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El director de Las Locas del Obelisco: «debemos quitarnos el corsé de lo políticamente correcto»

Las locas del Obelisco es una película que invita a no mirar hacia otro lado ante una realidad que todavía hoy existe: la prostitución, la trata de blancas y los abusos. Su director, Pablo Moreno, nos ayuda entender por qué la sociedad necesita saber sobre las Trinitarias que rescataron a tantas mujeres en el Madrid del siglo XIX.

Teresa Aguado Peña·11 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos
locas del obelisco

El próximo 13 de marzo se estrena en España Las Locas del Obelisco, una película que trata una realidad delicada que pocos se atreven a explorar. Y es que en el Madrid de 1885 el Señor suscitó a Mariana Allsopp y el Padre Francisco de Asís Méndez crear un refugio abierto día y noche para albergar a quienes huían de la explotación sexual, fundando así la Congregación de las Hermanas Trinitarias.

La trata de seres humanos, la prostitución y los abusos se exponen con especial delicadeza en Las Locas del Obelisco. La fundadora de las Trinitarias, interpretada por Paula Iglesias, no miró para otro lado, sino que trató de rescatar a estas mujeres a pesar de la presión social y mediática.

La historia de esta valiente mujer no deja indiferente. Es un relato que invita a la acción y pone sobre la mesa la existencia de un drama del que muchos viven ajenos. Pablo Moreno, director de otros filmes como Un Dios prohibido (2013) o Claret (2020), explica en Omnes por qué cree vital conocer esta realidad y concienciarse de ello.

¿La película se llama Locas del Obelisco por alguna razón en concreto? ¿Quieres transmitir algo con ese “locas”?

–Sí. Lo primero es que así era como las llamaban a ellas, a las trinitarias. Era un insulto que se utilizaba contra ellas.

Cuando pensamos en el título, queríamos que fuese transgresor. Por eso decidimos utilizar ese insulto. En el fondo, ellas mismas lo reinterpretaron: ese “locas” que aparecía en los medios de comunicación lo asumían diciendo: “Vale, nos llaman locas, pero somos locas de Cristo”. Es una locura de amor, algo que va más allá de la propia locura, algo más trascendental. Y eso nos parecía muy interesante.

Luego está el tema del obelisco. En sus inicios ellas estaban en una casa en el Paseo del Obelisco y así se las conocía en Madrid. A veces para su pesar, pero también terminó siendo algo positivo, porque la atención de los medios —aunque muchas veces fuera en contra de ellas— les dio muchísima visibilidad y, al final, contribuyó a que pudieran prosperar.

Esta historia invita a la acción, a no mirar hacia otro lado. ¿Cómo pretende que se traduzca esta película en esa acción?

–Lo primero es mostrar un problema que existía en Madrid y que hoy sigue existiendo, no solo en Madrid sino, por desgracia, en muchos otros sitios.

Hemos hablado con gente que no era consciente que en el Madrid de finales del XIX hubiese tanta prostitución, tanta trata y tantas situaciones de privación de libertad.  A veces pensamos que vivimos en una sociedad muy desarrollada o equilibrada, pero en las trastiendas, en los rincones más oscuros, se esconden realidades que preferimos no mirar de frente.

Son problemas que siguen ahí. Hay miles de mujeres que sufren: no solo por la trata o la prostitución, sino también por situaciones laborales que rozan la esclavitud, por abusos en sus distintas formas o por diferentes tipos de violencia.

Estas mujeres dedicaron su vida, sobre todo, a rescatar a esas chicas y a devolverles su dignidad y su libertad. Para ellas, la libertad era algo fundamental. Y lo más significativo es que llevan haciendo esta labor desde hace 141 años. Su misión sigue siendo vital.

¿Qué puede hacer un cristiano de a pie?

–Con no mirar a otro lado ya es mucho. Una compañera del proyecto de la película, que formaba parte del equipo técnico, iba un día por la calle y se encontró con una chica que estaba pidiendo. Se acercó, habló con ella y enseguida la derivó a las Hermanas Trinitarias, que finalmente pudieron ayudarla.

Puede parecer que simplemente conocer estas realidades es poco, pero en realidad es mucho, porque ya estamos predispuestos para que se pueda propiciar un cambio. Y, evidentemente, como cristianos estamos llamados a hacer denuncia apostólica de las injusticias y de estas situaciones que privan de libertad a tantos seres humanos, a tantas mujeres. Muchas veces no adoptamos esta actitud simplemente por ignorancia, por ello con conocer conseguiríamos que todo fuese un poco distinto.

¿Cómo llegaste a conocer esta historia de las Trinitarias? ¿Cómo se te ocurrió hacer esta película? 

–Realmente no se me ocurrió a mí, que es lo mejor de todo. Las hermanas Trinitarias querían hacer una película y nosotros habíamos enviado a distintas congregaciones una publicidad de los trabajos que nosotros hacemos.

Y fue por la providencia la que hizo que esa publicidad, esa carta que mandamos, cayese en la mesa del despacho de la Superior General de las Trinitarias, que justo en ese momento estaban planteando hacer una película para hablar de su carisma y de sus fundadores, porque se cumplían 100 años de la muerte de su fundador. Fue curioso que nos llamaron y enseguida nos enamoramos de su historia.

Vimos que era necesario contarla. Y así iniciamos un periodo de documentación, donde nos fuimos encontrando con María Ana Allsopp y con el Padre Francisco de Asís Méndez , que son dos grandes figuras de finales del XIX. Yo las desconocía totalmente, pero que me resultaron muy avanzados y con una sensibilidad social y eclesial muy elevada. 

Durante ese proceso, ¿qué aspectos de los personajes te han llamado más la atención o te han conmovido especialmente?

–Me conmueve que son personas humanas, como tú o como yo, que lo pasaron muy mal porque al principio les costaba encontrar la forma de llevar a cabo lo que el Señor les suscitaba.

El padre Francisco quería ayudar a las chicas porque era confesor en la Encarnación y muchas mujeres acudían a él para contarle todo lo que estaban viviendo. Sin embargo, no sabía qué hacer ni por dónde empezar. Sentía un deseo enorme de ayudarlas, pero también la impotencia de no encontrar la manera.

A Mariana le ocurría algo parecido. Ella sentía el deseo de hacer algo por el mundo y no limitarse a cumplir con lo que se esperaba de una mujer de su época: alcanzar un “estado honrado” y seguir el camino marcado.

Esas dos sensibilidades tremendamente humanas me hacen pensar y me interpelan de qué puedo hacer yo por el mundo. Me di cuenta que no nos diferenciamos tanto de esas grandes figuras del siglo XIX. Simplemente es cuestión de dar un paso en una dirección y tener la valentía de decidir si queremos darlo o no.

¿Crees que, de alguna manera, existe un encorsetamiento en los cristianos o en la sociedad en general, de modo que quienes actúan de verdad pueden ser vistos como “locos”? ¿Es también esta una invitación a vivir esa radicalidad?

–Sin duda. De hecho, has dicho una palabra que me parece que lo define mucho: el encorsetamiento. En la película, hay un momento en el que Mariana decide romper con todo eso. Llega a su casa y con un abrecartas rompe su corsé. Y justo coge el pañuelo de detrás del corsé y se encuentra un sagrado corazón. Así, de alguna manera, semióticamente estamos hablando todo el rato de eso mismo.

Nos tenemos que quitar el corsé, tenemos que salir de lo políticamente correcto, de lo que se espera que tenemos que hacer porque está bien visto socialmente.

A veces hay que dejarse embargar por esa “locura” y dar un paso más allá, porque las injusticias son muchas. Quien quiere ayudar a los demás tiene que meterse en el barro, aunque no nos guste ensuciarnos. Me gusta mucho una historia de San Vicente: dice que si un sacerdote va a celebrar misa y se encuentra a un hombre atrapado en el barro, y se ensucia ayudándolo y no llega a celebrar la misa, en realidad no está abandonando a Dios, sino sirviendo a Dios (abandonar a Dios por Dios).

Lanzar una película así implica romper con ese corsé social: es un tema arriesgado. ¿Cómo ha influido esto en tu vivencia de la fe?

–Yo alguna vez digo bromeando que es hora de que los católicos «salgamos del armario» y manifestemos lo que somos en libertad, con compromiso y respeto.

Llevo 20 años haciendo cine de esta temática y a veces las historias caen bien y otras mal, y la repercusión mediática puede ser muy dura. Por ejemplo, con la película Un Dios prohibido recibimos bastantes palos. Nos costó mucho dar dos pasos seguidos sin recibir una crítica dura.

En este caso, evidentemente, es una película trascendente. Hay una iconografía y una semiótica. Sale Cristo mismo. No se puede eludir. Pero queremos que sea una película que cualquier persona, creyente o no creyente, pueda ver y disfrutar.

Creo que en la Iglesia nos cuesta dar a conocer lo bueno que hacemos y que suena más el árbol que cae que los mil millones de árboles que crecen. Pero tenemos esa obligación de compartir con el mundo que formamos parte de él y que juntos, creyentes y no creyentes, si sumamos, construimos.

No tenemos un empeño dogmatizante o adoctrinante. Lo que queremos es compartir cómo vemos la vida nosotros los católicos, compartir la Buena Nueva, compartir la esperanza y la alegría del Evangelio con el creyente y con el no creyente.

Generalmente se juzga a las prostitutas, ¿esta película pretende desmontar prejuicios y «quitarles culpa»?

–El caso de la prostitución está visto como una lacra muy grande y hay gente que evidentemente juzga sin conocer. Es decir, se tienen como malas mujeres cuando uno no sabe las circunstancias.

La mayoría de ellas están extorsionadas, han sido secuestradas o entraron en ello con la esperanza de poder mantener a sus familias. Y hay algo muy duro en eso. Comprenderlo tampoco es fácil. Es más fácil juzgar que entender las razones.

Nos parece que, como decía Sartre, «el infierno es el otro». Pero, ¿nos paramos a pensar quién es el otro? El Evangelio nos dice que la salvación está en el otro. Y yo creo que hay que dar un salto social en este sentido e intentar conocer.

El conocimiento compromete, y si te comprometes con una causa, es posible que hasta llegues a amarla. Y lo que amas no desaparece. Tiene que ver con esa empatía. ¿Por qué están ahí? ¿Cuál es su sufrimiento? Como cristianos, debemos cargar con la cruz. Y no solo con la nuestra, sino también con la de los demás.

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