El papa León XIV, en sus primeras homilías y en las catequesis del mes de octubre del año 2025, insiste frecuentemente en que «el misterio pascual es el eje de la vida cristiana». Su mensaje, aunque sencillo, contiene una revolución importante: “El anuncio pascual es la noticia más hermosa, alegre y conmovedora de la historia”. Sin embargo, muchos creyentes viven la fe mirando más al Viernes Santo que al Domingo de Resurrección. La cruz ocupa su horizonte, pero la luz del sepulcro vacío es demasiado tenue.
Esta observación abre una pregunta profunda: ¿vivimos como si Cristo hubiera resucitado o como si permaneciera aún en la tumba? En esa diferencia se juega toda la vida espiritual. Hay cristianos prepascuales, que viven la fe desde el miedo, la norma y la renuncia, y cristianos pascuales, que la viven desde el amor, la esperanza y la alegría. Es la misma fe, pero respirada de modo distinto.
Una anécdota nos va a ayudar a comprenderlo. En 1985, Prince compuso Nothing Compares 2 U, pero esta canción pasó desapercibida. Era muy buena la voz, pero estaba acompañaba con acordes un poco bruscos. Cinco años después, Sinead O’Connor interpretó la canción de Prince con una emoción tan profunda que se convirtió en himno mundial. La melodía y la letra eran la misma; el alma era distinta. Lo mismo podría suceder con el cristianismo: algunos lo viven en tono menor, sombrío y temeroso; otros lo cantan en tono mayor, alegre y esperanzado.
La fe antes de la Pascua: el peso del miedo
Los discípulos de Jesús antes de la Resurrección representan la mentalidad prepascual. Lo seguían, lo amaban, lo admiraban, pero no entendían su mensaje. Cuando les habló de su muerte y resurrección, solo escucharon la primera parte. La cruz les resultaba comprensible; la victoria sobre la muerte, no. Su forma de pensar delata muchas carencias: se pelean para ver quién es el mayor en el reino de los cielos, instan a echar fuego del cielo sobre un pueblo o impiden que los niños se acerquen a Jesús. Esta forma de creer es la de quien confía en Dios, pero aún no ha descubierto la fuerza transformadora de su amor. Psicológicamente, esta actitud se sostiene en el deseo de control que abarca incluso al propio camino de santidad.
Para estos cristianos la sabiduría y la prudencia continúan siendo virtudes dianoéticas aristotélicas, dejando poco margen a la acción del Espíritu Santo quien dice tener todos los pelos de nuestra cabeza contados. Este creyente busca seguridad, necesita reglas y certezas. Su religión se convierte en un sistema de autoprotección y las normas le dan orden, pero no vida. La fe se reduce a esfuerzo, cumplimiento o mérito y se cumple la norma o la regla inconscientemente casi con una moral kantiana del “deber ser”. Se vive con tensión moral, como si el amor de Dios dependiera del rendimiento espiritual. Es una espiritualidad fatigada, que reza desde el temor y confunde la obediencia con la confianza. Y todo esto no es más que sucumbir a una sutil tentación contra la fe y la esperanza. Pide favores a Dios, pero negociando en modo mercantil: si me das te doy, y se impacienta si las cosas no salen como espera. Necesita pruebas y el misterio le desasosiega. Olvida lo que enseña el libro de la Sabiduría: “Dios se manifiesta a los que no le exigen pruebas y se revela a los que no desconfían de Él” (Sab 1,2).
Esta mentalidad genera también un modo de sufrir. Quien vive la fe como obligación interpreta el dolor como castigo. La cruz se convierte en deuda que hay que pagar, no en abrazo redentor. El creyente piensa que el dolor es garantía de santidad y desconfía del gozo, como si disfrutar de las cosas del mundo fuera casi un pecado. Piensan que cada vez que pecan sacrifican de nuevo a Jesús, recordando la actitud de Moisés que golpeó dos veces la roca en Merivá teniendo como consecuencia no entrar en la tierra prometida. A Dios solo se le golpea una vez, solo muere una vez. Una vez resucitado a Jesús se le habla, no se le golpea, como así indico Dios a Moisés que hablara a la roca antes de que saliera agua (Exodo, 20). San Pablo lo confirma: “hemos muerto al pecado en la cruz. Jesús solo muere una vez” (Romanos 6:5-16).
Pero, ¿puede un buen padre querer que sus hijos no disfruten de los dones que él mismo les da y querer quitárselos inmediatamente? ¿De verdad pensamos que Dios actúa así? La consecuencia emocional es evidente: ansiedad, rigidez y tristeza. Algunos cristianos viven en una especie de cuaresma permanente, esforzados, pero sin alegría. Les cuesta disfrutar de la vida, de su familia, del trabajo, incluso de la oración. Se comparan, se juzgan, se sienten siempre en falta. Han convertido la fe en una carga moral, cuando debería ser una experiencia de libertad. Así, la religiosidad se impregna de culpa y temor. El acostumbramiento con las cosas de Dios es una advertencia frecuente donde la mentira piadosa y el juicio temerario acampa a sus anchas en esta mentalidad mezquina. Y yo me pregunto ¿es posible acostumbrarse a estar con Dios? Si así fuera, entonces deberíamos aburrirnos cuando estemos en el Cielo. Si uno está realmente con Dios ¡no es posible aburrirse ni acostumbrarse! Con Dios no existe el acostumbramiento, existe la falta de fe y esperanza que lleva a la tristeza.
El papa Francisco, en Evangelii Gaudium, advirtió: “Algunos cristianos viven una Cuaresma sin Pascua”. Es la espiritualidad del esfuerzo sin descanso, del deber sin gratitud. Quien vive así teme equivocarse más que dejar de amar. Mira la vida con desconfianza, teme los cambios, evita los riesgos y desconoce el “ama y haz lo que quieras”. El papa León XIV resumió la actitud prepascual con una frase de San Isaac de Nínive: “El mayor pecado es no creer en las energías de la Resurrección”. El gran enemigo de la vida espiritual es el desánimo y nada produce más desánimo que no apoyarse en Jesús resucitado y la esperanza del Cielo. La fe cristiana no nació para protegernos de la vida, sino para lanzarnos a vivirla con confianza.
La lógica de la Resurrección: la fe que libera
Frente a esta rigidez, la mentalidad pascual surge como una nueva forma de “respiración”. Es la fe de los mismos discípulos, pero después de la Resurrección, cuando comprendieron que la muerte no era el final, sino el comienzo. Su miedo se transformó en gozo; su culpa, en misión; su tristeza, en alabanza. El cristiano pascual ha experimentado el paso de Dios por su vida. Ha descubierto que la gracia no se negocia ni se merece: se recibe y deja de verse como siervo para reconocerse como hijo. Y esa conciencia cambia toda su psicología. Ya no se mide por lo que logra, sino por lo que ama. Ya no busca controlar, sino confiar. Desde el punto de vista humano, es el paso de la religión del esfuerzo a la fe del encuentro. En la primera, la persona vive pendiente de sus obras; en la segunda, descansa en el amor recibido. Esto no genera pasividad, sino libertad interior. Quien se sabe amado actúa mejor, no por miedo, sino por gratitud.
La fe pascual no ignora el dolor, pero lo interpreta de otro modo. Lo integra en la historia de salvación personal. Sabe que el sufrimiento no destruye, sino que madura y negarse a creer en el poder del amor de Dios es quedarse encerrado en la noche del Viernes Santo. El creyente pascual confía, ora sin ansiedad, agradece lo que tiene, se ríe de sí mismo. Vive con libertad espiritual, no porque no sufra, sino porque sabe que el mal no tiene la última palabra. El humor se convierte en signo de madurez cristiana: quien confía en Dios puede permitirse sonreír ante sus propias debilidades. En la vida cotidiana, esta mentalidad se traduce también en relaciones más humanas. El pascual no juzga tanto, no impone, no presiona, no coarta. Su fe se comunica por atracción, no por convicción porque vive con alegría y serenidad contagiosa. Como decía Von Balthasar, “el amor solo es creíble cuando se muestra hermoso”.
En la Misa, el pascual no se queda en el sacrificio, sino que celebra el encuentro con Jesucristo vivo. Reconoce que en la Eucaristía no asistimos a una tragedia repetida, sino a la presencia viva de Jesús que une el Cielo con la tierra. La comunión es el beso de Dios al alma como se cita en el Cantar de los Cantares. Parece que es el mismo encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena. Se repiten las mismas expresiones y el lugar y momento son los mismos: en un huerto, anochecido y en busca de su amado (Cantares 1, 2). La liturgia deja de ser un deber y se vuelve una cita amorosa y reconoce que la cena pascual no termina en la Cruz sino en el Cielo, cuando Jesús toma el vino nuevo, la cuarta copa, en el Reino de su Padre (Mt. 26, 29).
Del control a la confianza: una transformación interior
Unas diez mil cofradías en el mundo se centran en celebrar la Pasión de Jesús y unas quinientas en la Resurrección. Y me vuelvo a preguntar: alguien, de verdad, que se siente discípulo de Cristo, que pretenda atraer a otros y ser luz del mundo, pero que fundamentalmente solo predica a un Dios sufriente que ha muerto, ¿puede hacer atractiva la religión cristiana? El paso de la mentalidad prepascual a la pascual no se da de la noche a la mañana. Es un proceso vital, muchas veces doloroso. Ocurre cuando se derrumban las seguridades: una pérdida, una enfermedad, una crisis personal o profesional. En ese vacío, el creyente descubre que solo el amor de Dios importa. Entonces es cuando entiende con profundidad la Pascua. Desde el punto de vista psicológico, se trata de pasar del ego religioso al yo confiado. El ego espiritual necesita controlarlo todo, incluso la relación con Dios. Quiere ser perfecto, acumular méritos, dominar la fe como si fuera una técnica. El yo confiado, en cambio, se abandona, se sabe débil, pero sostenido y Dios quiere darnos precisamente la vida “y que la tengan en abundancia” (Juan 10, 10). No se trata de ir sobreviviendo o de ir tirando. Ir tirando no es cristiano.
Esa reconciliación produce serenidad, gratitud y sentido del humor. Quien vive la Pascua interior no se aferra al pasado ni teme el futuro. Ha aprendido a mirar la vida con ternura. Sabe que los errores no lo definen, que el dolor no lo anula y que el amor de Dios no depende de su rendimiento. Un ejemplo de esta madurez espiritual está en José, el hijo de Jacob. Vendido por sus hermanos, años después los perdona y les dice: “Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien” (Gn 50,20). Esa frase resume toda una psicología pascual: descubrir el bien escondido en el mal, la luz en la herida. Esta actitud no solo tiene efectos espirituales, sino también psicológicos: quien vive confiado desarrolla mayor resiliencia, afronta el dolor sin hundirse, conserva la paz interior. No huye de la realidad, la abraza. Sabe que Dios no elimina los problemas, pero los transforma desde dentro.
Sin embargo, para mantenerse con esta mentalidad la humildad se convierte en una virtud esencial. Sin ella se vuelve al desierto de forma inmediata, al continuo éxodo “cuaresmático” deseando volver a Egipto: “Por tanto el que se crea seguro, cuídese de no caer” (1 Corintios 10, 12). Se siente como un niño delante de Dios de manera que la infancia espiritual da mucha seguridad. Ahora bien, no se considera santo, pero “Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, […]. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo” (Filipenses 3, 10-12).
La alegría de los pascuales
En las primeras comunidades cristianas, los creyentes pascuales se reconocían con facilidad. Eran alegres y serenos, pero no fríos. Irradiaban una paz que no dependía de las circunstancias. En ellos se cumple la exhortación paulina: “Alegraos siempre en el Señor” (Flp 4,4). Su alegría nace de la gratitud. Viven de Jesús resucitado y el Espíritu Santo se lo recuerda frecuentemente. Ven la vida como un don, no como una carga. No hablan mucho de Dios porque lo transparentan con su vida. Disfrutan de lo sencillo: una comida, una conversación, el trabajo bien hecho y no tienen dificultad en reconocer a Dios en la creación. No separan lo sagrado de lo humano, porque saben que todo lo humano puede ser sagrado cuando se vive con amor. Finalmente, saben que Jesús no ha venido a decir “ama a tu prójimo como a ti mismo” descrito en el levítico 19,18, la clásica ley de oro, sino que Él ha venido a decirnos que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado (Juan, 13,34), lo que podríamos definir como la ley de platino.
Un sacerdote contaba, con sonrisa contagiosa, que no se casaba “porque tengo el corazón tan enamorado de Dios que no se lo puedo dar a una mujer”. Esa respuesta resume el secreto del cristiano pascual: un corazón lleno de amor a Dios no necesita más posesión y sabe amar sin retener. No niega la cruz, pero la atraviesa con esperanza y entiende que sin cruz no hay Pascua, pero también que sin Pascua la cruz carece de sentido. La vida espiritual entonces se parece al movimiento del corazón: contracción y expansión. Si solo nos quedamos en la renuncia o el esfuerzo, el alma se asfixia. La resurrección es la gran expansión del alma.
Vivir del sol, no solo de las raíces
La mentalidad pascual no es una teoría teológica, sino una forma de vivir. Significa mirar la existencia con confianza y aceptar la imperfección descubriendo a Dios en lo cotidiano. Es pasar de la culpa al agradecimiento, de la rigidez a la ternura, de la queja al asombro. El cristiano pascual no es ingenuo: conoce el dolor, pero no se queda en él. Sabe que todo sufrimiento, abrazado con amor, se transforma en fecundidad. Y por eso puede sonreír incluso en medio de las pruebas. Creer en la Resurrección no es aceptar un hecho pasado, sino dejar que su fuerza actúe hoy en la vida concreta. Es permitir que la esperanza en el Cielo se vuelva hábito y que la alegría sea el tono natural del alma. Esa alegría no ignora la cruz, pero la ilumina. Tiene algunas raíces en el dolor, pero la felicidad florece con la esperanza de la posesión del Cielo que nos da Jesús vivo.
Vivir en clave pascual es vivir reconciliados con la propia historia. Es abrir los ojos cada mañana y decir: “Hoy también Cristo ha resucitado en mí”. Es mirar el mundo con gratitud, aceptar la fragilidad como lugar de encuentro con Dios y dejar que el sol de la gracia ilumine cada rincón del alma. Quien vive así no necesita proclamarlo con palabras: su vida misma se vuelve anuncio porque el cristiano pascual no repite solo que Cristo ha resucitado: lo muestra.
Académico de número en la Real Academia Nacional de Medicina de España.



