Cultura

La Humanidad de Cristo. Pompeo Batoni, El Sagrado Corazón de Jesús

La obra de Pompeo Batoni sobre el Sagrado Corazón de Jesús se convirtió en la imagen más influyente de esta devoción, al unir belleza artística y profundo simbolismo espiritual. A través de ella, Cristo se presenta como amor vivo y cercano al creyente.

Eva Sierra y Antonio de la Torre·20 de agosto de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

©Wikipedia

COMENTARIO ARTÍSTICO

—texto Eva Sierra, historiadora del arte. 

Birkbeck College, University of London

Esta imagen de Cristo es una de las representaciones más difundidas de Jesús en todo el mundo. Comparte ciertas similitudes con Cristo bendiciendo, de Antonello da Messina (que consideramos previamente), pintado tres siglos antes, especialmente en su sencillez compositiva y en la forma directa en la que Cristo se dirige al espectador. Sobre un fondo oscuro, Jesús aparece como una figura joven, serena y compasiva, con la mirada fija en quien contempla la obra. Batoni sigue la simbología tradicional del color en la representación de Cristo: la túnica roja alude a la sangre y al martirio, mientras que el manto azul evoca el agua, el cielo y la divinidad. Esta combinación ha sido utilizada durante siglos para expresar simultáneamente la humanidad y la divinidad de Cristo.

La revelación del amor de Cristo

Mientras que en la obra de Messina, Cristo aparece bendiciendo, Batoni elige representar un momento profundamente devocional: Jesús ofreciendo su Sagrado Corazón. Cristo sostiene su corazón en llamas con la mano izquierda y, con la mano derecha, en la que se observa claramente la herida del clavo, nos señala y nos invita a seguirlo. El corazón está representado con gran detalle: sangra por una herida, está rodeado por una corona de espinas y coronado por una cruz, elementos que simbolizan el sufrimiento redentor y el amor eterno de Cristo por la humanidad.

En el Evangelio de Juan se dice: “uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza” (Jn 19, 34). La tradición cristiana y los Padres de la Iglesia interpretan que la lanza llegó hasta el corazón de Cristo. Batoni plasma visualmente esta interpretación teológica. El Sagrado Corazón expresa el amor ilimitado de Jesús, y nos llama a responder con amor en nuestra vida cotidiana. La vocación cristiana consiste en conformar nuestros corazones al Corazón de Cristo: corazones llenos de misericordia, entrega y compasión. La mano extendida de Jesús, representada en escorzo hacia el espectador, nos invita a contemplar su Corazón y recordar el sacrificio que hizo por amor a la humanidad.

De la visión mística al modelo artístico

La obra de Batoni está íntimamente relacionada con las visiones de Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), la religiosa francesa que impulsó la devoción al Sagrado Corazón. Ella describió el Corazón de Jesús como “un trono de llamas, más resplandeciente que el sol, transparente como el cristal, con esta adorable herida”. Estaba rodeado por una corona de espinas, símbolo del sufrimiento causado por el pecado, y coronado por una cruz, signo del peso de la Pasión asumido desde la Encarnación. Batoni, con gran creatividad, traduce visualmente esta descripción y, al mismo tiempo, humaniza el rostro de Cristo, haciéndolo cercano y accesible.

Jesús está representado en perfil de tres cuartos, con la mirada fija en el espectador. Esta mirada intensa funciona como una invitación a meditar en su sufrimiento redentor. La luz irradia desde su corazón e ilumina parcialmente su rostro, mientras que la otra mitad queda en sombra. Esta dualidad simboliza el estado del alma cuando se aleja del amor y la gracia de Cristo.

Pompeo Batoni fue un reconocido pintor italiano, célebre por sus retratos de la nobleza europea, especialmente de los ingleses que realizaban el Grand Tour en el siglo XVIII. Sin embargo, también recibió importantes encargos religiosos, y esta pintura se convirtió en su obra devocional más influyente. El Sagrado Corazón de Jesús de Batoni alcanzó enorme popularidad y llegó a ser la imagen oficial de la devoción al Sagrado Corazón, configurando la espiritualidad católica en numerosos países.

La pintura sigue expuesta hoy sobre el altar de la capilla lateral norte de la iglesia del Gesù en Roma, donde continúa inspirando oración, contemplación y gratitud por el amor infinito de Cristo.

COMENTARIO CATEQUÉTICO 

—texto Antonio de la Torre, doctor en Teología

La Encarnación del Hijo de Dios, tal y como se expuso en el anterior número de esta serie, implica que el Verbo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, consustancial al Padre en su naturaleza divina, asume una naturaleza humana: la Humanidad de Jesucristo, quien es así perfecto Dios y perfecto Hombre. En este número profundizaremos algo más en la comprensión y expresión de la Humanidad del Señor, que apareció brevemente tratada en el número anterior.

Esta Humanidad queda especialmente bien representada en el Sagrado Corazón de Jesucristo, donde se une el amor de un corazón humano al Amor de una persona divina, siendo así el órgano central de la Humanidad de Cristo, y el espacio en donde el mismo Amor divino se nos entrega en un amor humano, el del Hijo de Dios hecho hombre. Por eso la contemplación del Corazón de Cristo, como tan expresivamente lo plasma Batoni en su lienzo del Gesù, es camino seguro para profundizar en el conocimiento de la Humanidad del Señor. De ahí que Batoni subraye los rasgos humanos de Cristo para hacerlo cercano y accesible. A su vez, como enseñó con particular donaire Santa Teresa de Jesús, la Humanidad de Cristo es el camino seguro y agradable para una verdadera vida de oración, pues es el Camino que nos conduce a Dios. Por ello, una errónea comprensión de la Humanidad del Señor, en cuerpo y alma, supone un grave obstáculo para el verdadero conocimiento de Dios y para un correcto desarrollo de la vida espiritual. A lo largo de la historia han ido apareciendo errores que han oscurecido, reducido o distorsionado los rasgos de la naturaleza humana del Hijo de Dios. Como estos errores, siendo antiguos, siguen presentándose en la actualidad, aún con diversas formas, conviene conocerlos para no caer en ellos y conseguir así una comprensión de la Humanidad de Cristo que nos acerque verdaderamente a la identidad humana del Señor y a su Sagrado Corazón.

Verdadero Dios y verdadero Hombre

Uno de los primeros errores consistió en confundir la Humanidad de Cristo con el mismo Cristo, es decir, reducirle al mero personaje humano Jesús de Nazaret, hombre corriente adoptado como Hijo por Dios en su Bautismo. Este error, el adopcionismo, supone que la Humanidad de Cristo es mero portavoz y actor de Dios, pero no está unida personalmente a Dios mismo. Cada vez que hablamos de Jesús de Nazaret como mero hombre, o simple profeta, o maestro humano de sabiduría, se vuelve a caer así en el más antiguo de los errores.

Este error, a su vez, suscitó la reacción contraria: Jesucristo es tan divino que su naturaleza humana, especialmente su cuerpo, es simple apariencia, no es un ser humano real. Este docetismo, por tanto, implicaría que no es posible representar ni mucho menos pintar a Dios en Jesucristo, pues su cuerpo no es real; tan sólo se podría acceder a Él por la meditación espiritual y abstracta, como a una idea no accesible a los sentidos. Nada mejor para responder a este error que las palabras de Santa Teresa de Jesús: “Yo solo podía pensar en Cristo como hombre; mas es así que jamás le pude representar en mí. A esta causa era tan amiga de imágenes ¡Desventurados los que por su culpa pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si le amaran, holgáranse de ver su retrato” (Vida 9, 6). Esta experiencia es la que justifica y da tanto valor a cuadros como el de Batoni que estamos disfrutando.

En el arrianismo se consideraba que la humanidad de Cristo era real y que estaba unida a la divinidad, pero no a la divinidad plena, inaccesible y exclusiva del Padre, sino a una divinidad de segundo rango, que sería la propia del Hijo. Por ello, la Humanidad de Cristo no sería un camino hasta Dios, sino que tan sólo nos dejaría en los umbrales de la divinidad, al no ser el Hijo Dios consustancial con el Padre, de su misma naturaleza divina, como decimos en el Credo. Con una sencilla frase, Jesucristo es verdadero Hombre y verdadero Dios, la Iglesia nos vacuna contra estos tres errores, que siguen siendo más frecuentes de lo que parece.

Una persona en dos naturalezas

La relación entre la Humanidad real de Jesucristo y su Divinidad plena no es fácil de comprender, de ahí que un exceso de racionalidad o de atención a las peculiaridades culturales de cada época pueda llevar a desequilibrios en su concepción. El nestorianismo, por ejemplo, proponía que la Humanidad de Cristo se daba en una persona humana, Jesús de Nazaret, mientras que su naturaleza divina estaba en el Hijo de Dios. Así, habría una relación del creyente con la persona de Jesús y otra con la persona del Hijo, deformación que puede darse cuando unas veces rezamos a Jesús como hombre y otras nos dirigimos al Hijo como Dios. Por otra parte, el monofisismo pensaba que la Humanidad de Cristo, sin ser ficticia, quedaba como disuelta e inexistente en el infinito de la divinidad del Verbo, algo así como cuando se contempla a Cristo tan sólo en su majestad divina, olvidando la humildad y la mansedumbre propias del Corazón humano del Hijo de Dios (Mt 11, 29).

Tampoco es sencillo contemplar la Humanidad de Jesús como una existencia humana concreta y, sobre todo completa. El apolinarismo veía la Humanidad del Señor como mera corporalidad, pues su alma, o espíritu, era el Verbo divino. Si esto fuera así sería difícil explicarse cómo Jesús iba creciendo en un verdadero conocimiento humano de la realidad (Lc 2, 52). Por otra parte, el monotelismo despojaba a la Humanidad de Cristo de su voluntad, pues la única voluntad en Él era la divina del Hijo de Dios. Por tanto, sus actos de obediencia al Padre y de entrega al servicio de los hombres pierden su consideración de ejemplos para toda voluntad humana, pues partieron de una voluntad puramente divina.

Se olvida así, como pasa a veces hoy, que Jesucristo tiene un alma completamente humana, con conocimiento humano y voluntad humana, unidos a la Sabiduría y a la Voluntad del Verbo en la persona del Hijo. Por ello sigue siendo actual la fórmula con la que el Concilio de Calcedonia definía la relación entre las dos naturalezas, humana y divina, en la única persona del Hijo de Dios, tal y como se explicaba en el número anterior.

Una fórmula que, de alguna manera, está también presente en las palabras con las que el Concilio Vaticano II nos deja esta excelente contemplación de la verdadera Humanidad de Cristo, que podemos meditar para que nuestra concepción de la Humanidad de Cristo sea íntegra y verdadera: “El Hijo de Dios trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con Corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros excepto en el pecado” (Gaudium et Spes 22).

Nombre de la obra: Sagrado Corazón de Jesús
Autor: Pompeo Batoni
Siglo: XVIII
Material: Óleo sobre lienzo
Ubicación: Iglesia del Gesù, Roma
El autorEva Sierra y Antonio de la Torre

Historiadora del arte y doctor en Teología

Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica