FirmasVíctor Torre de Silva Valera

Un año con León XIV

Apenas ha pasado un año y León XIV ya ha clausurado un Jubileo, celebrado un consistorio de cardenales, visitado un buen puñado de países y, sobre todo, se ha ganado el corazón de todos los cristianos.

8 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
León XIV año

El Papa visitando el observatorio astronómico de Castel Gandolfo. ©. CNS photo/Vatican Media

Hace pocas semanas celebramos el primer aniversario de la elección del Papa. Parece que una eternidad separa ese momento en que se presentó ante el mundo desde el balcón de la plaza de San Pedro y hoy, cuando su voz, su rostro y su magisterio son parte de la vida cotidiana de la Iglesia y del mundo.

En los últimos días he revivido la emoción de aquella tarde de mayo en la que fue elegido León XIV. Después de semanas de irrelevantes discusiones en prensa sobre los papabili y comentarios, un poco más interesantes, sobre la situación de la Iglesia y las cuestiones que tendría que afrontar el nuevo pontífice, en esos días la atención se centró en «adivinar» cuánto duraría el cónclave. La opinión mayoritaria era que sería breve, como había sucedido en las últimas ocasiones.

Previendo que ese día 8 podría ser cuando se diera a conocer al mundo el nuevo sucesor de Pedro, decidí pasar el día en la biblioteca de mi universidad trabajando. En mi mochila, además del ordenador y los libros, llevaba alguna cosa de comer por si efectivamente se anunciaba la elección del Papa y no conseguía volver a casa a tiempo para cenar. Y así sucedió: se anunció la fumata blanca y se produjo una estampida en la biblioteca, de la que salimos a toda velocidad para alcanzar la plaza de San Pedro en los apenas diez minutos que la separan si se camina a buen paso.

Es difícil describir esos momentos, en los que toda Roma confluía hacia el corazón de la Iglesia. Algún turista que pasaba por ahí preguntó en voz alta por el motivo de esas carreras, y alguien al vuelo le respondió que había fumata bianca, sabiendo que eso lo explicaba todo.

A mitad de la Via della Conciliazione, la policía detuvo a la multitud. Habían cerrado los accesos para evitar aglomeraciones excesivas. Me resistí a creer que en menos de quince minutos desde la fumata no se pudiera entrar, así que me lancé por una callejuela lateral y conseguí llegar hasta las columnas que rodean la plaza. La Gendarmería había cerrado el acceso, pero al menos podía ver el balcón donde saldría el Papa desde donde me encontraba, apretujado por cientos de personas de un humor excelente.

Ahí me encontré a Jaime y James, dos sacerdotes amigos que también habían llegado corriendo desde su casa. Al cabo de una media hora alguien dio la orden de abrir los accesos y pudimos llenar la plaza quienes nos agolpábamos a sus puertas.

Los siguientes momentos fueron los que todo el mundo pudo seguir a través de la televisión y en vídeo. Hay algunos detalles que, sin embargo, ninguna cámara puede captar. El primero de ellos es la cercanía natural que se produjo entre los que estábamos en la plaza. Todo el mundo hablaba con los de su alrededor como si se conociera de toda la vida. Pude conocer a varias personas que, según me dijeron, no eran muy practicantes, pero que siendo romanos no podían perderse ese momento. Muchos habían salido del trabajo antes de tiempo, y otros eran turistas que tuvieron la fortuna de estar en los alrededores en el momento justo. Una verdadera fraternidad cristiana.

Otra curiosidad es que la policía instaló inhibidores de señal para evitar atentados, lo que impedía que nos conectáramos a internet o llamáramos a otras personas que sabíamos que podían estar en la plaza. Esto fue especialmente relevante porque la zona en la que me encontraba no tenía muy buena megafonía, y no se escuchó con claridad el nombre del cardenal elegido ni el que tomaría como sucesor de Pedro. Tardó unos minutos en llegarnos la voz de que el nuevo Papa era León XIV, antes cardenal Prevost.

Pasada la emoción, conseguí encontrar a unos amigos que también estaban ahí y cenamos en una plaza cercana, celebrando la elección del Papa y contando cada uno cómo había vivido el momento. Sin duda, una de las mejores anécdotas fue la de Pedro, que había podido hacer uso de sus conocimientos de latín para ayudar a unas chicas a corregir un cartel donde habían escrito: habemus Papa. Como bien les explicó, y arreglaron sobre la marcha, la alegría era más bien habemus Papam.

Apenas ha pasado un año y ya ha cerrado un Jubileo, ha tenido un consistorio de cardenales, ha visitado un buen puñado de países y, sobre todo, se ha ganado el corazón de todos los cristianos.

El autorVíctor Torre de Silva Valera

Estudiante de doctorado en Roma.

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