Evangelización

El “Detente”, un signo que vuelve a latir entre los jóvenes

Pequeño y discreto, el detente es un signo de fe que ha atravesado siglos de historia y hoy vuelve a ser llevado por muchos jóvenes como expresión de confianza y amor al Sagrado Corazón de Jesús.

Teresa Aguado Peña·23 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
detente

Entre los signos de devoción cristiana, el «detente» ocupa un lugar especial. Hoy muchos jóvenes lo utilizan como un símbolo sencillo pero lleno de confianza y amor al Sagrado Corazón de Jesús. Sin embargo, detrás de este pequeño emblema hay una historia rica, marcada por apariciones, santos, epidemias y guerras.

¿Qué es el detente?

El detente es un pequeño emblema que antiguamente se llevaba cosido al pecho (hoy está de moda llevarlo en la funda del móvil) , generalmente con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Su nombre proviene de la expresión “detente”, una súplica dirigida al mal, al demonio y a todo peligro, invocando la protección de Cristo. Es signo del amor al Corazón de Jesús y de la confianza en su amparo frente a las acechanzas del maligno.

También se le conoce como el “Pequeño Escapulario del Sagrado Corazón”, aunque no es un escapulario en sentido estricto. No requiere ceremonia especial ni bendición para su uso: basta llevarlo con fe.

El origen de la devoción: santa Margarita María Alacoque

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús nace en el siglo XVII, a partir de las apariciones de Jesucristo a santa Margarita María Alacoque, religiosa de la Visitación.

El 27 de diciembre de 1673, mientras oraba ante el Santísimo Sacramento, recibió la primera revelación. En esta experiencia mística, el Señor le mostró su Corazón ardiente de amor por la humanidad, herido por la ingratitud de los hombres, y le confió la misión de dar a conocer esta devoción.

En las revelaciones posteriores, Jesús le mostró su Corazón rodeado de espinas y coronado por la cruz, símbolo de su amor sacrificado y del dolor causado por el pecado. Le expresó su deseo de ser amado, de rescatar a las almas del poder del mal y de derramar abundantes gracias sobre quienes veneraran su Corazón, especialmente llevando su imagen en las casas o sobre el pecho como signo de amor y protección. Ella misma las llevaba bajo el hábito y animaba a sus novicias a hacer lo mismo.

En la tercera revelación, durante la fiesta del Corpus Christi de 1674, Cristo le pidió prácticas concretas de reparación: la comunión frecuente, la devoción de los primeros viernes y la Hora Santa en la noche del jueves al viernes, uniéndose a su agonía en Getsemaní. Así quedó claramente establecida la devoción al Sagrado Corazón como camino de amor, reparación y confianza total en Cristo.

El detente y la plaga de Marsella

El uso del detente se difundió de forma extraordinaria durante la plaga de Marsella de 1720. En ese contexto, este emblema fue conocido como “Salvaguardia”. Consistía en un trozo de tela blanca con el Sagrado Corazón bordado y la leyenda: «Oh Corazón de Jesús, abismo de amor y misericordia, en ti confío».

La forma más cercana al detente actual fue impulsada por la Venerable Ana Magdalena Rémuzat, quien, advertida del desastre que causaría la plaga, promovió con sus hermanas la confección y distribución de miles de estos emblemas por la ciudad y sus alrededores. Poco después, según relatan las crónicas, la epidemia cesó, reforzando la devoción popular al Sagrado Corazón.

El Beato Bernardo de Hoyos y el “Reinaré en España”

En España, el gran apóstol del Sagrado Corazón fue el beato Bernardo de Hoyos (1711–1735). A los 21 años, mientras copiaba fragmentos del libro «De cultu Sacratissimi Cordis Iesu», conoció esta devoción que transformó su vida. Él mismo relató haber sentido un amor profundo y una certeza de ser amado.

Al igual que santa Margarita, mientras oraba ante el Santísimo, recibió palabras del mismo Jesús, quien le confió la misión de extender esta devoción en España. Ante las dificultades, Cristo le consoló con una promesa que marcaría la historia espiritual del país: «Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes».

“Detente bala”: fe en tiempos de guerra

Desde Francia, la costumbre de coser el detente en la ropa de hijos, esposos o hermanos que iban a la guerra se extendió rápidamente. Se confiaba en la protección del Sagrado Corazón en el campo de batalla.

En el siglo XIX, las tropas carlistas en España llevaban escapularios con la inscripción: «Detente bala, el Corazón de Jesús está conmigo», y en muchos casos añadían «Reinaré en España» o incluso una parte del Padrenuestro: «venga a nosotros tu Reino».

Durante las guerras civiles del siglo XIX y más tarde en la Guerra Civil española (1936–1939), el detente se popularizó entre requetés, legionarios y algunos falangistas. La devoción también cruzó el Atlántico: los Cristeros mexicanos lo portaron durante su levantamiento contra el gobierno de Plutarco Elías Calles, con la inscripción: «Detente, enemigo malo, el Corazón de Jesús está conmigo».

Persecución y fidelidad

En tiempos de la Revolución Francesa, estos emblemas fueron considerados símbolos de fanatismo y hostilidad al régimen. Incluso durante el juicio de María Antonieta, se utilizó como prueba en su contra la posesión de una imagen del Sagrado Corazón con la inscripción: «Sagrado Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros».

Lejos de desaparecer, el detente se fortaleció como signo de resistencia espiritual y fidelidad cristiana.

Indulgencia concedida por Pío IX

En 1872, el papa Pío IX concedió una indulgencia de 100 días, una vez al día, a todos los fieles que portaran el detente y rezaran un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. En un breve posterior aclaró que, al no ser un escapulario en sentido estricto, no requería bendición ni inscripción específica: bastaba llevarlo colgado al cuello.

El mismo Papa compuso una hermosa oración al Sagrado Corazón, invitando a unir el propio corazón al de Cristo en adoración, reparación y amor:

«¡Abridme vuestro Sagrado Corazón, oh Señor Jesús! Mostradme sus encantos, unidme a Él para siempre. Que todos los movimientos y latidos de mi corazón, incluso durante el sueño, os sean un testimonio de mi amor y os digan sin cesar: Sí, Señor Jesús, yo os adoro; aceptad el poco bien que practico; hacedme la merced de reparar el mal cometido; para que os alabe en el tiempo y os bendiga durante toda la eternidad. Amén».

Un signo vivo hoy

Hoy, el detente sigue siendo un signo sencillo pero poderoso. Para muchos jóvenes es una forma concreta de llevar a Cristo en el centro de la vida cotidiana, un recordatorio de que el Corazón de Jesús está cerca, ama, protege y acompaña ante la tentación del maligno.

Así, el detente se ha convertido en un signo de fidelidad al Sacratísimo Corazón de Jesucristo: una insignia que ennoblece, una defensa en nuestras batallas y un escudo que nos recuerda que ese Corazón, que tanto amó a los hombres, sigue reinando.

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