Kultur

Meteora: die Klöster, die zwischen Himmel und Erde schweben

1988 nahm die UNESCO die Meteora-Klöster in die Liste des Weltkulturerbes auf. Die offizielle Begründung spricht von einer “außergewöhnlichen Harmonie zwischen menschlicher Schöpfung und Naturlandschaft”. Und tatsächlich spürt man hier die Harmonie mit allem: mit der Beharrlichkeit der Menschheit, ihrem Glauben und ihrer Hartnäckigkeit, dort zu bauen, wo es eigentlich unmöglich sein sollte.

Gerardo Ferrara-3. Mai 2026-Lesezeit: 7 Minuten

Ich habe diesen Artikel geschrieben, nachdem ich einen anderen Artikel diesem Thema gewidmet hatte. Berg Athos, Angetrieben von einer plötzlichen Sehnsucht nach Griechenland und, ganz allgemein, nach dem östlichen Mittelmeerraum, insbesondere jetzt, da Reisen aufgrund der dramatischen internationalen Lage schwieriger geworden ist, halte ich es für notwendig, über das zu sprechen, was ich die Eckpunkte eines idealen griechisch-orthodoxen spirituellen Dreiecks nenne: einen Punkt auf dem Berg Athos, einen weiteren in Konstantinopel, den ich im nächsten Artikel behandeln werde, und den dritten, genau genommen, in Meteora.

Ich beginne mit einem lustigen, und nun nicht mehr wiederholbaren Detail: einem Flugticket von Roma Vor einigen Jahren flog ich für 50 Euro hin und zurück nach Thessaloniki. Eine Gelegenheit, die ich mir nicht entgehen lassen konnte. Ich buchte, reiste los und mietete am Flughafen Thessaloniki einen kleinen dunkelblauen Wagen, mit dem ich an einem warmen und sonnigen Juninachmittag die Autobahn entlang Richtung Kalambaka fuhr.

An einer Stelle, rechts, taucht das Massiv des Olymp auf, umhüllt von einem Baldachin aus grauen, bedrohlichen Wolken, während der restliche Himmel in kristallklarem Blau erstrahlt. Wer weiß, vielleicht waren die alten Götter eifersüchtig, dass ich nicht vor ihnen Halt machte, sondern weiterzog zu einem Ort, wo die Natur ebenso schön und göttlich ist, aber von einer anderen, diskreteren Göttlichkeit: einer Göttlichkeit, in der Mönche, neue Helden, nicht länger mythisch, sondern real, zwölf Aufgaben vollbrachten, um dem Felsen architektonische Juwelen abzuringen oder darauf zu errichten, um einen Gott zu verehren, der die Intrigen, Orgien, Korruption und Launen, die die Götter der Antike so liebten, die nichts anderes waren als eine Projektion typisch menschlicher Laster und Tugenden, nicht so sehr liebt.

Im Herzen Griechenlands

Die Meteora-Stätten befinden sich in Thessalien, der Heimat des Achilles, im Zentrum von Griechenland, in der Nähe von Kalambaka.

Dort angekommen, bezog ich mein Hotelzimmer, stellte meinen Koffer ab und beschloss, sofort hinauszugehen, um den Sonnenuntergang zwischen den Felsspitzen zu beobachten, auf denen die sechs Klöster thronen, die man schon vom Fenster aus sehen konnte: Die Felsen beherrschen die Stadt von jeder Ecke aus. Es herrschte ein wunderbares, ätherisches Licht, die Sonne tauchte die Sandsteinspitzen in ein ockerfarbenes Licht. Klöster Sie ragen noch höher empor, von hinten beleuchtet, als wären sie “Meteoriten”, was auf Griechisch “in der Luft schwebend” bedeutet.

Nach Sonnenuntergang über den Felsen mache ich mich auf den Weg ins Dorf und gerate in ein kleines, unscheinbares Restaurant mit Papiertischdecken und einer handgeschriebenen Speisekarte. Ich bin zwar eigentlich gekommen, um Klöster zu besichtigen, aber niemand wird mir den Genuss einer Moussaka nehmen (die sich als die beste herausstellt, die ich je gegessen habe)! 

Die Geschichte der Meteore

La historia de Meteora está estrechamente ligada a la del Monte Athos. De hecho, en 1344, unos monjes, guiados por Atanasio Koinovitis, llegaron a Tesalia y se instalaron en una plataforma rocosa a 613 metros de altitud, la “Roca Grande” (“Platys Lithos”), para fundar el primer monasterio propiamente dicho de la zona: la Gran Meteora (Megalometeoro), o Monasterio de la Transfiguración.

¿Por qué elegir este lugar? Porque estas rocas garantizan aislamiento e inexpugnabilidad frente a las invasiones que se sucedieron en Tesalia, desde los godos hasta los otomanos.

En el siglo XVI, Meteora estaba en su apogeo: veinticuatro monasterios encaramados en otras tantas cimas. Hoy solo quedan seis.

El complejo paisaje de los monasterios de Meteora

¿Cómo se construye un “meteoro”?

Después de desayunar en el hotel, y jadeando bajo el calor de esa mañana de junio mientras subo los escalones tallados en la roca, llego al primer monasterio, Megalometeoro, y me pregunto qué me habrá llevado a mí a subir hasta aquí y a los monjes a construir algo en estas rocas, ¡y además utilizando solo cuerdas, redes y escaleras de madera!

Escalinata que sube a uno de los monasterios de Meteora

Y pensar que las escaleras talladas en la roca (140 peldaños para el Megalometeoro, 150 para el Monasterio de la Santísima Trinidad) no se añadieron hasta el siglo XX. Antes de eso, para acceder a los monasterios había que confiar en alguien que tirara de las cuerdas, en la resistencia de los nudos y en la solidez de la cesta en la que te envolvían mientras te balanceabas en el vacío.

Hoy en día ya no es así, pero el laberinto de escalones entre la arena blanca no facilita precisamente la subida. Por otra parte, forma parte del recorrido: de vez en cuando, una grieta en la roca deja entrever el encantador paisaje y las montañas, y casi parece que no hay una imponente construcción justo encima de la cabeza.

Los seis monasterios en activo

Los seis monasterios que quedan siguen albergando comunidades activas, con monjes y monjas que siguen la regla ortodoxa de oración, trabajo y silencio.

El más antiguo y el más grande es precisamente el Gran Meteoro (Megalometeoro), el monasterio matriz de todo el complejo. Su iglesia principal, el “katholikòn”, alberga unos frescos extraordinarios, con escenas de las persecuciones de los cristianos y mártires que dirigen hacia el visitante sus ojos dorados y severos.

Monasterio del Gran Meteoro

Luego está Varlaam, en lo alto de una aguja rocosa a 373 metros de altura, fundado hacia 1350 por el ermitaño Varlaam y reconstruido en el siglo XVI. Aquí se puede admirar la red original con la que se izaba a los monjes hasta la roca. Al observarla, uno se pregunta no solo cómo es que las cuerdas no se rompían, sino sobre todo cómo aguantaba la emoción el corazón de los desafortunados a los que subían por ella. Aquí me cuentan que, cuando alguien preguntaba cada cuánto se cambiaban las cuerdas, la respuesta era siempre la misma: “cuando se rompen”. En definitiva, ¡era realmente una cuestión de fe!

El monasterio de la Santísima Trinidad (“Agia Triada”), fundado en 1458, es al que más cuesta llegar: hay que bajar por la roca, a través de un estrecho pasadizo, y desde allí subir 150 escalones. Hace calor y parece que nunca se llega. Me cruzo con algunos turistas que, al bajar, alaban las maravillas de las vistas desde arriba. Y, de hecho, tienen razón: desde arriba, la llanura se abre en todas direcciones y el silencio invita a recogerse y a contemplar literalmente el mundo desde las alturas, con todos sus colores, los matices de verde, el cielo, las rocas, pero sin ruidos: solo la suave brisa que sopla aquí arriba, el canto de los pájaros y el salmodiar de los monjes.

Patio del monasterio de la Santísima Trinidad

San Nicolás Anapafsas es, por su parte, el monasterio más cercano al pueblo de Kastraki. En él se conservan en perfecto estado los frescos de Theophanes Strelizas, pintor cretense del siglo XVI. Las figuras pintadas en ellos parecen casi dar la bienvenida a los peregrinos y viajeros cansados por el viaje.

Entre las Meteoras también hay dos monasterios de monjas.

Monasterio de Rousanou

El primero, Rousanou, fundado en los siglos XIV-XV, tiene un nombre que parece un suspiro. Quizá porque suspiré de alivio al ver que se llegaba bajando. Claro que, si se baja, luego hay que volver a subir, pero merece la pena. De hecho, se llega a un jardín fresco y resguardado, con una fuente en el centro y un ciprés que da sombra, protegido por la roca y repleto de flores rojas por todas partes. Y se nota enseguida que hay una mano femenina que embellece el conjunto. Las monjas, vestidas con sus hábitos negros, pasan casi flotando, en silencio.

El segundo, Santo Stefano, es aún más fácil de alcanzar: un puente de piedra lo une a la carretera donde he aparcado. Leo en la guía que aquí se detuvo en 1333 el emperador bizantino Andrónico III Paleólogo y dejó valiosos obsequios: iconos y ornamentos litúrgicos de un valor incalculable. También en Santo Stefano tengo la misma impresión que tuve en el Athos: cada monasterio tiene un carácter, un alma que lo hace único, diferente de los demás. Puede ser por la facilidad con la que se llega a él, el número de monjes o monjas que lo habitan, el paisaje, las dimensiones. En Santo Stefano, la escalinata blanca, abierta, con una barandilla de hierro forjado y cipreses a los lados, las banderas griega y eclesiástica que ondean al viento de junio le dan un aire menos austero que a los demás. Pero quizá sea porque aquí concluyo mis seis esfuerzos por llegar a cada uno de ellos.

Un mundo cercano y lejano

En 1988, la UNESCO inscribió los monasterios de Meteora en la Lista del Patrimonio Mundial, con el doble y poco común reconocimiento de bien tanto natural como cultural. La motivación oficial habla de una “extraordinaria armonía entre la obra humana y el paisaje natural”. Y, efectivamente, aquí uno se siente realmente en armonía con todo: la tenacidad del ser humano, su fe y la obstinación por construir donde no sería posible se unen a la tenacidad, mucho más paciente (60 millones de años), de la naturaleza, que ha esculpido y modelado estas rocas con la fuerza del viento y los terremotos.

Y hablando de armonía entre naturaleza y cultura, también la segunda noche vuelvo al pequeño restaurante de la “moussaka”, para reponer fuerzas después de haber alimentado el espíritu. Una agradable brisa me acaricia el rostro, las rocas se tiñen de morado oscuro al atardecer y las luces artificiales comienzan a iluminar los monasterios allá arriba, suspendidos en la oscuridad que se extiende. “¡Y veo que es algo bueno!”: un poco de pan fresco sobre la mesa, la moussaka, las agujas iluminadas sobre mi cabeza y me siento en el paraíso y, como se dice en Italia, “¡con todo lo bueno de Dios!”.

Monasterios de Varlaam y del Gran Meteoro
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