Juan es primo de Jesús, concebido por Isabel de su esposo Zacarías. Su nacimiento tiene lugar unos seis meses antes del de Cristo, según el episodio evangélico de la Visitación de la Virgen María a santa Isabel. La fecha de su muerte se sitúa entre el año 31 y el 32 d.C. La consideración general cristiana es que el Bautista muere como un mártir de la verdad.
“No es un mártir de la fe -porque no se le pide que reniegue de ella- sino un mártir de la verdad. Es un hombre ‘justo y santo’ condenado a muerte por su libertad de palabra y por ser fiel a su mandato”, manifestó el Papa Francisco.
“Como auténtico profeta, Juan dio testimonio de la verdad sin componendas”, señaló el Papa Benedicto XVI. “Denunció las transgresiones de los mandamientos de Dios, incluso cuando los protagonistas eran los poderosos. Así, cuando acusó de adulterio a Herodes y Herodías, pagó con su vida, coronando con el martirio su servicio a Cristo, que es la verdad en persona”.
Los hechos
La narración evangélica es conocida. Herodes hizo encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano, con la que se había casado. “Porque Juan decía a Herodes: ‘No te es lícito tener a la mujer de tu hermano’ (Mc 6, 18-19). Con motivo del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías, Salomé, bailó en honor del rey. Agradó tanto a Herodes y a sus convidados que el monarca juró darle cualquier cosa que le pidiese, incluso la mitad de su reino. Ella, tras consultar con su madre, le pidió la cabeza de Juan, que fue decapitado.
Según la agencia vaticana, la memoria de hoy tiene orígenes antiguos: se remonta a la dedicación de una cripta en Sebaste (Samaría), donde ya a mediados del siglo IV se veneraba la cabeza del Bautista. En el s. XII, el papa Inocencio II hizo trasladar la reliquia a la iglesia de San Silvestre in Capite de Roma. La celebración del martirio de San Juan ya estaba presente en Francia en el siglo V, y en Roma en el siglo siguiente.
Valiente testimonio
Entre las consideraciones que la figura y la vida de san Juan Bautista pueden sugerir, “podemos fijarnos especialmente en su valiente y heroico testimonio de la verdad, que le llevó al martirio”, ha escrito el 26 de agosto el prelado del Opus Dei, Fernando Ocáriz. “Me vienen al recuerdo aquellas palabras de san Josemaría: ‘No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte’ (Camino, n. 34).
“Sin llegar al extremo del martirio, el amor a la verdad puede acarrear, en algunas circunstancias, inconvenientes de diversa naturaleza y, en ocasiones, muy notables”, prosigue el prelado. “A la vez, el amor a la verdad sobre la realidad del mundo y de uno mismo nos hace libres (cfr. Jn 8,32); y, radicalmente, nos libera la Verdad que es Cristo (cfr. Jn 14,6). Sin libertad no podríamos amar, y sin amor nada valdría la pena”.
El Directorio franciscano subraya: “Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús. De esta suerte, el precursor del Señor, como lámpara encendida y resplandeciente, tanto en la muerte como en la vida dio testimonio de la verdad”.