Dios no quiere el sufrimiento

Ante el dolor y las catástrofes, la fe no ofrece respuestas fáciles, pero invita a descubrir a un Dios que no quiere el sufrimiento, sino que permanece cerca y llama al ser humano a colaborar en la esperanza y la reconstrucción.

1 de Settembre de 2026-Tempo di lettura: 3 minuti
sufrimiento Nepal

©OSV News/Navesh Chitrakar, Reuters

Cientos de personas corriendo despavoridas son engullidas por una monstruosa ola de agua, hielo, rocas y lodo que arrasa a su paso pueblos enteros. Los espeluznantes vídeos de la riada en Nepal o los terremotos en Venezuela o Colombia nos llevan a la pregunta: ¿Dónde estaba Dios?

De la riada aún podemos echarnos la culpa si, como todo parece indicar, fue el repentino deshielo de un glaciar atribuible al cambio climático lo que la provocó, pero los terremotos no tienen más causa que la propia configuración de nuestro planeta. Lo mismo pasa con los volcanes, las epidemias y tantos otros fenómenos naturales con capacidad destructiva de vidas humanas. 

Ante acontecimientos tan dramáticos como los vividos los últimos meses, con miles de víctimas inocentes, dudar de Dios, de su existencia o, al menos, de su bondad y onmipotencia, es lo más normal del mundo. Algunos, cuyas convicciones son más hondas, no desconfían de Dios pero se dejan llevar por la lógica sin darse cuenta de que el órgano en el que esta se desarrolla, su cerebro, puede incurrir en errores muy naturales debido a su diseño. Entrenado durante milenios para buscar patrones, relaciones de causa-efecto, enseguida activa su mecanismo evolutivo para dar razón a lo que se le escapa, llegando a la errónea conclusión de que algo malo habremos tenido que hacer para obtener esta respuesta del Todopoderoso. Es la conocida como ilusión de causalidad. Dios es como un Padre que, por amor, castiga a sus hijos para que caminen por la senda del bien. ¿Cuadra verdad? Pero no deja de ser una ilusión que nos ayuda a reducir nuestra ansiedad por no comprender lo que, en realidad no es fácil de entender. Jesús ya tuvo que dar explicaciones de esto poniendo el ejemplo de lo sucedido con las víctimas de la torre de Siloé, que se desplomó repentinamente matando a 18 personas que no eran más pecadoras que el resto. Igual que el ser humano tiene libertad para hacer el mal, y Dios lo permite, también la naturaleza tiene cierta autonomía en la que Dios parece no intervenir. 

En su viaje a España, el Papa nos ayudó a entender un poco este misterio de la aparente ausencia de Dios en momentos de prueba. Recordó que «cuando Dios parece ausente, debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla». Y, frente a la tentación de inventar una imagen de Dios falsa que cuadre con nuestra lógica humana, señaló que «no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la “voluntad de Dios” o a algún misterioso proyecto suyo, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas». Añadiendo, como remate, que «Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante».

En esta Jornada Mundial por el Cuidado de la Creación, quizá también debemos recordar las palabras de Francisco en Laudato Si’, en las que explica que «muchas cosas que nosotros consideramos males, peligros o fuentes de sufrimiento, en realidad son parte de los dolores de parto que nos estimulan a colaborar con el Creador». 

Y es que los desastres naturales pueden ser un mensaje de «la hermana nuestra madre tierra», como se refirió a ella San Francisco de Asís en su famoso Cántico de las Criaturas. Un recordatorio de nuestra vulnerabilidad, por muchos avances científicos y técnicos que logremos, y de que la obra de Dios no se ha consumado del todo y está aún en estado imperfecto. Nos corresponde a nosotros colaborar con Dios, en la medida de nuestras posibilidades, para ordenar ese desorden, convirtiendo, como hizo Él en el relato de la creación, el caos en cosmos. Eso significa cuidar el medio ambiente para evitar lo que pueda ser evitable, trabajar de manera preventiva para minimizar los daños en casos de catástrofes naturales y, como no, acudir en auxilio de las víctimas para que puedan volver a la normalidad en el menor tiempo posible. De esta manera, estaremos ya pregustando esos cielos nuevos y esa tierra nueva del final de los tiempos donde «Él secará toda lágrima, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó».

Concluyo con una idea del que fuera predicador del Papa, el padre Cantalamessa, que enseñaba que, igual que al terremoto tras la muerte de Jesús en el Gólgota sucedió otro terremoto aún mayor, con epicentro en el sepulcro, que dio paso a su Resurrección; así, a cada terremoto de nuestra vida, a cada acontecimiento doloroso incomprensible, a cada sufrimiento, le espera una réplica mucho mayor en la que la naturaleza ahora mortal y frágil se manifestará gloriosa. ¡Eso espero!

L'autoreAntonio Moreno

Giornalista. Laurea in Scienze della Comunicazione e laurea in Scienze Religiose. Lavora nella Delegazione diocesana dei media di Malaga. I suoi numerosi "thread" su Twitter sulla fede e sulla vita quotidiana sono molto popolari.

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