Hace más de dos mil años, Dios tomó una decisión que cambió la historia: enviar a Su Hijo al mundo para salvar al hombre. Y no solo eso. Quiso dejar también una obra visible, firme, destinada a atravesar los siglos sin desaparecer. Una comunidad capaz de resistir persecuciones, críticas, errores humanos y el paso del tiempo sin dejar de anunciar la esperanza. A Su primera piedra la llamó Pedro. Sobre su debilidad y su fe comenzó algo que nadie ha podido destruir: la Iglesia.
Hace unos días una actriz española se refirió a la Iglesia católica, con más sorna que cariño, como “ese ‘chiringuito’ que algunos tienen montado”. Sin saberlo, esa actriz tocó una verdad profunda. Porque si existe un “chiringuito” que ha sobrevivido a imperios, guerras, ideologías y crisis, es este. El único que sigue en pie después de veinte siglos. No por la perfección de quienes lo forman, sino por la fuerza de Aquel que lo sostiene.
La Iglesia no es un club de perfectos. Es un hospital de almas. Un lugar donde millones de personas, cada día y en silencio, aman, educan, curan, acompañan y defienden al que no tiene voz. Está en las periferias olvidadas, en las misiones lejanas, en la familia que reza, en el voluntario que sirve, en quien perdona cuando parece imposible. Mientras el mundo levanta y derriba estructuras, esta comunidad sigue caminando, uniendo lo dividido y sembrando luz en medio de la oscuridad.
Sí, es humana y frágil. Pero también es madre, hogar y misión. Nació del corazón de un Dios que se hizo niño en Belén y sigue viva porque Él no abandona lo que ama. Quizá por eso, más allá de las críticas o las burlas, continúa siendo el signo más fuerte de esperanza para quien busca sentido. El único “chiringuito” que no cierra nunca. El “chiringuito” de Dios.
Misionero laico y fundador de Mary´s Children Mission.



