«Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo».
El Evangelio de la solemnidad de hoy comienza con estas palabras. En medio de la Cuaresma se nos ofrece la oportunidad de celebrar a san José, esposo de la Virgen María. Hoy lo celebramos precisamente como esposo —de María—. La coma después del nombre del santo es importante: «José, esposo de la Virgen María». Nos muestra su identidad, la clave de su santidad y la razón de esta celebración.
San José nos enseña las virtudes esenciales para un esposo. ¿Qué podemos aprender de él? El Evangelio nos invita a contemplar la situación en la que se encuentra José y la manera en que decide acoger a María como su esposa. Su respuesta sigue siendo un ejemplo digno para todos los esposos.
El Evangelio describe a José como un «hombre justo». En el Antiguo Testamento, esto significa más que una obediencia externa a la ley; describe a alguien que vive verdaderamente la alianza, que busca la voluntad de Dios con sinceridad de corazón. José era ese tipo de hombre. No se limitaba a cumplir normas; descubría el amor de Dios detrás de la ley y en la ley. El Papa Benedicto XVI comentó en una ocasión que en san José «el Antiguo Testamento se convierte en Nuevo», porque no busca solo los mandamientos, sino a Dios mismo, el amor personal de Dios.
El Evangelio presenta a José en una situación difícil. Podemos imaginar su desilusión al encontrar encinta a su esposa. Él sabía que María era una joven justa; conocía su belleza interior y exterior, la pureza de su corazón, y ahora se siente confundido y decepcionado. Pero José, siendo verdaderamente un hombre justo, no aplica la ley rígidamente a costa de la bondad, sino que toma «un camino de amor en la justicia, de justicia en el amor». Muestra que el justo no solo vive de la fe (cfr. Habacuc 2, 4), sino también del amor. Su justicia está dictada por el amor. Era un hombre de amor auténtico, un esposo que supo amar.
José es también un esposo que supo escuchar a Dios y obedecerle. Está atento a la voz de Dios. No era un soñador, aunque Dios entró en su vida por la puerta de un sueño. Es un hombre de oración y recuerda a los esposos la necesidad de un diálogo constante con Dios antes de tomar cualquier decisión dentro de la familia. Tenía la capacidad de escuchar a Dios y el coraje de hacer lo correcto, de vivir la vocación de esposo, tomando a María como su mujer.
Cuando José se levantó y obedeció, recibiendo a María como su esposa, también dijo sí a la paternidad: «Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús». Al ser un esposo casto, se convirtió también en padre. En José vemos otra dimensión de la paternidad. No es solo modelo para los esposos, sino también para los hombres célibes. Él muestra que su castidad puede conducir también a una verdadera paternidad.
San José es modelo para los esposos y existe una necesidad urgente de muchos más «Josés» en el mundo de hoy. No es de extrañar que una madre piadosa me dijera una vez que debía rezar para que su hija encontrara a su José. ¡Cuánta razón tenía! Si necesitamos más familias santas, necesitamos hombres santos, esposos santos como José. Rezamos para que tengamos muchos hombres como san José, esposos santos.




