Qué bello es vivir… si tienes dónde

El encarecimiento de la vivienda expulsa a las familias de una vida digna. Se necesita gente emprededora, con capacidad de conmoverse con el dolor ajeno, con conocimiento de la materia.

30 de noviembre de 2025·Tiempo de lectura: 3 minutos
Qué bello es vivir

©Cortesía del autor

Esta Nochebuena se cumplirán 80 años de aquella en la que se ambienta la película «Qué bello es vivir», de Frank Capra. 80 años después, el señor Potter sigue lucrándose gracias a la necesidad de vivienda de las familias. ¿Podrá algún ángel iluminar hoy a un nuevo George Bailey?

Yo, por si acaso, voy a intentar ganarme un par de alas removiendo conciencias con mi columna de hoy porque no se me quitan de la cabeza los datos del último informe FOESSA que señalaba que el encarecimiento de la vivienda expulsa en España a uno de cada cuatro hogares de una vida digna. Y no hablamos solo de la imposibilidad de comprar una vivienda sino de que incluso el 45 % de la población que vive en régimen de alquiler se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social, la cifra más alta de la UE. «El alquiler se ha convertido en una trampa de pobreza», afirman desde la Fundación impulsada por Cáritas Española. Pero de todo lo que recoge la nota de prensa, me quedo con una frase de Raúl Flores, el coordinador del informe, que no es otra cosa que la moraleja de la película que protagoniza James Stewart: «no fallan las personas, falla el sistema». 

Porque está muy bien que apretemos las tuercas a los políticos, que exijamos acciones serias encaminadas a no convertir los bienes básicos en artículos de lujo; pero el sistema está dominado por los grandes fondos de inversión, como el que representa el avaro Potter, que solo entienden de rentabilidad. Al final tendrán que ser las familias, la sociedad civil, las instituciones, quienes se unan para llevar adelante iniciativas que hagan frente a los especuladores. Pero la sociedad está muchas veces dormida y necesita héroes, como el protagonista del clásico navideño en blanco y negro, que la hagan despertar, que le hagan ver que la gente pequeña, si se une, puede hacer cosas muy grandes sin esperar a que papá-estado les saque las castañas del fuego porque se les pueden quemar.

La gente que necesitamos

Tuve la suerte de conocer y entrevistar poco antes de su muerte (fue bendecido con una larga vida de más de 100 años), a un George Bailey de carne y hueso, quien fuera mi párroco, el sacerdote D. Francisco Acevedo Ponce de León. Enviado en los años 50 al hoy próspero (entonces paupérrimo) barrio de Huelin, en Málaga, se encontró con el grave problema de jóvenes familias que vivían en chabolas porque los sueldos de obrero no daban para acceder a una vivienda digna. Un día llevó a ver las condiciones de vida de aquellos matrimonios con hijos pequeños a un feligrés suyo, Claudio Gallardo, un gestor de profunda fe religiosa, que quedó impresionado con aquella visita sentenciando: «Hay que acabar con este río de tristeza». Manos a la obra, este tándem fue el responsable de la construcción de nada menos que 6.000 viviendas en régimen de cooperativa entre finales de los años 60 e inicios de los 70. Viviendas que, por supuesto, ocuparon en primer lugar las familias de las chabolas, que fueron derribadas al poco, pero a las que se sumaron otras muchas familias que no podrían haber accedido a una propiedad en el mercado inmobiliario. Aquel río de tristeza fue absorbido por un océano de ingenio solidario.  

¿Cuántos Acevedo-Gallardos habrá en estado latente entre nosotros sin haberse atrevido aún a poner sus talentos a trabajar? Gente emprendedora, con capacidad de conmoverse con el dolor ajeno, dispuesta a sufrir los ataques de quienes rechazarán la idea, con conocimiento de la materia, economistas, constructores, arquitectos…

¿Y las congregaciones religiosas? ¿Cuánto podrían aportar en esta materia? Seguro que hay quien cuenta con patrimonio inmobiliario hoy en desuso que podría ser el germen de una nueva misión al servicio de las familias más necesitadas. Cuando se habla de crisis vocacional en la vida consagrada, siempre recuerdo que sus épocas de esplendor están íntimamente ligadas a la capacidad que tuvieron sus fundadores de detectar las heridas más sangrantes de la humanidad. Fue ese espíritu de salir a curar dichas heridas el que hacía que los jóvenes, intrépidos por naturaleza, se les unieran porque es propio de ellos el seguimiento a las causas nobles, como vimos en Valencia con la DANA, o como hizo George Bailey renunciando a ir a la Universidad o a disfrutar de su viaje de novios para no dejar tiradas a tantas familias que dependían de su compañía de empréstitos. En un tiempo, los religiosos ofrecieron la educación o la sanidad que el estado no daba. Hoy, estas necesidades, aunque siguen siendo muy importantes, no son quizá tan urgentes porque el estado las cubre ampliamente. ¿Estará Dios hablándonos de alguna manera?

No me hagan caso. Seguro que lo que acabo de decir es una barbaridad, seguro que no tengo ni idea de economía ni de emprendimiento ni de vida religiosa; pero déjenme soñar, como con el cuento de Capra. Déjenme soñar con un mundo mejor como el que soñaron un día mi párroco y su buen amigo Gallardo y que lograron hacer realidad. Déjenme soñar con un mundo en el que hombres y mujeres valientes promuevan redes de solidaridad para que muchas familias puedan decir: «¡Qué bello es vivir!» y encuentren dónde. Porque no fallan las personas, falla el sistema. ¿Han oído una campanita?

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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