La Conferencia Episcopal Española ha inaugurado esta mañana su Asamblea Plenaria con un discurso en el que Luis Argüello ha realizado un diagnóstico de la situación social y política del país. Partiendo de la reciente Nota doctrinal «Cor ad cor loquitur» —el corazón habla al corazón—, Argüello ha alertado sobre cómo la gestión desmedida de los sentimientos está derivando en un fenómeno de fragmentación que erosiona los cimientos de la convivencia.
En sus palabras no se ha referido a las polémicas que se suscitaron en torno a ese documento y las nuevas formas de evangelización.
El discurso comenzó valorando el papel positivo de las nuevas iniciativas de evangelización que han surgido en el seno de la Iglesia, describiéndolas como un «soplo de aire fresco» que busca «rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida». Estas herramientas son necesarias para acompañar a quienes se acercan a la fe buscando, al igual que la mujer samaritana, «un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
Sin embargo, esta valoración positiva convive con una advertencia clara: el peligro de que la experiencia espiritual quede atrapada en un sentimentalismo superficial que no llegue a transformarse en una verdadera conversión.
El reduccionismo emotivista en la esfera pública
La Iglesia ha identificado que el llamado «reduccionismo emotivista» no es solo un riesgo intramuros que afecta a nuevas formas de vida consagrada construidas en torno a «liderazgos emotivos y experiencias de impacto afectivo», sino que es una patología que se ha contagiado a la esfera pública.
El discurso de esta mañana ha subrayado que la polarización en España no es meramente un choque de ideas, sino, fundamentalmente, un «fenómeno afectivo». En este sentido, se ha denunciado que la «polarización afectiva» actual provoca que el rechazo hacia el otro sea más fuerte que la propia adhesión a las ideas, transformando las opiniones en identidades cerradas.
Identitarismos emocionales
Bajo este prisma, el texto advierte de que el ciudadano ya no simplemente opina, sino que «es» de una forma determinada para pertenecer a un grupo que le ofrezca «seguridad emocional para sentir que estás en el lado correcto de la historia». En este análisis psicológico-social, se ha identificado que el «miedo es el pegamento más fuerte de la polarización», un sentimiento que lleva a percibir al oponente no como alguien con quien se discrepa, sino como una «amenaza existencial».
Esta dinámica cultiva la sensación de que el triunfo del bando contrario supondría la desaparición del propio estilo de vida o de los valores fundamentales.
Finalmente, el discurso ha vinculado esta crisis de convivencia con una raíz teológica y antropológica. La polarización surge, según el texto, porque la «dialéctica de los contrarios» de la Modernidad tardía niega las polaridades esenciales que constituyen al ser humano, como la relación entre el yo y la sociedad o la historia y la vida eterna. Por esta razón, Argüello concluye que, al romperse estos vínculos fundamentales, la sociedad queda huérfana de puentes de diálogo, dejando paso únicamente a una «lucha por el poder entre los polos enfrentados» y a una superioridad moral que solo busca el alivio emocional de las «cámaras de eco».



