Evangelizzazione

Abel de Jesús: «El riesgo es poner el marketing al servicio del influencer y no del Evangelio»

Abel de Jesús advierte del riesgo de poner el marketing al servicio de la persona en lugar del Evangelio y defiende una misión digital centrada en la evangelización, la formación teológica y el encuentro con Dios.

Redazione Omnes-1 de Ottobre de 2026-Tempo di lettura: 13 minuti
Abel de Jesús, misionero digital

Abel de Jesús es teólogo, profesor de secundaria y creador de contenido católico. Natural de Tenerife, ha hecho de las redes sociales un espacio para la evangelización y la reflexión teológica, sin esquivar las cuestiones más controvertidas. Quienes le siguen desde hace tiempo conocen también sus vaivenes vitales, que nunca ha ocultado.

En esta entrevista, aborda los desafíos de la misión digital, los límites entre evangelización y marketing, la necesidad de una mayor formación teológica y los riesgos de reducir la fe al tradicionalismo o al sentimentalismo. También reflexiona sobre el pontificado de León XIV y su capacidad para favorecer la unidad en la Iglesia.

¿En qué momento eres un misionero digital? ¿Eres un influencer católico o una persona católica que hace contenido de diversa índole?

–Es un tema que la Iglesia está desarrollando mucho. Hay un gran esfuerzo por parte del Magisterio pontificio para profundizar en esta cuestión. El Papa León XIV acaba de hablar de ello en un documento de gran relevancia magisterial, Magnifica Humanitas, donde se refiere a la necesidad de que el continente digital cuente con misioneros. Los define como «misioneros generosos y maduros al servicio de la evangelización de este continente». Por tanto, la misión digital ya no es un invento, una moda o una palabra vacía, sino que tiene un contenido propio y responde a un llamamiento pontificio. Es una especie de nueva cruzada, promovida por el Papa, para que vayamos a este continente.

La misión digital está muy viva. Este término expresa lo que debe ser la creación de contenido católico en las redes sociales: un servicio a la evangelización. Y aquí hay una diferencia importante: no es lo mismo ser católico y estar en las redes que tener una misión digital.

La misión digital no consiste en adoptar un estilo de vida católico ni en dar testimonio de ser católico en medio de la propia actividad. Tiene una naturaleza específica: anunciar el Evangelio. El misionero digital es un misionero. Eso es lo que nos ayuda a comprender el Papa y el trabajo del Dicasterio para la Comunicación. Es un misionero que cuenta con una formación, unos dones y unos talentos digitales al servicio de la evangelización, que es la evangelización de siempre de la Iglesia.

Dentro de la Iglesia, la misión se entiende como una donación gratuita, en respuesta al mandato recibido de Cristo. Sin embargo, los misioneros digitales también tienen que vivir. Muchas veces surge una duda: ¿se debe cobrar o no por crear contenido misionero y evangelizador?

–Es un tema muy delicado. Precisamente porque es algo muy nuevo, puede prestarse a confusiones e incluso a abusos. Si mezclamos el concepto de influencer con el catolicismo, podemos acabar poniendo el marketing al servicio de la persona, en lugar de al servicio del Evangelio.

El marketing, entendido como la búsqueda de un rendimiento económico de una actividad, puede entrar en contradicción con el Evangelio. Por eso hay que tener mucho cuidado.

Creo que el misionero digital, en cuanto misionero, no debe tener ánimo de lucro ni buscar un incremento patrimonial o generar riqueza con su trabajo. Al menos, en lo que respecta a la misión digital, debe vivirla desde la pobreza. Otra cosa es que reciba donativos, ayudas o estipendios que le permitan seguir realizando esa misión con flexibilidad, pero también con austeridad. Puede necesitar financiar sus viajes, desplazarse de un lugar a otro o cubrir sus gastos de manutención. Y, si tiene familia, con mayor motivo.

Hay muchos seglares que son misioneros digitales. En ese sentido, las comunidades deben ser generosas económicamente con ellos, porque también tienen obligaciones familiares. Si no recibieran esas ayudas económicas, en forma de colaboración o donativo, tendrían que abandonar la misión. Eso supondría también una pérdida para la Iglesia. Por tanto, estas ayudas están contempladas. Yo mismo recibo donativos y los acepto de muy buen grado.

Incluso se pueden establecer tarifas, pero también hay que tener mucho cuidado con ellas. No es lo mismo cobrar por impartir formación teológica, para la que te has preparado, has cursado unos estudios reglados y has realizado una inversión de tiempo y esfuerzo, que cobrar una tarifa elevada por dar tu testimonio de fe. Esto último podría constituir una especie de simonía espiritual.

No sé si se podría considerar un delito canónico, pero cobrar por compartir un don gratuito recibido del Espíritu Santo, como es la fe, me genera muchas dudas morales. En cambio, entiendo que se cobre por impartir formación en una universidad. Si tú y el resto de los profesores ejercéis la docencia como parte de vuestra actividad profesional, es razonable que recibáis el mismo salario que los demás trabajadores.

¿Crees que quienes no estamos dentro del mundo de la misión digital entendemos bien esta cuestión?

–Todavía existe cierto reparo. Siempre recuerdo aquellas palabras de san Pablo: quien no trabaje, «que no coma«. Se dirigía a comunidades muy apostólicas, en las que la misión formaba parte, en cierto modo, de su trabajo. Sin embargo, nos cuesta encontrar el equilibrio entre no convertir esto en un enriquecimiento personal y cobrar lo justo, dentro de nuestras posibilidades.

Hay que diferenciar muy bien entre un profesional de la comunicación digital, un influencer o creador de contenido que además es católico y un misionero digital. Son cosas distintas. El problema surge cuando se mezclan. Tú eres una profesional de la comunicación, te has formado para ello, tienes una trayectoria y asumes una serie de responsabilidades laborales, eclesiales o institucionales. Eso requiere un salario, porque realizas una actividad profesional. Además, esa es tu actividad profesional y la que te permite llevar el sustento a tus hijos. Eso es perfectamente legítimo.

Otra cosa es preguntarse cuál es tu misión digital y en qué momento dejas de actuar como profesional para hacerlo como misionera. En ese caso, sería tan inmoral cobrar por tu misión digital como cobrar por tu misión a secas.

Imaginemos que alguien dice: «Voy a ir a África a hacer una misión» o «Voy a ir a Asia». Si va a evangelizar y cobra 8.000 euros por una charla, hay que preguntarse qué sentido tiene eso. La misión aúna lo humanitario y lo evangelizador en un acto indisoluble de predicación del Evangelio. Es algo que recibes gratuitamente y das gratuitamente, en un acto de entrega total y radical de la vida al servicio del Evangelio. Eso es ser misionero.

El apellido «digital» no cambia en absoluto la naturaleza de la misión. Cuando cobras 8.000 euros por una misión digital, tendrías que plantearte qué ocurriría si, al ir a Uganda para evangelizar en un lugar donde no conocen a Cristo, cobraras a las personas a las que pretendes anunciar el Evangelio cantidades desorbitadas porque tienes cierto caché. Entonces se trastoca y se pervierte la naturaleza del acto evangelizador.

Has hablado mucho de la misión y hace poco has estado en Latinoamérica, en uno de los encuentros de misioneros digitales que se han celebrado durante el verano. Antes de empezar a grabar me comentabas que, nunca mejor dicho, habías descubierto América. Has descubierto un panorama que quizá en nuestra vieja Europa todavía no conocemos suficientemente.

–Aquí hay una crisis de vocaciones y de misión, y a veces también cuesta encontrar respuestas adecuadas por parte de la Iglesia. Quizá no siempre sabemos adaptarnos a la misión que Dios nos pide a cada uno.

Simplificando mucho, me da la sensación de que aquí tenemos más oferta que demanda. Hay muchas instituciones, movimientos y grupos que ofrecen retiros de fin de semana, cursos de formación y ejercicios espirituales. Encontramos muchísimas propuestas, pero poca demanda. Generalmente, tenemos que salir a buscar a la gente y, a veces, quienes participan son las mismas personas en un sitio y en otro. Y hablo desde Madrid, que es un lugar privilegiado porque aquí hay mucha actividad católica. En otros lugares, la demanda es prácticamente inexistente.

En cambio, en Costa Rica y en el sur de Estados Unidos, donde has estado, hay una sociedad profundamente cristiana, aunque no siempre en sentido católico, y también existe un movimiento católico muy fuerte. Allí hay muchísima demanda. La gente desea formarse y tener oportunidades. Sin embargo, muchas veces hay poca oferta porque hay pocos sacerdotes y están muy centrados en el ejercicio del ministerio, los sacramentos y otras tareas. No pueden dedicar tiempo a esa formación y a esa evangelización que van más allá del culto y la liturgia. Se ven desbordados, no por falta de celo pastoral. Por eso, allí se reclama y se desea esta misión. En muchas ocasiones, también la misión digital.

Me ha impresionado el agradecimiento con el que te recibe la gente por unos cuantos vídeos que has subido. Pueden tener mayor o menor calidad o resultar más o menos ilustrativos, pero los reciben como agua en medio de la sequía, como una lluvia muy esperada. Te dicen: «Gracias por esto». Eso me ha llegado mucho al corazón. Estoy muy agradecido.

En España tenemos ahora mismo un desafío cultural, político y religioso. El catolicismo se está poniendo de moda, lo cual tiene aspectos positivos, porque facilita mucho la labor de los misioneros en este continente digital. Pero, al mismo tiempo, existen riesgos. Uno de ellos es que se instrumentalice el catolicismo al servicio de este cambio cultural. Es decir, que este renacer, de carácter más tradicional o conservador, que es legítimo, encuentre en el catolicismo un colchón sobre el que descansar. O que el catolicismo se convierta en el barniz de esta vuelta a lo conservador, sin que exista un interés genuino por Dios.

Al final, Dios se sirve de todo, por medio del Espíritu Santo, para suscitar lo que quiera. Pero corremos el riesgo de que el catolicismo se convierta en un fetiche cultural al servicio de determinados intereses políticos y económicos. Es algo que he experimentado en cierta medida.

Existe el riesgo de que el catolicismo se convierta en una religión de clase, una religión burguesa que proteja determinados intereses. Es un riesgo que debemos tener en cuenta. No quiero dramatizar, pero sí debemos estar atentos para evitar que la fe se ideologice. El antídoto contra la ideologización de la fe es la teología. La teología permite poner el Evangelio por delante de otros intereses.

¿Cómo afrontar el reto de formar en la fe a quienes se acercan a la Iglesia en una sociedad con cada vez más dificultades de comprensión y aprendizaje?

–Sinceramente, no lo sé. Soy profesor de Secundaria y una de las cosas más difíciles es suscitar el deseo de aprender o ayudar a la gente a comprender la importancia de la formación. Si no lo consigo con mis alumnos, no sé muy bien cómo se hace. Lo que yo hago es ofrecer formación. Y la verdad es que la gente la desea. En el fondo, creo que existe una sed de formación.

Muchas veces, la ignorancia teológica constituye un impedimento para la fe. Pensamos que puede suceder lo contrario, que la teología nos desestabiliza y nos hace dudar de las cosas, pero yo lo veo casi al revés.

Con frecuencia, las dudas teológicas se reprimen y uno se queda tranquilo. Elimina todos los interrogantes y se queda con un discurso seguro, sólido y falsamente protegido. Pero eso no es fe. Se convierte rápidamente en ideología. Construyes andamios ideológicos para evitar que se derrumbe la estructura.

Sin embargo, muchas personas, que son más honestas consigo mismas, se dan cuenta de que esos interrogantes teológicos y esas dudas legítimas que surgen durante el proceso natural de la fe merecen una respuesta. No porque estén dudando del amor de Dios, sino porque quieren responder a ese amor con todo su corazón y con toda su mente. Eso implica despejar las incógnitas de las ecuaciones y descubrir también la razonabilidad del amor de Dios, que se entrega por nosotros.

Cuando despejamos esos interrogantes, o iniciamos un camino para hacerlo, se desbloquean los impedimentos que nos dificultan entregarnos por completo. Por eso, estoy más convencido que nunca de que la teología es una parte esencial de la evangelización y también de la misión digital de la Iglesia. Sin ella, especialmente en la encrucijada cultural en la que se encuentra España, difícilmente podremos realizar una evangelización integral.

Me llama la atención que no evites ningún conflicto, que entres en todas las polémicas.

–No lo hago por la misión, sino por mi personalidad. No soy capaz de dejar un interrogante para más adelante. Si me surge una duda de fe, desde que empecé, no puedo descansar. No encuentro paz hasta que elaboro un esquema y trato de entender qué está pasando, por qué no comprendo algo o por qué no consigo aclararlo.

Si alguien me plantea una duda que no sé responder, me obsesiono personalmente con ella. No es algo que haga al servicio de la evangelización. Son mis propias dificultades psicológicas, mis obsesiones. Necesito saber.

Quienes me conocen saben que a veces me obsesiono con determinados temas. Ahora me sucede menos, porque ya he abordado muchas cuestiones. Cuando un interrogante se me ha planteado quince veces de quince maneras distintas, puedo estudiarlo con algo más de tranquilidad.

Pero soy así. No puedo evitar las polémicas, no tanto por las redes sociales, sino porque yo mismo vivo y aprendo a partir de ellas. Por eso, no puedo dejar de compartirlas. Creo que eso es muy sano, porque permite que mucha gente te plantee cuestiones que quizá le cuesta expresar en otros ambientes o a otros interlocutores.

Has hablado de las dudas que te plantean. ¿Qué tipo de dudas tiene la gente que te sigue?

–Me da mucha pena cuando la gente me plantea dudas muy buenas, me envía noticias de actualidad o me cuenta testimonios que suponen un desafío teológico. Me dicen: «Mira lo que ha dicho esta persona» o «Mira lo que ha salido aquí». Me encantaría responder a todo.

Ahora mismo tengo muchos temas de actualidad que la gente me está enviando. Les digo que quiero responder, pero que se me pasan las tardes y no puedo hacerlo.

A la luz de la actualidad, a muchas personas se les abre una especie de caja de Pandora. De repente surgen las dudas y todo se trastoca. «Mira lo que ha dicho este sacerdote» o «Mira lo que ha dicho aquel». Y uno piensa que habrá que dar una respuesta.

La gente plantea las cuestiones más variadas. Algunas personas te cuentan experiencias personales muy íntimas, que suponen un desafío enorme. Nosotros vivimos muchas veces en un entorno seguro, con nuestra familia. Pero a veces suceden cosas que te hacen dudar de todo. Te preguntas cómo puede ser posible algo así o cómo puedes seguir confiando en Dios.

Son situaciones muy comprometidas, que plantean desafíos teológicos y a las que hay que dar respuesta. Me llega de todo y, a veces, me pregunto cómo responder. En esas situaciones, mi teología ha entrado muchas veces en crisis. Y creo que debe ser así. Una teología que nunca ha entrado en crisis, una teología satisfecha de sí misma, puede escribir un libro, pero hay que ver si ese manual es capaz de soportar el peso de la realidad. Quizá no lo sea.

¿Y cómo se afronta esa crisis?

–En mi caso, de tres maneras.

En primer lugar, escuchando mucho. Hay que escuchar, porque, si no lo haces, puedes quedarte en la superficie. Si te limitas a pensar lo que la gente debería pensar o decir, eso supone la muerte de la teología. No escuchas, no ves la realidad ni comprendes la profundidad de los interrogantes de las personas.

En segundo lugar, orando mucho. Solo en la oración puede el Espíritu darte la libertad necesaria para afrontar el desafío de esos interrogantes. Es imposible avanzar en teología sin humildad. Existe una especie de soberbia autosuficiente que quiere aferrarse a las respuestas antiguas y caducas. Te cierras en ellas porque cambiar de opinión es más difícil que cambiar de riñones. Cambiar de opinión es duro. A veces no queda otra opción que abrir nuevos caminos, y eso solo se consigue con la humildad que recibes del Espíritu de Dios en la oración.

En tercer lugar, estudiando mucho. Hay que estudiar y comprender que las cosas son más complejas de lo que pensamos. Solo si asumimos que la teología es compleja podemos avanzar en ella. Si creemos que es sencilla y que las cosas son tan simples como nosotros pensamos, nunca podremos progresar.

¿Cómo interpreta la vuelta al tradicionalismo religioso entre los jóvenes y el auge del sentimentalismo en la fe, y qué aspectos positivos y negativos identifica en estos fenómenos, teniendo en cuenta sus posibles raíces en un posconcilio mal entendido y la necesidad de fomentar el diálogo entre las distintas sensibilidades de la Iglesia?

–Depende de cómo definamos el tradicionalismo. Si lo entendemos como una vuelta acrítica a una especie de arqueologismo litúrgico, que proyecta sobre el pasado los anhelos del presente, creo que tiene su origen en los excesos de la segunda mitad del siglo XX en materia litúrgica: los abusos litúrgicos, la desacralización de la liturgia y una pérdida muy importante del patrimonio espiritual latino. Esa pérdida hizo que muchas personas se sintieran desamparadas.

El proyecto de una Iglesia absolutamente horizontal, basada en comunidades de base, sin jerarquía, sin orden y sin rúbricas, fracasó. Entonces, la gente quedó expuesta al vacío, a iglesias sin vida, sin relevo vocacional y sin vida interna. Por eso es comprensible que se proyecte hacia el pasado aquello que se desea en el presente.

Creo que el ser humano tiene que recuperar la dimensión ritual, porque el cristianismo no niega nada de lo humano. El rito es algo profundamente humano. No es divino: Dios no necesita ritos. Eso se desprende, básicamente, de la Sagrada Escritura. El rito es algo humano que nos permite lanzarnos al abismo de Dios a través de lo mistérico y lo mistagógico, que nos conduce hacia el misterio de la liturgia. Si niegas esa dimensión, estás negando una parte de lo humano.

Desde que el ser humano tiene conciencia de sí mismo, existe esa dimensión ritual. Por eso hay que recuperar la solemnidad, la belleza litúrgica, la música sacra y la arquitectura sagrada, que nos eleva; una arquitectura más vertical y más teocéntrica. Si pierdes todo eso, es lógico que surjan movimientos tradicionalistas y medievalistas. ¿Por qué? Porque existe un anhelo que no está satisfecho.

La otra posibilidad es caer en el sentimentalismo. Si la liturgia no nos satisface ni desde el punto de vista intelectual ni desde el emocional, porque faltan la contemplación, el símbolo y la trascendencia, falta también lo que Rudolf Otto llama el misterio tremendo y fascinante, lo luminoso y arrebatador. Cuando eso desaparece, ¿qué hacemos? Convertimos la liturgia en una colección de sentimientos y buscamos experiencias.

Estoy esperando que aparezca una aplicación de TripAdvisor para experiencias religiosas. Estoy convencido de que, en algún momento, llegará. Podremos valorar las experiencias con cinco estrellas: porque había luces, porque había música o porque se pronunciaron determinadas reflexiones. Estamos buscando y coleccionando experiencias emocionales. Al final, puntuamos a sacerdotes, retiros, movimientos y conciertos. Y cuanto más sentimentalistas sean, mejor, porque satisfacen esa necesidad.

Pero esto no deja de ser un elemento más de una religión burguesa. Los jueves voy al club de golf, los viernes voy a yoga y los sábados tengo una vigilia con jóvenes. Todo forma parte de lo mismo: necesito experiencias que llenen mi semana después del trabajo. A eso se suman la precariedad de la vida, las dificultades que tenemos y la ausencia de sueños y aficiones, en parte por culpa de las pantallas. Al final, queda el sentimentalismo.

Algunos dirían que es el nuevo opio del pueblo. El sentimentalismo en la Iglesia puede llegar a serlo. ¿Por qué no asumir también esa crítica? Eso no significa que debamos criticar la dimensión emocional en sí misma. Toda experiencia pastoral tiene que cimentarse sobre una experiencia emocional. Si falla esa dimensión, también se resiente la estructura de la propia experiencia de fe.

El pathos es una base fundamental. Si no te sientes querido, si no te sientes acogido por tu comunidad y no estableces relaciones de amistad, cariño, ternura y comprensión, después tampoco puede llegar la dimensión contemplativa ni puedes asumir convicciones teológicas. El problema aparece cuando el sentimiento se cultiva hasta el punto de confundirlo con la verdadera experiencia de Dios, que está por encima de cualquier sentimiento.

Me estaba acordando de esa frase de Evangelii gaudium, que probablemente sea una de las más citadas: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». Quizá la hemos repetido tantas veces que hemos olvidado lo que significa ese encuentro personal, cara a cara, corazón a corazón.

¿Cómo ves a León XIV, especialmente por su recuperación del Concilio Vaticano II y su valoración de la liturgia, y qué esperas de su pontificado?

–Por lo que estamos viendo, ojalá su pontificado sea muy largo y estemos apenas comenzando a vislumbrar lo que va a suceder. Es un Papa de la unidad, un Papa de síntesis. Después de muchos vaivenes, creo que puede ser un Papa que asiente las cosas y prepare a la Iglesia para lo que está por venir.

Deseo que su pontificado sea largo, que consolide lo que se ha construido y que prepare a la Iglesia. Que afiance y dé solidez a los carismas de los papas anteriores: la expansión de Juan Pablo II, la razonabilidad de Benedicto XVI y la apertura a los pobres y a las periferias del Papa Francisco, algo que la Iglesia necesitaba también urgentemente. Todo eso a veces queda disperso o en conflicto, en una tensión inestable. Deseo que el Papa consiga aglutinarlo.

No porque tenga mucho carisma, aunque lo tiene. El Papa resulta arrebatador en su sencillez. Creo que tiene un carisma del Espíritu Santo que, en el fondo, es lo que hace eficaz el ministerio apostólico: la capacidad de conciliar lo disperso. Deseo que la Iglesia tenga la suficiente docilidad para recibir su mensaje.

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