El mundo necesita el testimonio de los creyentes, no su aprobación

El libro "De la cristiandad a la misión apostólica" reflexiona sobre la Iglesia en un mundo que ya no es “cristiandad”. Frente a la nostalgia o la lógica del éxito, propone volver al centro de la fe: el testimonio de Jesucristo crucificado y el encuentro vivo con Dios en un contexto descristianizado.

6 de maj de 2026-Czas czytania: 2 minuty
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De la cristiandad a la misión apostólica es uno de los libros ensayísticos más interesantes de entre los publicados en los últimos años. Este volumen, obra de la Universidad de Mary y editado en castellano por Rialp, recoge una incisiva y profunda reflexión sobre la identidad de la Iglesia y su “estar en el mundo” hoy. Un mundo caracterizado por una realidad innegable: “que somos cristianos de época pagana”. Una característica especialmente visible en lo que conocemos como Occidente, nuestra sociedad que, en algún momento se enmarcó cultural, social, y políticamente incluso, en la cristiandad, hoy no lo está. 

La realidad es esta y, los cristianos de hoy no hemos de añorar “aquellos tiempos”. La cristiandad no es sinónimo de mayor testimonio de vida cristiana en los fieles, ni de más santidad en sus estructuras, ni siquiera de más éxito en su misión apostólica. “Éxito” es un concepto difícilmente compatible con los tiempos y modos de Dios y, por ende, de su Iglesia. 

Desde los inicios de la misión apostólica, los cristianos hemos tenido claro (al menos de manera teórica) que predicamos “a Jesucristo, y este crucificado” (1 Corintios 2, 2). Crucificado, fracasado humanamente, sólo, con apenas una decena de seguidores algo cobardes. 

Sí, en el papel esta premisa se sostiene, pero nuestra mentalidad occidental está impregnada, a menudo, de la falacia de considerar que el valor clave es el éxito, los números, como si la aprobación del mundo llevara consigo la conversión. Como señala Charles J. Chaput en Cudzoziemcy na obcej ziemi, la búsqueda de la aprobación mundana lleva a acomodar la vida cristiana: “reducir la belleza de las verdades cristianas acerca del matrimonio, la sexualidad y otros asuntos incómodos, a una serie de ideales atractivos…”. Y concluye que “lo que el mundo necesita de los creyentes es que den testimonio de amor y verdad, no su aprobación”. Vivir la vida de fe con la idea subyacente de que, en realidad, es un ideal imposible termina por debilitarla, sustituyendo los mandamientos y bienaventuranzas por valores, y la moral por el consenso. 

Retomando otra de las ideas centrales del volumen citado al inicio: “Ante un mundo descreído, la actitud fundamental de la Iglesia no consiste en imponer la ley —dando por sentado el conocimiento de su existencia y de sus fines—, sino invitar, con una actitud misericordiosa y esperanzada, a una relación con el Dios vivo y a incorporarse a la nueva humanidad, a un modo de ser y a una visión completamente nuevas que liberan y aportan sentido y felicidad”. Encontrar a Dios vivo para ofrecerlo a los otros con libertad. 

¿Volveremos a la cristiandad? No es posible adivinarlo y, en cierto modo, tampoco sería justo, puesto que el mundo no es el mismo hoy que ayer. Si algo comparten la cristiandad y el mundo pagano es que, quienes realmente revolucionan la Iglesia y la hacen más vibrante, más fuerte, más limpia y más fecunda, son los santos.

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