A principios del milenio, el mundo contemplaba con horror cómo el fanatismo religioso derribaba las Torres Gemelas. En aquel 2001, mientras las imágenes del desastre daban la vuelta al planeta, surgió una pregunta inquietante: ¿estábamos ante una nueva guerra de religión en pleno siglo XXI? Hoy, con el eco de conflictos similares en lugares como Gaza, Irán o Ucrania ‒guerras poco religiosas‒, esta reflexión cobra una nueva vigencia. Fue en este clima de perplejidad donde Jürgen Habermas recibió el premio nacional de los libreros en la Paulskirche de Fráncfort. Este reconocimiento marcó el inicio de un giro intelectual hacia lo que hoy se denomina la “sociedad postsecular”. Habermas observó que tras la tragedia, iglesias, sinagogas y mezquitas se llenaron, y no necesariamente para clamar venganza.
En este análisis, Habermas encontró un interlocutor inesperado en Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, quien sostenía que el fundamentalismo islámico guardaba más similitudes con el marxismo que con el islam. Este paralelismo entre el filósofo neomarxista y el teólogo dogmático sentó las bases para el encuentro histórico que tendría lugar dos años y medio después en Múnich. En aquel encuentro en la Academia Católica de Baviera de 2004 entre el filósofo posmarxista y el entonces cardenal Ratzinger no fue una simple charla académica, sino un esfuerzo por encontrar los “fundamentos morales prepolíticos” que sostienen a una sociedad democrática y plural.
El encuentro de dos mundos
El diálogo puso frente a frente a dos figuras aparentemente opuestas: el epígono de la Escuela de Fráncfort ‒alguien “con escaso oído musical para la religión”‒, y uno de los teólogos más influyentes del cristianismo contemporáneo. Ambos compartían una preocupación común por la fragilidad del Estado liberal. Habermas reconoció que los fundamentos éticos del Estado moderno tienen un origen religioso, aunque hoy se expresen de forma racional y secularizada. Ratzinger defendió que la Iglesia y el Estado deben mantener su autonomía ‒“dar al César lo que es del César”‒, rechazando cualquier intento de volver a un Estado confesional.
Uno de los puntos de mayor fricción fue la concepción de la verdad. Para Habermas, es fruto del diálogo y del consenso; para Ratzinger, es el diálogo el fruto de una verdad previa, a la cual podemos acceder mediante la razón. Ratzinger apeló a la necesidad de un derecho que esté por encima de la “ley del más fuerte”. Recordando la barbarie nazi que ambos vivieron en su juventud, el teólogo advirtió que el simple consenso de las mayorías no basta para fundamentar los derechos humanos; se requiere una instancia superior que proteja la dignidad de todos.
El filósofo ilustrado y el teólogo de la razón
Jürgen Habermas representaba la culminación del proyecto de la modernidad, un ilustrado que dedicó su vida a la teoría de la acción comunicativa y a la defensa de una democracia. Su enfoque era postmetafísico: para él, la verdad es una construcción que dimana del diálogo simétrico entre ciudadanos libres. En su esquema, el Estado liberal debe ser neutral y legitimarse a través de procedimientos democráticos, sin necesidad de apoyos religiosos directos, si bien reconoce que la religión contiene sentido que la sociedad no puede ignorar.
Joseph Ratzinger personificaba la síntesis entre la fe cristiana y la razón filosófica. Como participante en el Concilio Vaticano II y un teólogo entre dos milenios, Ratzinger siempre defendió que el cristianismo es una religión ilustrada que, desde sus orígenes, optó por el logos frente al mito. No se refugió en un sincretismo o en un mero simbolismo, propios de religiones orientales. Su pensamiento, profundamente influenciado por figuras como Agustín, Buenaventura o Tomás de Aquino, sostiene que la razón humana es capaz de conocer la verdad objetiva y que el derecho natural constituye el refugio necesario contra la arbitrariedad del poder. Para Ratzinger, la verdad se fundamenta en la persona de Jesucristo, accesible mediante una razón abierta a la trascendencia. El Logos divino fundamenta el logos de todas las cosas, que a su vez puede ser entendido por el logos humano (cf. Jn 1.1.3.14).
Razón y religión: curarse de las respectivas patologías
Quizá la conclusión más luminosa de aquel encuentro fue la propuesta de una colaboración necesaria para evitar las “patologías” de ambos bandos. Razón y religión deben curarse de las respectivas patologías. La razón como medicina debe purificar a la religión, para evitar que caiga en el fanatismo o el fundamentalismo que matan en nombre de Dios. La religión como límite debe evitar que la razón caiga en la hybris y engendre “monstruos” como Auschwitz, Hiroshima o Chernóbil. “El sueño de la razón produce monstruos”, podría citar a Goya, evocando los errores históricos que ha causado una razón moderna, aislada de la ética, del arte, de los sentimientos, de la religión.
La lección resultaba clara: en una esfera pública cada vez más fragmentada, es vital recuperar conceptos como la conciencia, la justicia y una noción amplia de la naturaleza humana. El acuerdo alcanzado por Habermas y Ratzinger demuestra que, incluso desde posiciones divergentes, es posible construir un terreno común donde la fe y la razón se ayuden mutuamente a ser más humanas.
Este diálogo se continuó posteriormente con el famoso discurso pronunciado en Ratisbona en 2006, donde Ratzinger ‒ya como Benedicto XVI‒ apostó por la “razón ampliada”. Frente a una razón puramente instrumental o matemática, el papa bávaro reivindicó una razón abierta. Habermas lo replicó en el Neue Zürcher Zeitung, calificándolo la Vorlessung como “antimoderna”. Pero después se retractó en parte en un posterior encuentro en Roma al año siguiente, volviendo a la postura inicial expuesta en Múnich años atrás. La partida quedó entonces en tablas. Tal vez ahora puedan continuarla.




