Evangelización

Rod Dreher: de la arrogancia intelectual a la fe encarnada

Rod Dreher, escritor americano, reflexiona sobre su recorrido vital, su amistad con J.D. Vance y la necesidad de recuperar una fe vivida, no solo intelectual

Inmaculada Sancho·26 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
Rod Dreher

Rob Dreher

Rod Dreher no habla de la fe desde la comodidad. Periodista y escritor americano afincado en Europa, autor de tres “bestsellers” en el New York Times, ha pagado un precio alto por sus convicciones: una crisis que sacudió sus cimientos, un matrimonio roto, el distanciamiento de su familia. Su último libro, “Vivir en el asombro”, del que hablaba en la entrevista publicada por Omnes, es el intento de quien ha perdido mucho de encontrar a Dios en lo que queda. Entre sus interlocutores más cercanos está J.D. Vance, el vicepresidente americano quien entró en la Iglesia Católica gracias, entre otros, al propio Dreher.

Rod Dreher aprendió a diferenciar el pensar en Dios de tener un verdadero encuentro con Él tras perder la capacidad de creer en la fe católica. Cuenta a Omnes que cuando empezó a interesarse por el catolicismo, en 1991, trabajaba como periodista en Louisiana. Una compañera de más edad le animó a trabajar como voluntario en el comedor de las Misioneras de la Caridad: la obra de la Madre Teresa. Aceptó y, aunque no era lo que él esperaba, se puso el delantal y comenzó a fregar ollas y pelar patatas: “Recuerdo que pensé: soy un intelectual; mi tiempo estaría mejor empleado leyendo libros de teología. Nunca volví al comedor”.

Muchos años después, con su fe católica en ruinas, se preguntó si no habría sido más sólida su fe de haber dedicado al comedor tanto tiempo como a los libros de teología: “Fue una lección importante sobre la trampa de vivir demasiado en la cabeza. No creo que haya nada malo en leer teología —es importante conocer la fe—, pero hay otras formas de conocer”, asegura. “Puedes conocerla intelectualmente, que es importante, pero creo que la religión no se trata fundamentalmente de un concepto sino de una percepción: lo que aprendemos a través de los sentidos. Por eso la liturgia es tan importante. Por eso las devociones son tan importantes. Trabajar en un comedor o encarnar la fe en el cuerpo es más importante que vivirla solo en la cabeza. Ambas cosas importan, pero una importa más que la otra. Porque cuando vives la fe en el cuerpo, la historia sagrada y la religión penetran hasta los huesos de una manera que no ocurre mientras te quedas en la abstracción intelectual”, sostiene.

A los jóvenes que dicen ser cristianos pero viven como si no lo fueran, no les da opción: “No se pueden tener las dos cosas a la vez. O Cristo es el Señor de tu vida, o no lo es. No hay término medio”. Él mismo quiso rebelarse contra este pensamiento en sus años universitarios, cuando quiso poner condiciones a Dios —entre ellas, que le permitiese vivir su libertad sexual—, hasta que comprendió la contradicción. Se convirtió formalmente al catolicismo en 1993 y abrazó una vida de castidad: “Es muy difícil tener poco más de veinte años en Washington y de repente ser casto. Pero supe que ese era el precio de seguir a Jesús”. Añade: “No os mintáis a vosotros mismos. O estáis con Cristo, o no lo estáis. Pero al mismo tiempo, no es solo un mensaje duro: hay una vida en Cristo que el mundo no puede ofreceros. Y cuanto más muráis a vosotros mismos —yendo a confesaros, a Misa, intentando vivir una vida cristiana en todos los ámbitos—, más cambiará la manera en que os veis a vosotros mismos y al mundo. Empezaréis a ver el gran don que es la fe. Y es infinitamente más poderoso que lo que el mundo ofrece”.

Crisis de fe

Dreher describe su paso del metodismo al catolicismo y luego a la ortodoxia oriental como un proceso de desaprender el hábito de intelectualizar a Dios. Durante años fue un católico convencido: conocía la doctrina a fondo y creía que, mientras tuviera los dogmas claros en la cabeza, su fe era inexpugnable. Pero no resultó así. Nueve años después de su conversión, empezó a investigar el escándalo de los abusos sexuales en la Iglesia americana. Un sacerdote que le ayudó en esa investigación le advirtió desde el principio: “Rod, veo que eres un católico serio. Quiero advertirte: si sigues por este camino de investigación, te llevará a lugares más oscuros de lo que imaginas”. Dreher respondió que sentía que debía hacerlo para que las víctimas obtuvieran justicia. El sacerdote le dijo: “Bien. Te ayudaré en todo lo que pueda, pero prepárate”.

No estaba preparado. El caso que más le marcó fue el del cardenal McCarrick, a quien Juan Pablo II puso al frente de la lucha de los obispos americanos contra los abusos. Dreher sabía desde 2002 que el propio McCarrick era un abusador de seminaristas, pero sin declaraciones públicas ni documentos no podía publicarlo: “Tenía que soportar ver a McCarrick aparecer en televisión diciendo: ‘Estamos tan conmocionados por lo que está pasando, nos entristece tanto’, sabiendo que él lo era. De hecho, su abogado llamó a mi editor para pedirle que detuviera mi investigación. Tuve que llevar en mi interior, como católico, el peso de saber que era un mentiroso mientras todos le creían. Vi esa actitud en tantísimos obispos de aquella época: les importaba más proteger la imagen de la institución que a las víctimas y sus familias. Vi familias arruinadas por los juicios. La Iglesia ponía abogados a trabajar para hundir a esas víctimas”.

Con todo, Dreher reconoce que no toda la Iglesia miraba para otro lado. Está de acuerdo en que el Papa Benedicto XVI hizo mucho por enfrentarse a esos escándalos: “Sí, lo hizo. Amo a Benedicto. Y aunque años después, la Iglesia expulsó a McCarrick del estado clerical, lo que yo había visto y aprendido fue simplemente devastador. Es como si coges una sartén de hierro con las manos desnudas sobre el fuego: al final tienes que soltarla. Y eso fue lo que me pasó”.

En su caso intentó salir de la crisis intelectualmente, leyendo libros sobre el catolicismo y la autoridad papal, luego libros ortodoxos, sin poder decidirse. Entonces, un día, en oración, llegó a una certeza que lo cambiaría todo: “Si alguno de nosotros se salva, es porque tiene una relación transformadora con Jesucristo. La verdad no son proposiciones; la verdad es ese hombre encarnado, Dios hecho carne”. Y le dijo al Señor: “No sé si estoy tomando la decisión correcta al hacerme ortodoxo, pero si me equivoco, ten misericordia de mí, porque no puedo encontrarte en la Iglesia católica. No porque Cristo no esté en la Iglesia católica —creo que está, incluso hoy—, sino por mi propia fragilidad y por la de la Iglesia en aquel momento. Había un muro”, explica.

En la ortodoxia admite que encontró un camino más místico, más cercano al cuerpo y a la oración. Y una lección de humildad que no esperaba: “Como católico había sido intelectualmente arrogante. Eso es culpa mía, no de la Iglesia. Fue una gran gracia que Dios me quebrara en esa arrogancia. Ahora amo la ortodoxia, pero veo mi trabajo como un intento de ayudar a todos los cristianos —católicos, protestantes y ortodoxos— a conocer y amar más a Jesús. Tenemos mucho más en común de cara al mundo poscristiano que lo que nos separa”. Lo aprendió estudiando a los cristianos encarcelados por los comunistas: cuando llegaban a prisión, comprendían que no estaban allí por ser católicos u ortodoxos, sino por confesar a Jesucristo.

Fe y política

Hay una historia que Dreher cuenta con una mezcla de afecto y preocupación. Fue él quien buscó al sacerdote que instruyó al vicepresidente J.D. Vance en la fe católica. Le conoce bien. Y precisamente por eso reza por él: “Le conozco lo suficiente como para saber que se toma la fe en serio, y debe estar atormentado por dentro por lo que está ocurriendo. Ningún vicepresidente puede ir nunca contra el presidente. Pero creo que, en última instancia, las personas tienen que elegir, y deben elegir la fe por encima del poder mundano”.

El pasado noviembre, Dreher estuvo en casa de Vance. En aquel momento, el antisemitismo y el racismo crecían entre algunos “influencers” de la derecha americana —un sector que odia a Vance precisamente porque se casó con una mujer de origen indio—. Dreher le suplicó directamente: “Como amigo mío, como hermano en Cristo, eres católico: tienes que pronunciarte contra esto”. Todavía no lo ha hecho. “No creo que haya nada racista ni antisemita en J.D. Vance, pero creo que le preocupa su futuro político. Recuerdo cuando tuvo un desacuerdo con el Papa Francisco sobre la migración: discrepó con el Santo Padre, pero lo hizo con inteligencia, usando argumentos de san Agustín, de manera respetuosa. Trump no tiene respeto por el Papa ni por nadie. Y por eso creo que debe ser muy doloroso para J.D. vivir con esa tensión”. Solo puede esperar y rezar, concluye, para que comprenda que su lealtad primera es hacia Jesucristo: “Al final, como dice la Biblia, no se puede servir a dos señores”.

El autorInmaculada Sancho

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