¿Qué es para muchos la liturgia? En el trasfondo de esta catequesis se puede ver el deseo de contrarrestar ciertas tendencias, como vivir la liturgia casi como espectáculo sociocultural o, por otro lado, como una devoción puramente individual, un tanto desconectada de la vida cotidiana; sin valorar adecuadamente la Palabra de Dios que ahí nos interpela y la fuerza de la oración pública de la Iglesia, que asume todo lo nuestro y nos educa, y pide ser preparada y vivida adecuadamente…, porque todo eso es la liturgia.
La liturgia es la Iglesia en oración
La constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium (SC),fue el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II. No se trataba simplemente, observa León XIV, de reformar los ritos, sino de ayudar a contemplar y profundizar en el vínculo vivo que constituye a la Iglesia y la une: el misterio de Cristo. Es decir, en la comunión con Él y con su salvación redentora por medio de la Iglesia, según el plan de la salvación (cfr. Ef 3, 3-6).
En la liturgia Cristo ejerce su sacerdocio. Como enseña el Concilio, se hace presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cfr. SC, 7). Y así puede afirmar san Agustín (cfr. Serm., 277) que, al celebrar la Eucaristía, la Iglesia “recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe”: se convierte en el Cuerpo de Cristo, “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22). Por todo ello se comprende que la liturgia sea “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza" (SC, 10).
"Esto significa –señala el Papa en ese contexto durante su primera audiencia sobre la Sacrosanctum Concilium, el 20 de mayo– que (la liturgia) está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en ‘sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”, realizando nuestro “culto espiritual’ (Rom 12,1)”.
La reforma de la liturgia, entre tradición y desarrollo
Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia dispensados por la sagrada liturgia, la Sacrosanctum Concilium indica claramente la dirección a seguir: “Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso" (SC 23). A este propósito, y tocando un tema sensible para muchos– en la audiencia general del 27 de mayo, León XIV citaba unas palabras de Benedicto XVI:
“No pocas veces se contrapone de manera torpe tradición y progreso. En realidad, los dos conceptos se integran: la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso. Es como decir que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia la desembocadura” (Benedicto XVI, Discurso 6-V-2011).
El Concilio, constata el Papa Prevost, confirmó la legitimidad de este proceso y su necesidad para alimentar la vida de los fieles e impulsar la evangelización. Este es el trasfondo de la reforma litúrgica que deseaba el Vaticano II, con la prudencia requerida para no desorientar a los fieles. Y concluye apelando concretamente a los sacerdotes para que sean fieles a los ordenamientos litúrgicos.
La escuela litúrgica y el camino de la belleza
El miércoles siguiente (cfr. Audiencia general, 3-VI-2026), se detuvo en algunos elementos de la liturgia (ritos, signos y símbolos), para mostrar que no se trata de ceremonias arbitrarias sino de una mediación eclesial a través de la que nos llega el don divino.
El rito litúrgico es educador de nuestra sensibilidad espiritual para poder saborear lo que ahí acontece. Para esto es necesario que participemos con todo nuestro ser –cuerpo, mente y corazón– en la celebración litúrgica; y así descubriremos que somos comunión eclesial, reunida por la misma fe.
En contraste con las tendencias individualistas a la espontaneidad y con el activismo frenético típico de nuestro tiempo, “en el rito experimentamos una lógica de gratuidad, encontramos un descanso que regenera el corazón, reconocemos que nos precede la gracia divina, aprendemos a vivir a un ritmo habitado por el Espíritu Santo".
"Potrzebujemy –propone León XIV– dejarnos educar por los ritos de la liturgia, cuidando con delicadeza y sin arbitrariedad la belleza de nuestras celebraciones y comprometiéndonos con una auténtica mistagogía. La experiencia de una liturgia viva y devota, acompañada por una oportuna catequesis mistagógica, es el mejor recurso para volver a despertar en todos esa apertura al encuentro con Dios que, en la lógica de la encarnación, solo puede tener lugar involucrando a todo el hombre: espíritu, alma y cuerpo”.
El misterio eucarístico, centro de la liturgia
Al recibir a Cristo en su Palabra y en la Eucaristía –enseña León XIV– nos convertimos en lo que recibimos. “Nos convertimos en el Cuerpo cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre (cfr. Col 1, 18), el cual nos prepara un lugar en los cielos (cfr. Jn 14, 3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el Pan del camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en el que “Dios sea todo en todo” (1 Cor 15, 28)” (Audiencia general 24-VI-2026).
Así –continúa su explicación–, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo de vida de Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo. Entramos en la dinámica de la unidad, como poderoso antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo, nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro corazón.
Esto se desarrolla en las dos partes de la Misa, íntimamente unidas: la liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística. La Palabra nos nutre y alimenta junto al Pan eucarístico “y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo".
Después, la liturgia eucarística recoge la institución de la Eucaristía, donde se perpetúa y actualiza (“memorial”) el sacrificio de la Cruz y su Resurrección.
La liturgia, oración de la Iglesia
La Eucaristía, y más en general la oración litúrgica, tiene una dimensión eclesial (cfr. Audiencia general 5-VIII-2026). Esto se debe a la acción del Espíritu Santo, que es principio de unidad y de vida en la Iglesia y en los cristianos. También por eso decía san Pablo VI que “la liturgia es la primera fuente de la vida divina que se nos comunica, la primera escuela de nuestra vida espiritual” (Discurso 4-XII-1963). Observa León XIV que en la constitución conciliar “la liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, “el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo” (SC, 5), al que podemos responder “por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo”, es decir, gracias a la “la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre” (SC, 84)".
Por ello, añade el Papa, “Święty Paweł VIdeseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas,es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios” (cfr. Const. ap. Laudis canticum).
El año litúrgico, actualización pedagógica del misterio de Cristo
La audiencia general del 12 de agosto se dedicó al año litúrgico. En ella el Papa citó unas palabras de Pío XII: “El año litúrgico no es una representación de hechos del pasado, sino que es Cristo mismo, que nos quiere hacer participar de sus misterios, permanentemente presentes y operantes" (enc. Mediator Dei, 205). En la síntesis de León XIV, es “una actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia".
Su fundamento es el domingo, día del Señor, día de la Iglesia, día del hombre y, por último, “el día de los días” (cfr. san Juan Pablo II, Carta Ap. Dies Domini, 1998). Un día que estamos llamados a santificar con la celebración de la Eucaristía, reunidos de manera presencial en asamblea, atentos a la escucha de la Palabra y participando de la comunión del Cuerpo de Cristo.
El año litúrgico, concluye el obispo de Roma, propone de forma sacramental (a través de signos adecuados al tiempo) la pedagogía de la historia de la salvación, permitiendo a los creyentes participar en el misterio de Cristo cada vez más profundamente. Por eso, “el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral".
La música sagrada
La semana siguiente, el Papa se detuvo en la música sagrada (cfr. Audiencia general, 12-VIII-2026).
Na stronie Sacrosanctum Concilium confirma y profundiza la función ministerial de la música en la liturgia, ya resaltada por san Pío X. “W rzeczywistości –señala León XIV–, la música forma parte de la acción litúrgica, y no es un mero adorno de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, sintonizando el propio corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios, en la participación activa en el misterio celebrado".
De ahí las exigencias de adecuación de la música sagrada a cada momento de la celebración, la participación del pueblo de Dios y la inculturación, la calidad y selección, tanto de la música como de los textos, de modo que ayuden a la oración como “ley” de la fe. De ahí también la importancia del canto gregoriano y del cuidado del coro (Schola Cantorum), de la formación litúrgica en los seminarios, noviciados y escuelas católicas, así como de las personas que se dedican a realizar tan valioso servicio.
Las motivaciones de la reforma litúrgica
Finalmente, concluyó el Papa reflexionando sobre las motivaciones de la reforma litúrgica (cfr. Audiencia general 26-VIII-2026). Ante todo, la necesidad de una participación más consciente y activa de los fieles en la liturgia (cfr. SC 48). Esto supone una renovada conciencia del valor de la liturgia para la relación con Dios y la vida cristiana.
La reforma conciliar quiso hacer resplandecer la liturgia como “la primera fuente de la vida divina que se nos comunica” (san Pablo VI, Alocución 4-XII-1963). “De tal convicción -Papież Leon zauważa nació la exigencia de hacer más accesible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el ordenamiento celebrativo respecto al previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes”. Un ejemplo concreto de todo ello fue proponer la revisión de los libros litúrgicos entonces vigentes, para adaptarlos mejor al presente, teniendo en cuenta con el máximo respeto las tradiciones del pasado.
Una importante enseñanza: “La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos que se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma".
El Papa concluye apelando a la responsabilidad de los pastores para cuidar la liturgia, manifestando su “noble sencillez”.
"Una liturgia de este tipo será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros" (por. SC 48).





