Con el verano de por medio, ha pasado suficiente tiempo para una lectura sosegada de la primera encíclica de León XIV: Magnifica humanitas (15-V-2026). Un texto cuyo tema no es la inteligencia artificial, sino, como reza el subtítulo, “la custodia de la persona humana en un tiempo de inteligencia artificial".
Al mismo tiempo, señala cómo debe ser la contribución de los cristianos a la construcción de una ciudad más humana y fraterna. El preludio y el finale enmarcan las sinfonías. Vale la pena prestar especial atención al momento inicial y al final de la encíclica, aunque sean breves, para captar bien el contenido de su mensaje.
El preludio: ¿Babel o Jerusalén?
En la época de Leone XIII lo nuevo era la revolución industrial con sus avances y riesgos. Hoy, dice el Papa, necesitamos realizar un “discernimiento compartido” que nos ayude, en este “cambio d'epoca” a responder algunas preguntas fundamentales: “¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?” (n. 6).
Para edificar responsablemente en nuestro tiempo, el Papa propone dos “imágenes” bíblicas: la construcción de la torre de Babel (cfr. Gn 11, 1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cfr. Ne 2, 6) después del exilio en Babilonia (cfr. n. 7-10).
“La primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna” (n. 9).
Afirma León XIV que precisamente “esta obra compartida” es la expresión de la forma de construir propia de los cristianos: “Orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último” (n. 10).
Se perfila así, podría decirse, una antropología cristiana del trabajo, que culmina en el don de la Ciudad de Dios definitiva: el Cielo, el Reino de Dios consumado, la Iglesia, comunión de los santos en un mundo reconciliado y transformado. “Esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las ‘ciudades’ de hoy" (Ibidem.).
Condiciones para “edificar en el bien”
Para esta “edificación en el bien” el Papa señala cuatro condiciones (cfr. n. 11-14): edificar sobre el fundamento de la relación con Dios y el anhelo de felicidad que anida en el corazón humano; “aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad, sin considerarlos un error que haya que corregir”; trabajar con “una corresponsabilidad valiente” y una “responsabilidad compartida”; emplear un “lenguaje evangélico".
¿Qué entiende León XIV por esto último?: “Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles” (n. 14). Añade el ofrecer criterios a partir de la dignidad humana y en el horizonte de la justicia y de la paz.
Lo que nos jugamos en el mundo es “permanecer profundamente humanos”. Esto forma parte, desde el principio del cristianismo, del anuncio del mensaje evangélico; pues Cristo revela al hombre lo que es el hombre en plenitud (cfr. Gaudium et spes, 22).
He aquí la propuesta para la que invoca la protección divina, de modo que Dios pueda habitar en el corazón del hombre: “Ser constructores de comunión, no arquitectos de Babel; siervos del Reino que viene, no dueños de torres destinadas a derrumbarse" (n. 16).
El discernimiento para cuidar lo humano: entre la técnica y el dominio, el poder y el amor
En el cuerpo central de su encíclica, León XIV presenta la Doctrina social de la Iglesia como un pensamiento dinámico fiel al Evangelio (capítulo 1), capaz de leer la historia a la luz del mensaje cristiano y acompañar a la humanidad hasta su plenitud. A continuación expone los fundamentos y principios de la Doctrina social de la Iglesia (capítulo 2), como criterios decisivos para el discernimiento personal y social en la era digital. El criterio central es la dignidad humana, que cada ser humano posee por el hecho de existir. De ahí se deriva el bien común como conjunto de condiciones que hacen posible la maduración personal. Esto implica el destino universal de los bienes, incluidos los inmateriales y digitales; la subsidiariedad, que tutela la responsabilidad de la persona, de la familia y de los cuerpos intermedios frente a todo abuso de poder; y la solidaridad como conciencia de la interdependencia de las personas y los pueblos.
Analiza en el capítulo siguiente la relación entre técnica y dominio sobre el trasfondo de la grandeza de la persona humana (capítulo 3) y frente a las propuestas engañosas del transhumanismo y del posthumanismo, que intentan superar los límites de la persona humana redefiniendo sus potencialidades más allá de la responsabilidad política y moral. El documento afirma que “el ser humano no florece ‘a pesar’ del límite, sino a menudo ‘a través’ del límite” (n. 118); de modo que la fragilidad y la vulnerabilidad son campos de maduración de la relación interpersonal, del cuidado y la apertura a los otros. La gracia de Dios y el humanismo cristiano son la única garantía del verdadero “más que humano”, mediante el trascenderse a sí mismo por amor.
En cuanto a la inteligencia artificial, puede ser una ayuda valiosa, pero requiere atención, además de que puede debilitar el juicio personal y la creatividad e impactar negativamente sobre el medio ambiente, y no es moralmente neutra. Los criterios de la Doctrina social pueden ayudar a evitar que la IA sea instrumentalizada en detrimento de lo humano.
Pero en la era digital nos jugamos, ante todo, custodiar lo humano en la transformación: verdad, trabajo, libertad (capítulo 4). Se muestra la necesidad de una comunicación pública fiable y de una educación con sentido crítico, así como de asegurar el acceso a un trabajo digno y la libertad real para todos. Todo ello pide normas justas, responsabilidad compartida y calidad en la educación.
En último término, se contraponen dos planteamientos: La cultura del poder y la civilización del amor (capítulo 5), que se pueden ver en relación con la expresión agustiniana: “dos amores hicieron dos ciudades”: el amor de sí mismo frente al amor de Dios, que comporta el amor a los demás.
La cultura del (mero) poder corresponde a la propuesta de la guerra y de la violencia, aunque provenga de un algoritmo. La civilización del amor corresponde a la “construcción de la comunión” sobre los fundamentos de la justicia, la fraternidad y el diálogo, y en el camino de la paz. “Con la paz no se pierde nada, mientras que con la guerra todo se puede perder” (n. 219).
En conjunto, y así entendida, “la Doctrina social se convierte en una teología de la comunión en la historia” (n. 27).
Contemplación y espiritualidad eucarística
El último movimiento de una sinfonía, el finale, suele tener un carácter impactante. Al final de la encíclica, al cerrarse el telón de esta sinfonía, se revela, sencilla y a la vez intensa, la condición, la dimensión espiritual y teológica que sostiene y guarda su sentido último. Pero no es una propuesta cultural ni una teoría sociopolítica.
Bajo el epígrafe Una espiritualidad para nuestro tiempo (conclusión), desea entregarnos “un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente con el cual vivir este cambio de época a la luz del Evangelio” (n. 229). He aquí los cuatro pasos de ese itinerario: “Es un camino que nace de la contemplación del designio de Dios, vive la unidad eclesial nutriéndose de la Palabra y de la Eucaristía, construye el bien en el mundo y ora junto con la Virgen María" (Ibid.). Un “finale” en cuatro palabras: contemplación, unidad, trabajo y oración.
Ante todo, contemplación de Cristo: “Como creyente entre creyentes, invito a contemplar en el rostro del Hijo una magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA. En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación, y no espectador resignado ante los procesos tecnológicos que limitan su libertad y su responsabilidad” (n. 233).
Cristo no desprecia lo auténticamente humano, sino que lo asume: “En este designio, nada de lo que es verdaderamente humano se perderá, sino que todo será purificado y reunido en Aquel que recoge cada fragmento de vida, cada lágrima y cada auténtica conquista humana para sustraerlos de la nada y entregarlos, redimidos, al Padre" (Ibidem.).
En segundo lugar, espiritualidad eucarística; pues la entrega de Cristo, Palabra de Dios hecha carne, permanece presente y operativa en la Eucaristía (cfr. nn. 234-235), “sacramento de unidad”, según san Agustín. La Eucaristía “es el encuentro personalísimo con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual”. (Benedetto XVI, Omelia 21-IV-2011). Esto es, dice el Papa, “la Iglesia de Cristo”, que formamos en unidad con Él los cristianos, como figura en el lema episcopal de León XIV: In illo uno unum.
Con ello despliega la dimensión social de la Eucaristía: “La Eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación” (n. 235). Y la expresa en el contexto de nuestra era digital: “Y mientras las nuevas redes económicas y tecnológicas pueden generar exclusión, aislamiento y dependencias, la Iglesia, alimentada por la Eucaristía, está llamada a hacer visible otro tipo de medida, custodiando los vínculos, devolviendo la voz a los invisibles y orientando los procesos hacia la dignidad de las personas" (Ibidem.).
Trabajo y oración
Todo ello implica el trabajo. “En esta obra –la construcción del bien en el mundo– estamos llamados a asumir un papel activo, sin refugiarnos en el espiritualismo ni en nuestros pequeños mundos: debemos ser fieles a la verdad, invertir en la educación, cuidar las relaciones, y amar la justicia y la paz” (n. 236). Son diversos frentes del trabajo.
Trabajar para ser fieles a la verdad: “En este escenario –señala León XIV– es importante custodiar un corazón que ama la verdad, que desea lo justo más que los contenidos de mayor atractivo, que busca la sabiduría más que el impacto inmediato. La verdad que no debemos perder es la de Dios y la del ser humano, tal como Cristo nos la ha revelado” (n. 237).
Trabajar en la educación: “¡Invirtamos en la educación que empieza por nosotros mismos!” Concretamente, “todos necesitamos formarnos para vivir en el mundo digital de manera humana, como parte integrante de la educación en la fe y en la vida virtuosa del Evangelio” (n. 238). Y todo ello en el contexto de una artesanía de la educación que hoy necesita ampliar y compartir las alianzas educativas.
Trabajar para cuidar las relaciones: nuestra época, advierte León XIV, necesita “manos capaces de ternura, mentes atentas y buenas palabras”. Siempre y sobre todo hoy, la presencia física: “la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres” (n. 239).
Trabajar, finalmente, por amor a la justicia y la paz. “Cada decisión técnica o económica se convierte en un punto de discernimiento espiritual, una ocasión para verificar si los avances de la IA abren espacios de justicia y participación o concentran la riqueza y el poder en manos de unos pocos. Invito a mirar con lucidez las redes de producción digital, las condiciones de trabajo ocultas detrás de nuestros dispositivos, los mecanismos que se aprovechan de la manipulación y la guerra” (n. 240).
Como broche de oro, León XIV evoca el “magnificat” de María (cfr. n 243-245). Es un icono de lo que debe ser nuestra oración: alabanza y alegría, realismo y profecía de quienes están comprometidos en ser “tejedores de esperanza".





