El amor cristiano a los animales

A veces se plantea una falsa disyuntiva: o amas a las personas o amas a los animales. Pero el Evangelio no conoce esa rivalidad. La ternura que aprendemos hacia toda criatura —como enseñaron San Francesco d'Assisi e di Gesù di Nazareth— ensancha el corazón y nos hace más humanos, no menos.

4 de Ottobre de 2026-Tempo di lettura: 3 minuti
amor animales

©Zaur Giyasov

No es raro escuchar a algunos católicos una crítica mordaz hacia quienes profesan un amor tierno por sus animales. Se argumenta que «hay muchos niños pasando hambre como para gastar en veterinarios». Sin embargo, esta dialéctica de exclusión —o amas a los hombres o amas a los animales— es ajena a la armonía de la Creación y olvida la delicadeza con la que Dios mismo se relaciona con su obra.

Es una verdad de fe que el ser humano es la cumbre de la creación. Pero la primacía del hombre no nace del desprecio a lo creado, sino de su responsabilidad como custodio. San Francisco de Asís, el Poverello, no llamaba «hermano» al lobo por sentimentalismo, sino porque reconocía en él el mismo «aliento» del Padre:

«Si tienes hombres que excluyan a cualquiera de las criaturas de Dios del refugio de la compasión y la misericordia, tendrás hombres que tratarán de la misma manera a sus hermanos». (San Francisco de Asís)

La mirada de Jesús: El Dios que se fija en los gorriones

A veces olvidamos que Jesús no era un teórico abstracto, sino alguien que contemplaba la naturaleza con amor profundo. Él nos enseñó a leer el amor del Padre a través de los animales: “Mirad las aves del cielo: no siembran ni siegan… y vuestro Padre celestial las alimenta” (Mt 6, 26).

Cristo utiliza la figura de la gallina que cobija a sus polluelos (Mt 23, 37) para explicar Su propio anhelo de proteger a Jerusalén. En su mirada, los animales no son «objetos», sino testigos de la providencia divina. Incluso en el Antiguo Testamento, el libro de Tobías nos regala una imagen preciosa: el ángel Rafael y el joven Tobías parten de viaje, y el texto aclara con sencillez: «Y el perro los seguía» (Tb 6, 1). Dios permite que la fidelidad animal sea compañera en el camino de la salvación.

A menudo, la crítica hacia el «amante de los animales» ignora una realidad humana sangrante: la soledad. El Papa Francisco, en Laudato si’, nos advierte:

«No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos. […] Todo está conectado». (Laudato si’, n. 91)

Bajo esta premisa, el afecto por un animal puede ser el último puente que mantiene a una persona conectada con la capacidad de dar y recibir ternura. Soren Kierkegaard, el gran pensador cristiano, profundizó en esta idea al reflexionar sobre la pureza del corazón. Para él, el animal tiene una ventaja sobre el hombre caído: su falta de doblez. El animal ama sin segundas intenciones, y en esa sencillez, el hombre herido encuentra un refugio donde volver a ser él mismo. Como diría el filósofo danés, en el silencio de la criatura se aprende a escuchar a Dios con más claridad que en el ruido de las disputas humanas.

A esos católicos que miran con sospecha el cariño por las mascotas, convendría recordarles que la fe nos llama a la mansedumbre. Si vemos a alguien volcar su vida en el cuidado de una criatura, quizás deberíamos preguntarnos qué soledades habita esa persona o qué consuelo encuentra en esa fidelidad silenciosa que nosotros, como hermanos, tal vez no hemos sabido darle.

Dios se sirve de lo pequeño para sanar lo grande. Y en el lametazo de un perro o la compañía de un gato, muchas veces se esconde una caricia de Dios para quien no tiene a nadie más que le acaricie el alma. Amemos a las personas por encima de todo, sí, pero permitamos que el amor a los animales sea ese lugar donde el ser humano aprenda, de nuevo, a ser profundamente humano.

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