camino de la virtud es duro y arduo, pero tiene la gran recompensa de una vida plena. Recordemos lo que dice Cristo en el Evangelio “Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mat. VII, 13-14). 

La mentalidad contemporánea, forjada por la Ilustración que veía al hombre como absolutamente bueno por naturaleza, se olvida de las concepciones básicas de gracia y pecado. Recogiendo una famosa declaración del Papa Pío XII, repetida de nuevo por el Papa Francisco: “Perder la conciencia del pecado es uno de los males de nuestro tiempo”. Esta falta de profundidad espiritual de las consecuencias del pecado en nuestra naturaleza, que está herida por el pecado original e inclinada a él, lleva a la anestesia inducida. 

Si los protestantes ven la naturaleza humana como completamente herida sin remedio hasta la vida eterna, el pensamiento católico sabe que existe la ayuda sacramental para no caer en pecado y levantarse tras la caída. El dogma moderno del “buena persona” es reducir el juicio moral a una buena voluntad subjetiva. Es un nuevo pelagianismo, pues la herejía de Pelagio pensaba que el hombre podía salvarse a sí mismo mediante su propia simpatía natural, sin necesidad de gracia ni redención. He aquí porque actualmente se piensa que necesariamente todos se deben salvar, pues ¿quién no tiene buena intención por la que pueda ir al cielo tras la muerte?

Recuperemos la objetividad

Frente a esta subjetividad, la antropología cristiana sostiene que la bondad y la maldad son universos ontológicos, reales en sí mismos. El bien no es lo que me parece a mí reconfortante o agradable, sino aquello que es conforme al orden establecido por Dios, de acuerdo con su naturaleza.

Quisiera citar aquí a C.S. Lewis en su obra Mero Cristianismo: “En realidad, las reglas morales son instrucciones para hacer funcionar la máquina humana. Cada regla moral está ahí para prevenir una avería, un forzamiento o una fricción en el funcionamiento de esa máquina. Es por lo que estas reglas al principio parecen estar interfiriendo constantemente con nuestras inclinaciones naturales”.

Si el hombre pretende definir la bondad desde su propio juicio particular, se convierte el bien en un disfraz de su conveniencia o placer. El triunfo del emotivismo es la consecuencia de la renuncia al orden objetivo, pues ¿acaso puede guiar un ciego a otro ciego? Los juicios vistos desde el yo en el centro tienden a la autojustificación, al ser siempre interesados.

Para comprender la raíz del engaño moralista que estamos contemplando quisiera acudir a la angelología. Los ángeles tienen una inteligencia intuitiva y perfecta, lo que les dio una libertad perfecta. Por ello, cuando el demonio eligió el mal, fue a sabiendas y para siempre, aun conociendo todo el error y sus consecuencias. Nosotros por el contrario tenemos libertad imperfecta al no tener un conocimiento total de las consecuencias de nuestros actos, y he ahí el arrepentimiento. El diablo engaña al hombre presentando el egoísmo como una forma de autorrealización frente a Dios, pues el pecado nace de un amor desordenado a sí mismo. 

Conclusiones

Confiar ciegamente en que se es “buena persona” es una manifestación de autoengaño. San Agustín en La Ciudad de Dios sintetizó de forma magistral esta división: “Dos amores construyeron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial”. Con nuestras decisiones vamos configurando a qué ciudad queremos pertenecer, o utilizando la metáfora de S. Ignacio de Loyola, podemos elegir bajo qué bandera militar, con Cristo Rey o con el diablo.

No es suficiente ser buena persona, pues alguien egoísta es incapaz de sacrificarse por los demás. El acto supremo de amor es el martirio, como donación total de la vida por Dios y por el otro. Una buena persona podrá hacer aparentemente las mismas cosas que un virtuoso o santo, pero la base y consecuencia es radicalmente distinta. Dios que escruta los corazones sabe nuestra verdadera intención y si nos adherimos totalmente a Él. Si nuestras buenas obras nacen del egoísmo o de la generosidad, de buscarnos a nosotros mismos o del verdadero servicio. Concluimos con Teresa de Calcula “quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

El autorEduardo Tomás Toro

Graduado en Derecho, Teología y Filosofía

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