Cuando el arte incomoda a la fe

Cada obra de arte pone algo delante de nuestros ojos. Lo que descubre depende menos de la obra que del corazón de quien la contempla.

4 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos
Vigilia

Final de la Vigilia de los jóvenes con el Papa León XIV en Madrid (OSV News photo / Mohammed Salem, Reuters)

La representación de “Godspell” durante la vigilia con el Papa León XIV en Madrid dejó una pregunta flotando entre los aplausos y las críticas. ¿Qué fue lo que realmente incomodó? ¿El musical, su estética, su lenguaje o el hecho de que el Evangelio apareciera vestido de una forma que algunos no esperaban?

La polémica no era nueva. Cambiaban los protagonistas; la reacción humana era la misma.

Norman Rockwell parecía haber anticipado esa reacción décadas antes. En una de sus pinturas enfrentó un retrato clásico de John Singer Sargent con otro abstracto de Picasso. Frente a ellos situó a tres espectadoras. Una madre y su niña que se corresponden con el retrato figurativo de Sargent. La tercera, de espaldas, dirige toda su atención al Picasso. Cada una permanece frente a la obra en la que se reconoce. Ninguna parece sentir curiosidad por la otra.

Rockwell no pinta un conflicto entre estilos artísticos; pinta la facilidad con la que buscamos aquello que confirma nuestra manera de entender el mundo. Contrapone dos maneras de mirar. La que busca confirmar lo que ya conoce y la que acepta permanecer ante aquello que todavía no comprende.

Saber mirar

Mirar no consiste únicamente en dirigir los ojos hacia algo. Mirar implica conceder tiempo, suspender el juicio y permitir que aquello que tenemos delante nos transforme. Cuando renunciamos a esa posibilidad, dejamos de encontrarnos con la obra, con la persona o con el Evangelio. Solo nos encontramos con nuestras propias expectativas.

El lema de la visita del Papa León XIV a Madrid era “Alza la mirada”. La expresión invita a dirigir los ojos hacia Cristo, pero también a revisar la forma en que contemplamos la realidad. Porque alzar la mirada no consiste solo en mirar más arriba. También supone mirar más allá de nuestras categorías, de nuestros prejuicios y de aquello que esperamos encontrar.

Eso fue precisamente lo que Rockwell pintó. Tres personas observando las mismas obras, pero incapaces de ver lo mismo. Quizá no pintó un museo. Pintó una vigilia. No porque anticipara un musical concreto, sino porque comprendió que toda propuesta verdaderamente nueva obliga a elegir entre dos actitudes: proteger nuestras certezas o dejar que la realidad amplíe nuestra mirada. También cuando esa realidad llega con acento de gospel.

Los lenguajes

Durante la vigilia, “Godspell” ocupó el lugar del Picasso de Rockwell. No porque ambos sean comparables como obras, sino porque despertaron una pregunta semejante. Algunos permanecieron delante con curiosidad; otros reaccionaron con recelo antes incluso de dejarse interpelar.

Mientras unas personas se sintieron cómodas con la música pop, el rock y las baladas y vieron en ellas creatividad, alegría y una nueva forma de anunciar el Evangelio, otras vieron una ruptura con aquello que consideran propio del ámbito religioso.

No era la primera vez que este rechazo ocurría con el gospel. Cuando Thomas A. Dorsey comenzó a incorporar el blues y el jazz a la música cristiana, muchos consideraron que aquellos ritmos no tenían cabida en el culto. Hoy resulta difícil entender la historia del gospel sin aquella ruptura inicial. Cada generación parece necesitar recordar que el Evangelio permanece, mientras sus lenguajes pueden renovarse.

La vigilia reprodujo, de algún modo, la escena de Rockwell. Cada uno encontró un lenguaje en el que reconocerse. La pregunta es cuántos nos acercamos también al lenguaje que no era el nuestro. El propio Evangelio está lleno de sorpresas que descolocan a quienes creen saber de antemano cómo debe actuar Dios.

Dejarnos sorprender

Cada obra de arte pone algo delante de nuestros ojos. Lo que descubre depende menos de la obra que del corazón de quien la contempla.

Quizá la pregunta que dejó “Godspell” no sea si aquel musical tenía cabida en el programa de una vigilia. La pregunta más bien podría ser ¿seguimos siendo capaces de alzar la mirada antes de juzgar? Porque solo quien acepta mirar de verdad puede dejarse sorprender por el Evangelio.

El autorPeca Macher

Peca Macher es arquitecta y curadora de arte, fundadora de Präsenz, un proyecto que integra arte, educación y liderazgo consciente a través de la pausa, la mirada y la escucha. Con más de 25 años de experiencia en gestión y reflexión cultural, escribe e investiga sobre memoria, experiencia estética y el arte como herramienta de transformación personal y social. Es autora del libro Präsenz. El arte como herramienta de transformación humana y educativa.

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