El largo artículo de Financial Times «Why birth rates are falling everywhere all at once» ha causado un gran revuelo en las redes, con millones de visualizaciones de los post referenciándolo solo en X. La tesis central del artículo es que los smartphones y las redes sociales podrían ser uno de los factores o el factor clave de la caída global de la fertilidad.
El artículo plantea que la caída global de la natalidad no puede explicarse solo por factores económicos (vivienda, salarios, coste de vida o educación), porque el descenso se está produciendo simultáneamente en países ricos, emergentes y pobres, sino que ha sido provocada por el profundo cambio de hábitos sociales que han traído los smartphones.
Es una hipótesis interesante, pero en mi opinión equivocada en lo esencial. La caída de la tasa de fertilidad total (tasa de fecundidad, en español) comenzó mucho antes, como se puede comprobar en los gráficos adjuntos.
Las mayores tasas de fertilidad están correlacionadas con una elevada mortalidad infantil. Mientras que la tasa de fertilidad total tiene en cuenta todos los nacimientos, la tasa de fertilidad “efectiva” considera cuántos hijos por mujer se espera que sobrevivan hasta la edad fértil. Dicha tasa de fertilidad efectiva ha sido estimada principalmente por los economistas Anup Malani y Ari Jacob, de la Universidad de Chicago. De acuerdo con esta nueva tasa de fertilidad efectiva, la caída de la natalidad a nivel mundial no ha sido tan dramática como lo que muestra la curva de la tasa de fertilidad total desde los años 60. Pero en 2023 se encontraba en torno de los 2,1 hijos por mujer a nivel global, por lo que es probable que en breve la tasa de fertilidad efectiva del mundo quede ya por debajo de la tasa de reposición.
Tiene que haber algún factor muy anterior a los smartphones y más poderoso que haya provocado esta caída de las tasas de fertilidad en muchos países desde hace unos sesenta años. Habitualmente se argumenta que ese factor ha sido la revolución sexual de los 60/70 y, específicamente, la liberación de la mujer y la adopción masiva de la píldora anticonceptiva. Pero el uso de la píldora no puede ser una causa, sino una consecuencia.
La principal razón
Mi tesis es que la principal razón por la que un gran porcentaje de la población ha dejado de “querer” tener hijos y ha comenzado a usar de forma generalizada los anticonceptivos es la secularización y la pérdida de fe en un Dios creador y protector y en el sentido trascendente de la vida. Esto está en línea con las grandes encuestas y estudios sociológicos a nivel mundial, como veremos a continuación.
Independientemente de que la paternidad responsable debe orientar a los matrimonios, una sociedad que trata a los hijos cada vez más como un lastre económico o una carga para el medio ambiente ha perdido la confianza en su propio futuro. Esta es la característica más preocupante de nuestra era, también desde el punto de vista económico.
Históricamente, la fe en Dios y en la trascendencia daba a la procreación un significado que superaba el coste individual — el hijo como don, como misión, como participación en la creación, como continuidad de algo que trasciende a uno mismo. Sin ese marco de sentido profundo, el cálculo coste-beneficio racional siempre va a perder frente a la comodidad, la libertad o el proyecto personal.
La píldora, los smartphones, el coste de la vivienda o el cambio de hábitos sociales pueden agravar el problema en los márgenes, pero no pueden ser su causa profunda. Son irrelevantes si el problema de fondo es que cada vez menos gente tiene un horizonte de sentido y propósito que justifique el sacrificio de tener hijos.
Es importante resaltar que el artículo de Financial Times no afirma categóricamente que los smartphones sean la única causa ni que esté demostrado de forma definitiva, sino que lo plantea como una hipótesis cada vez más estudiada y respaldada por correlaciones internacionales y cambios en la forma en que los jóvenes se relacionan.
- Menos interacción presencial.
- Menos formación de parejas.
- Más aislamiento social.
- Expectativas más irreales sobre relaciones.
- Creciente división ideológica entre hombres y mujeres.
Disminución práctica religiosa
Cita entre otros al economista español Jesús Fernández-Villaverde, profesor de Economía en la Universidad de Pensilvania e investigador destacado en el ámbito de las consecuencias del cambio demográfico, que lleva tiempo alertando de que “la caída de la fertilidad es la gran cuestión de nuestro tiempo”, no solo sociológica, sino económicamente.
También cita distintos estudios como el de Nathan Hudson y Hernan Moscoso-Boedo, según el cual las regiones que recibieron antes el internet móvil rápido (≥G4) experimentaron antes y más intensamente la caída de nacimientos.
El artículo sitúa el inicio de la correlación entre los smartphones y el punto de inflexión de la tasa de fertilidad aproximadamente a partir de 2007-2010, con la adopción masiva de smartphones (medida mediante búsquedas relacionadas con apps móviles).
Sin embargo, como digo, este diagnóstico no concuerda con las series largas estadísticas. Tras la segunda guerra mundial la fertilidad (entendida como número de hijos por mujer) era relativamente estable a nivel global, subiendo hasta los años 60. A partir de los años 60/70/80 en muchos países comienza su fuerte caída.
Hay numerosas evidencias sociológicas de que precisamente desde los años 70/80 —especialmente en los países ricos, Europa, América del Norte, Asia oriental y parte de América Latina—, en paralelo con esa caída abrupta de la tasa de fertilidad, comenzó a disminuir la práctica religiosa, la afiliación religiosa, la idea de que la religión es central para el sentido de la vida, y la fe en Dios y la creencia en la transcendencia profunda de la vida. Todo ello mucho antes del uso generalizado de internet y por supuesto mucho antes de los smartphones.
Esta caída del sentido trascendente no es uniforme a nivel global (en África subsahariana siguen siendo muy religiosos), pero la tendencia general desde hace ~60/50 años en sociedades desarrolladas y urbanizadas es claramente hacia una fuerte secularización de la sociedad (entendida no como separación entre Iglesia y Estado, sino como el proceso por el cual la religión pierde influencia en general en las distintas esferas de la vida personal y social).
Encuestas y estudios
Las encuestas y estudios sociológicos más importantes que avalan esto son:
Por ejemplo, según Gallup y Pew, en EEUU en 1999 el 70 % de estadounidenses pertenecían a una iglesia/sinagoga/mezquita. Hoy es menos del 50 %. Los que se declaran “sin afiliación religiosa” pasaron del 5 % en los años 70/80 a más del 30 % actualmente. También ha caído la proporción que dice que “la religión es muy importante en mi vida”, o que “cree con certeza en Dios y en la trascendencia”.
Pew documenta que en muchos países, incluidos los otrora fuertemente católicos como España, Italia, Polonia o muchos países de América Latina, las generaciones jóvenes son radicalmente menos religiosas que las mayores.
A nivel global aún hay mayoría creyente, pero no entre las generaciones jóvenes. El mundo no se ha vuelto “ateo” de la noche a la mañana, pero sí mucho más secular y agnóstico en muchos lugares y segmentos de la sociedad. Especialmente los jóvenes de países ricos o de grandes urbes son sistemáticamente menos creyentes.
Asia oriental (Japón, Corea del Sur, China urbana) es desde hace años especialmente secular. África subsahariana y algunos países del sur de Asia siguen siendo religiosos.
Espiritualidad difusa
La gran transición sociológica es que se ha pasado de “religión organizada” a una “espiritualidad difusa”. Muchos estudios detectan algo importante: No siempre desaparece el sentido de “trascendencia”, sino que lo que se ha diluido es la religión tradicional e institucional. Es decir: menos fe, menos iglesias, menos dogma, menos práctica regular, y en general menos compromiso.
Pero esos estudios muestran que muchas personas todavía mantienen creencias en “algo más allá de lo material”, en la astrología, en la energía o en la espiritualidad individual. La creencia en la transcendencia sigue existiendo, pero es mucho más ambigua y sin una base clara.
Pew 2025 indica precisamente eso: muchas personas no religiosas siguen creyendo en “algo espiritual más allá de lo que podemos ver y tocar”, pero de una forma muy débil que no los lleva a tener una esperanza fundada. Y por supuesto no los lleva a tener más hijos.
Los smartphones llegaron a una sociedad que ya había perdido el sentido trascendente y aceleraron los síntomas (aislamiento, pornografía, comparación constante). Pero diagnosticar la causa en la tecnología es confundir el acelerador con el motor.
El gran reto demográfico de nuestra era, “la gran cuestión de nuestro tiempo”, no se resuelve con más subsidios o menos pantallas. Requiere recuperar un horizonte de sentido convincente, que haga que tener hijos valga la pena. La historia demuestra que las sociedades que olvidan el porqué de ese sacrificio acaban desapareciendo, cultural y literalmente.
El uso generalizado de los anticonceptivos, los smartphones, las redes sociales, la caída de relaciones presenciales, la creencia en el cambio climático antropogénico apocalíptico y que el mundo está superpoblado son solo consecuencias del proceso de secularización y pérdida de esperanza y fe en un Dios creador y protector (para los cristianos, la pérdida de fe en un Dios padre que nos quiere con locura).
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