Cultura

Martin Aurell, el maestro que explicó la Edad Media

El fallecimiento prematuro de Martin Aurell (1958-2025) deja un vacío inmenso en la historiografía europea. Catedrático de prestigio de la Universidad de Poitiers, en Francia, dedicó su vida a demostrar que los llamados "siglos oscuros" fueron, en realidad, la cuna de nuestra civilización.

Bernard Garcia Larrain·7 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
Martin Aurell

Martin Aurell

Hace un año, en febrero de 2025, el mundo académico francés despedía a uno de los suyos. Aurell, barcelonés de nacimiento, pero figura central de la intelectualidad gala, partía dejando un legado que trasciende las bibliotecas, como quedó de manifiesto en los numerosos testimonios de sus colegas.

Aurell no era un romántico de un pasado idealizado, sino un riguroso y apasionado estudioso. Su obra cumbre para el gran público, Diez ideas falsas sobre la Edad Media, resume su pensamiento e ilumina al lector influenciado por visiones sesgadas. Con el rigor que le otorgó dirigir el prestigioso Centre d’Études Supérieures de Civilisation Médiévale, Aurell desmanteló la «leyenda negra» que presenta al medievo como una época de estancamiento.

Para Aurell, la Edad Media no fue una era de oscuro fanatismo: fue el tiempo de la invención del individuo, del nacimiento de las universidades y de un respeto por la mujer —encarnado en figuras como Leonor de Aquitania, a quien dedicó una biografía magistral— que la modernidad tardaría siglos en recuperar. Asimismo, su curiosidad intelectual lo llevó a adentrarse en temas complejos y menos transitados, como el de los cristianos que se opusieron a las cruzadas.

Coherencia y fe

Lo que hacía especial a Martin Aurell en el complejo ecosistema universitario francés era su coherencia y su humildad. En un mundo académico que fácilmente puede alimentar la soberbia, él destacaba por su amabilidad. Como cristiano, entendía su labor de historiador como una búsqueda de Dios a través de la verdad. No necesitaba «cristianizar» la historia; le bastaba con dejar que los hechos hablaran por sí mismos para mostrar cómo la Iglesia fue el motor de una civilización vibrante.

Su fe no solo movía su intelecto, sino también su inmensa capacidad de diálogo. Evitaba el sectarismo y se ganó el respeto de colegas agnósticos y creyentes por igual. Demostró que la fe no es un obstáculo para la excelencia científica, sino un horizonte que amplía la mirada y profundiza la comprensión de la historia como fruto de la libertad humana y de la Providencia.

En un momento en que Europa parece olvidar sus raíces, el legado de Aurell resuena como un recordatorio necesario: el Viejo Continente no es hijo del vacío, sino heredero de una tradición que supo unir la fe católica con la filosofía griega y el derecho romano.

El maestro de los chilenos

¿Por qué un joven de Santiago o Valparaíso querría dedicar su vida a estudiar la caballería del siglo XII o la reforma gregoriana? Aurell tenía la respuesta. A través de su dirección de tesis y su generosidad, formó a un grupo clave de historiadores chilenos.

Su rol como formador no fue meramente técnico; fue una transformación personal. Inspiró a los estudiantes chilenos a no sentirse «ajenos» a la historia europea, sino herederos legítimos de ella. Bajo su guía, muchos descubrieron que el rigor científico y la fe son motores que impulsan la búsqueda de la verdad.

Aurell ayudó a entender que Chile es, en gran medida, hijo de esa «luz medieval». Las instituciones chilenas —la universidad, el derecho civil y los municipios— tienen su origen en los siglos que él tanto estudió. La lengua y la fe que configuran la cultura chilena son frutos maduros del medievo hispánico. Incluso debates políticos actuales como la dignidad del individuo y los límites al poder nacieron en las controversias entre fe y razón del siglo XIII.

Como destaca el historiador chileno José Miguel de Toro, quien realizó su doctorado bajo la tutela de Martin Aurell, la contribución de su profesor fue vasta y profunda: “sus estudios abarcaron variados aspectos de la vida medieval como el poder político, la composición social, la literatura y los mitos, la vida cortesana, entre otros. Particular mención merecen sus obras sobre Leonor de Aquitania, la dinastía Plantagenêt y el rey Arturo”. «Puso todo ese rigor profesional al servicio de la verdad histórica, demoliendo fábulas absurdas», señala De Toro.

La humildad de un gigante

Su impacto en Chile fue fruto de una entrega personal extraordinaria. Benjamín Franzani relata cómo un simple correo de orientación terminó en una dirección de tesis doctoral: «Se involucró completamente en mi caso cuando yo ni siquiera hablaba francés. Durante años respondió correos y propuso soluciones a los altibajos de becas y trámites».

Esa disponibilidad no conocía límites. Franzani recuerda cómo, en una ocasión, Aurell realizó un viaje relámpago a Paris: llegaba desde Poitiers en la tarde para una entrevista en Radio France y se iba al día siguiente temprano en la mañana, para recibir en una ciudad del sur de Francia un reconocimiento por su biografía sobre Leonor de Aquitania. Con esta agenda, parecía imposible responder positivamente a la petición de reunirse que le hizo Franzani. Sin embargo, Aurell nunca respondía que no cuando podía ayudar a alguien: donde otro no hubiese visto ninguna posibilidad, Aurell lo invitó a desayunar y a caminar juntos hacia el andén del tren: «Esto me permitió conversar con él por al menos media hora, y recibir sus consejos. La estación de tren representa bien esa faceta suya de estar ahí para todos”.

Por su parte, el profesor José Manuel Cerda, quien lo conoció en Oxford en 2004, guarda un recuerdo tan humano como revelador: un partido de fútbol cerca de Keble College. «Me sorprendió que detrás de esa erudición se encontrara una persona que disfrutara tanto del deporte. A pesar de todo lo que sabía, no humillaba a sus estudiantes, sino que corregía con amabilidad», relata Cerda.

Aurell era un hombre de convicciones claras y apertura admirable. Cerda recuerda su rostro sonrojado por la timidez al presenciar debates furiosos entre colegas: «Contaba con la estima de quienes no compartían sus ideas». Jamás dejó un correo sin contestar. Hoy, sus alumnos lo despiden sabiendo que, gracias a su generosidad, ahora pueden ver más lejos porque caminan «a hombros de un gigante» que nunca se sintió más grande que el más humilde de sus estudiantes.

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