El otro día, en mi parroquia, escuché el testimonio de una persona con discapacidad. Siendo sincero, me dio una lección sobre el perdón que sentí la necesidad de compartir.
Hablaba con valentía del dolor que ha sufrido a lo largo de su vida al enfrentarse a las burlas de otros por su aspecto o sus capacidades. Nos confesaba lo difícil que le resultaba perdonar a quienes le hacían sufrir. Escucharla me conmocionó. Me hizo comprender que el sufrimiento no entiende de coeficientes intelectuales ni de etiquetas. El alma humana sufre la herida. Todos nos damos cuenta de la palabra hiriente, del gesto inoportuno y de cómo, ante la agresión, en nuestro interior puede salir el rencor, la envidia o la amargura.
Pero, ¿Qué es el perdón?
Según la RAE es la remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente.
También según el numeral 2843 del Catecismo de la Iglesia Católica dice: «Así, adquieren vida las palabras del Señor sobre el perdón, este Amor que ama hasta el extremo del amor (cf. Jn 13, 1). La parábola del siervo sin entrañas, que culmina con la oración del Señor sobre el perdón (cf. Mt 18, 23-35), nos recuerda: «Así provocará la ira de mi Padre celestial a todo aquel que no perdone de corazón a su hermano». Allí es, en efecto, en el fondo «del corazón» donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión».
El Catecismo reconoce algo fundamental: no está en nuestra mano dejar de sentir la ofensa. El perdón no consiste en reprimir el sentimiento del agravio, ni anestesiar el corazón; sino impedir que la herida se infecte de odio.
Esta lucha interna entre la herida y la gracia podemos encontrarlos en los escritos de San Josemaría Escrivá. En Camino, nos invita a no buscar excusas en la dureza del entorno o en el comportamiento ajeno para justificar la falta de caridad. En el punto 452 escribe:
»No tengas enemigos. —Ten sólo amigos: amigos… de la derecha —si te hicieron o quisieron hacer bien— y… de la izquierda —si te han hecho o han intentado hacerte mal».
Y para profundizar en cómo reaccionar ante la incomprensión o el desprecio, en el punto 682 nos da una receta muy práctica para la vida cotidiana:
«Si te cuesta perdonar, piensa que Jesús ha muerto por ti y que te ha perdonado todo. Mírate en la Cruz y verás qué poco es lo que a ti te hacen, comparado con lo que al Señor le hicieron… y con lo que le haces tú».
Esta misma lección nos la enseñó San Juan Pablo II. En 1981, tras sobrevivir al atentado en la Plaza de San Pedro, el Papa no solo perdonó públicamente a Mehmet Ali Ağca desde la ambulancia, sino que dos años después lo visitó en la cárcel de Rebibbia. Aquel encuentro a solas, mirando a los ojos al hombre que había intentado quitarle la vida, fue una excelente catequesis sobre lo que significa no dejar que el mal tenga la última palabra. Juan Pablo II demostró al mundo que la fuerza del ser humano está en la capacidad de transformar una agresión en un espacio de misericordia.
Aquella mujer de mi parroquia nos enseñó una verdad que se nos puede olvidar con facilidad: el perdón no es un acto automático ni una fuerza que nace del voluntarismo humano, sino una decisión del corazón sostenida por la gracia.
Al ver su vulnerabilidad, comprendí que perdonar no significa justificar el daño ni borrar el pasado, sino negarle al rencor el poder de dictar nuestro presente. Cuando dejamos de fijar la mirada únicamente en la ofensa y ofrecemos nuestra herida abierta a Dios, el perdón deja de ser un acto inalcanzable para convertirse en una verdadera experiencia de libertad y de amor.
Padre di sei figlie. Insegnante di audiologia e logopedia e figlio di genitori sordi (CODA). La mia storia personale e professionale si intrecciano in un’unica vocazione: abbattere le barriere della comunicazione





