Evangelización

Ángel Barahona: «la comunidad es fundamental para vivir la fe»

Ángel Barahona, autor de numerosas publicaciones sobre la familia, el amor y temas antropológicos y teológicos, comparte su visión sobre el carisma del Camino Neocatecumenal y reflexiona sobre los frutos que, tras 60 años, siguen transformando comunidades en todo el mundo.

Teresa Aguado Peña·12 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
Ángel Barahona

Ángel Barahona

Este año cumple seis décadas de historia el Camino Neocatecumenal, un itinerario de iniciación cristiana que nació en las humildes chabolas de Palomeras Altas, en Madrid, donde Kiko Argüello y Carmen Hernández comenzaron a compartir el Evangelio con los más pobres, siguiendo el ejemplo de la vida oculta de Jesús en Nazaret. Concebido como un camino de redescubrimiento del Bautismo, se fundamenta en tres pilares: la Palabra, la Liturgia y la Comunidad. Hoy, se extiende a más de 6.250 parroquias en 1.400 diócesis de todo el mundo, formando más de 20.000 comunidades que viven y testifican la fe cristiana.

En este contexto, hablamos con Ángel J. Barahona Plaza (1957), doctor en Filosofía, licenciado en Ciencias de la Educación y en Teología Dogmática, director del Departamento de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria e investigador principal del Grupo internacional de investigación Violencia y religión. Barahona es autor de numerosas publicaciones sobre la familia, el amor y la violencia, temas antropológicos y teológicos. En esta entrevista, comparte su visión sobre el carisma del Camino Neocatecumenal, que él conoció en una parroquia de carmelitas descalzos de Castellón, y reflexiona sobre los frutos que, tras 60 años, siguen transformando comunidades en todo el mundo.

¿Cómo describiría el carisma específico del Camino Neocatecumenal a alguien que solo lo conoce “desde fuera”?

– Es una iniciación cristiana de adultos que quiere recuperar el bautismo en el ámbito parroquial para aquellos que han dejado la semilla sin regar desde que lo recibieron, o que no lo han recibido todavía. Muchas veces se quedó en un mero rito social de pertenencia a una cultura, pero al no haber recibido una formación adecuada en el tiempo perdió la capacidad de hacerlo vital y existencialmente determinante. El Camino pretende que “ser bautizado” abarque e implique toda nuestra existencia, en todos y cada uno de los momentos y espacios en los que nos movemos.

En una sociedad cada vez más individualista, el Camino apuesta por la comunidad. Cuéntenos su experiencia respecto a esta forma de vivir la fe, en pequeños grupos.

– La vida de comunidad es un modelo arraigado desde el primer momento del cristianismo. Cristo elige a personas concretas pero las inserta en un Camino (así llamaban, dicen los Hechos de los apóstoles, a los cristianos: la gente del camino) en el que se pueda vivir la fe compartida comunitariamente. El poder de seducción que ejercía el cristianismo en el Imperio romano, en el que cada cual trataba de sobrevivir a un mundo hostil, individualista y lleno de injusticas era el “miradlos cómo se aman”. Y eso de amarse no se experimenta en unas relaciones narcisistas y auto referenciales, o abstractas, sino en una relación real, donde se aprende a amar la libertad del otro, a aceptarle a pesar de sus pecados -conociéndose uno a sí mismo-. Un pequeño grupo donde el roce, la singularidad de cada uno hace difícil el idealismo. Es la forma de reconocerse a sí mismo pecador, en la imposibilidad de amar al otro como Dios lo hizo.

Siempre queremos cambiar a los que nos rodean -hijos, cónyuge, familiares, compañeros, amigos- porque no los aceptamos como son, por eso cuando el otro se convierte en una cruz, salimos corriendo. Cuando el otro nos dice lo que no queremos oír nos separamos de él. Amar al otro como es, es reproducir lo que Cristo ha hecho con nosotros. Obviamente eso no se consigue por autoconvencimiento, ni por voluntad moral, sino poniendo en el centro de la vida cotidiana la Palabra de Dios y la celebración comunitaria de los sacramentos. Dejarse denunciar por la Palabra, pedir al sacerdote el perdón de los pecados, empezar todos los días de nuevo. Es absolutamente milagroso y sobrenatural vivir en una comunidad en la que empecé hace 50 años y que me van a enterrar cantando, o los voy a enterrar (de lo cual ya he tenido bastantes experiencias), pues soy el más joven de la primera comunidad de una parroquia en la que ya hay 18 comunidades.

En el Camino, el catequista tiene un papel muy presente. ¿Qué es exactamente un catequista neocatecumenal? 

– Simplemente alguien que como un explorador de caravanas por el desierto ha pasado antes por el camino que aquellos otros a los que acompaña, van a pasar. El catequista tiene su propia comunidad, ha vivido un tiempo antes lo que los otros van a vivir. Aunque sus profesiones son variadísimas su formación teológica es densa. Los elige la propia comunidad. Desde el primer día en que se empieza a caminar la comunidad empieza a frecuentar la Palabra, que se prepara en grupos leyendo juntos a los Padres, los documentos pontificios, los grandes libros de los santos de la historia de la Iglesia, recorriendo la Escritura de cabo a rabo. Durante los primeros años se escruta la Sagrada Escritura a partir del diccionario teológico de Leon-Dufour, buscando en ella todos los paralelos que este autor va citando y se va leyendo y comentando juntos cada referencia. Lo que llamamos “pasos” son momentos álgidos de la vida comunitaria en la que ponemos en práctica voluntaria y libremente la palabra recibida: sea con lo que llamamos “eco de la palabra” o aterrizaje en la vida propia de lo que dice la Sagrada Escritura, sea con la comunión de bienes, o con la convivencia mensual que expone a los hermanos a la verdad que somos cada uno.

¿Puede un catequista equivocarse? ¿Cómo se corrige eso dentro del Camino?

– Por supuesto. Si los hermanos reciben, siempre en comunidad, una palabra particular, la decisión de aceptarla o rechazarla es suya y de nadie más. Nadie pide cuentas de nada, nadie se ve obligado a nada y nadie le reclama nada. Como en todo grupo humano hay quien esto lo tiene más o menos claro, pero es lo que hemos recibido de Kiko y Carmen: libertad total. Si algo que tú haces no brota del agradecimiento, de tu libre voluntad, siempre decimos que es mejor que no lo hagas. La ley no salva a nadie. Si se propone la doctrina de la Iglesia es para tomarla en serio como pedagogía, no como obligación. Por eso todo se hace en comunidad. Ciertamente puede que haya personas, como en cualquier realidad social o eclesial incluso, que sea más débil o más vulnerable afectivamente, o que se sienta más necesitada de que otros le den instrucciones, pero actuar así no es lo que hemos recibido de nuestros catequistas. Por eso siempre que visitamos una comunidad vamos en equipo para evitar abusos de autoridad o personalismos. El equipo lo componen matrimonios, solteros o solteras, y siempre con un presbítero a la cabeza. Nunca escuchamos a nadie que no lo pida, y nunca solos. Y es la comunidad y el equipo en comunión quienes ratifican la palabra y la predican.

Si tuviera delante a alguien muy crítico con el Camino, ¿qué le gustaría que pudiera entender antes de juzgarlo? 

– Para conocer algo con verdad tenemos que acercarnos desde la ausencia de prejuicios. Cuando adjudicamos etiquetas, con frecuencia, tratamos de ahorrarnos el esfuerzo de buscar la verdad. La vida comunitaria es muy sana, no hay imposiciones, el catequista aparece en contadas ocasiones, el presbítero, la comunidad y el Espíritu Santo son quienes educan en la fe, realmente, porque son los que siempre están ahí: en las celebraciones litúrgicas, en el sacramento de la confesión, en la vida cotidiana. Después le diría que el Espíritu Santo es plural, riquísimo en creatividad, y que no todo el mundo encaja en todo. La santidad no es monolítica ni monocorde… y el único que puede juzgar es Dios o Pedro, en quien depositó la autoridad de guiar su barca. Que vea cómo a lo largo de la historia de la Iglesia se han dado diversos modos y maneras de vivir la fe y que, por tanto, deje que otros tengan su propia experiencia. El Camino está avalado por los estatutos firmados por Benedicto XVI, -la iniciativa partió de san Juan Pablo II- ha sido querido y alentado por todos los papas. Cuando nos corrigen, aceptamos la corrección de Pedro, pues son gestos de amor, como los de un padre hacia sus hijos cuando los ama, porque ningún hijo es perfecto, ni tiene por qué serlo. Todos somos unos pobres pecadores, pero es a través de esta debilidad como el Señor se hace presente y fuerte, para que se vea que es Él quien actúa en vasos de barro. 

Quien se atreve a juzgar puede que piense que sería mejor actuar de otra manera, que el Camino debería adoptar otros modos, o que su perspectiva tendría que convertirse en un criterio universal para definir lo católico o lo que es obra del Espíritu. Pero la praxis secular de la Iglesia nos educa en el discernimiento para saber que no hay solo una manera de ser santo. Lo vemos en la historia: no hay una forma única de vivir la fe.

Pero realmente no tendría mucho sentido que yo se lo dijera, porque podría entrar en una dialéctica de argumentos enfrentados y lo mejor sería invitarle a que lo descubriera por él mismo. Y rezaría por él en secreto para que el Señor le iluminara y dejara actuar al Espíritu en su mente y en su corazón. Como diría Wittgenstein si uno quiere jugar al mus, aunque sean las mismas cartas del tute, tiene que respetar las reglas del mus, no jugar con las del tute. Y “nuestra regla” la ha reconocido y firmado la Santa Iglesia Católica. Y tenemos que respetarla y no cambiarla al antojo de quien puede tener buena voluntad pero no la autoridad conferida por el Señor a Pedro. Pontífice solo hay uno y este ha dicho que el Camino es un itinerario válido para el hombre de hoy. Si no nos gusta esto o lo otro no significa que no sea buenísimo… el único que puede juzgar es Dios.

¿A qué crees que se debe la expansión del camino?

– Porque el hombre es un ser relacional, y la comunidad es fundamental para vivir la fe. La gente necesita saber que Dios le ama, que su vida tiene un sentido. Y la predicación del kerigma es el inicio del camino: llevamos sesenta años proclamando el kerigma y el Siervo de YHWH (Yahveh) cuando apenas se hablaba de ello más que entre teólogos. Del agradecimiento a ese amor recibido y vivido en comunidad brota la disponibilidad para convertirse en evangelizadores y dejarlo todo por anunciar a Cristo resucitado. Miles de familias con hijos que se van en misión, que dejan buenos trabajos, casa y seguridad, para irse a donde el Espíritu les envíe; miles de sacerdotes ordenados, misioneros e itinerantes, eso no es fruto de un lavado de cerebro, ni de una imposición, ni de obediencia a nadie, sino del agradecimiento. 

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