Iniciativas

Fundación Astier: el centro de las mujeres que siempre sonríen

En Alcalá de Henares hay una casa donde viven 149 mujeres con discapacidad intelectual que cada día escriben su propia historia. La Fundación Astier, tras una pequeña revolución en el modo de entender la asistencia, se ha convertido en un centro pionero en muchos aspectos en el modo de potenciar la dignidad de la persona sobre todas las cosas. Sus protagonistas cuentan la historia.

Guadalupe García Corigliano·19 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
Fundación Astier

Miembros de la Fundación Astier (Fundación Astier)

“Centro de mujeres con capacidades extraordinarias”, se autodefine la Fundación Astier en su página web, y es algo que no está alejado de la realidad. Al llegar a esta casa, nos invade una enorme calidez, que rápidamente diluye el frío exterior. Saludos que se adelantan y abrazos que no piden permiso. Una cara nueva es novedad, y las preguntas se multiplican cuando comenzamos a conversar. 

En Astier viven 149 mujeres con discapacidad intelectual, trabajan alrededor de 120 profesionales y participan unos 60 voluntarios. Pero, más allá de estos números, hay rostros concretos -y sonrientes- que nos dan la bienvenida. Con un carisma mercedario marcado, este centro tiene 134 años de historia y mucha vida por delante.

Isabel se aproxima con su maletín de pinturas y se queda esperando. Es que, por la entrevista, le hemos ocupado la sala donde suele venir a pintar a esta hora y, claro, rutinas son rutinas. Tímidamente saluda y obedece ante el pedido de, solo por hoy, irse a otro sitio y vernos más tarde. Sin embargo, ella se queda en el pasillo y, cada tanto, aprovecha para asomarse y preguntar cuánto falta.

Enjugar todas las lágrimas

Lo que hoy conocemos como la Fundación Astier Centro San José tuvo sus comienzos en 1892 cuando Doña Sofía Astier y Balboa, mujer sensible, comprometida y de gran corazón, contemplando las desigualdades sociales de su época, funda el Asilo San José en la calle Ayala, 49, para mujeres “impedidas”, que no podían valerse por sí mismas.  

Años más tarde, en 1913, la Congregación de Hermanas Mercedarias de la Caridad, haciendo vida al carisma de caridad redentora legado por su fundador, el beato Juan Zegrí, se hace cargo de esta obra social.

En 1972, dado el número de residentes y las demandas del centro, deciden trasladarse a donde hoy están situados, en Alcalá de Henares, Madrid. 19 hermanas con 192 mujeres llevan adelante la fundación en ese entonces del Centro San José.

“Curar todas las llagas, remediar todos los males, calmar todos los pesares, desterrar todas las necesidades, enjugar todas las lágrimas, no dejar si posible fuera en todo el mundo un solo ser abandonado, afligido, desamparado, sin educación religiosa y sin recursos” fue la misión propuesta por el padre Zegrí. Lo recuerda Loli, auxiliar de enfermería desde hace 25 años y miembro del equipo de pastoral.

En aquellos años no había seguridad social universal y la discapacidad se escondía entre cortinas. Zegrí fue un “visionario” en su tiempo: entendió que la primera pobreza es la falta de reconocimiento y decidió dar a estas mujeres la dignidad que merecían. 

Dignidad antes que asistencialismo

Durante décadas, el centro funcionó como una gran familia: quienes tenían más autonomía ayudaban, junto con las hermanas, a quienes necesitaban más apoyo. Con el paso del tiempo, y tras más de medio siglo de historia, la profesionalización completa se hizo imprescindible. Astier ha vivido la transición de un modelo asistencial tradicional a uno centrado en la persona.

Al frente de la gestión está Borja Lucas González, primer director laico del centro. Bajo su dirección, tres áreas vertebran la casa, guiados por un Patronato aún integrado por las religiosas mercedarias. En primer lugar, la parte técnica (social, psicosocial y sanitaria), la de desarrollo (comunicación, alianzas, innovación y calidad) y la de bienestar (personal, servicios y mantenimiento). Orden y profesionalización al servicio de algo mucho más hondo: la dignidad.

“Antes había otra visión de la asistencia”, explica Borja. “Era fundamental prevenir enfermedades, que estuvieran limpias y cuidadas. Eso sigue siendo importante. Pero ahora entendemos que lo esencial es qué hace persona a cada una, cuál es su proyecto de vida”. 

Ya no se trata solo de atender sino de reconocer la existencia de cada mujer y darles un lugar en la sociedad. Se busca promover la dignidad y la promoción de las mujeres con discapacidad intelectual.

Liderar con cercanía

Borja llegó a la fundación en 2008 como enfermero. “Me enamoré de esta casa y de la congregación, que tiene una profunda vocación de servicio a los demás”, confiesa. Hace cinco años asumió la dirección de Astier. Recorre a diario los pabellones, conversa con equipos y residentes, detecta necesidades sobre el terreno. “Es un trabajo precioso y muy vocacional, pero también duro e intenso”.

Luego de haber trabajado en diversas áreas del hospital reconoce que la fundación  permite una visión más amplia de la salud, incluyendo prevención y cuidado comunitario: “Aquí entiendes qué dimensiones le hacen persona a cada una”. 

Habla de liderazgo cercano, de mentoría en la cultura del cambio y de humanizar la residencia: cada mujer debe ser protagonista de su propio proyecto de vida. “Me gustaría que el ejemplo de Astier inspirara al sector a avanzar hacia el único camino posible: tratar a las personas con discapacidad como personas”.

En un mundo corporativo donde abundan las máscaras, Borja reivindica la naturalidad de las residentes. “Son espontáneas en un mundo en el que todos nos ponemos caretas para todo”. Y aunque admite que, por supuesto, hay dificultades, sobresale la capacidad de afecto y sensibilidad que tienen las mujeres de Astier. 

Un día en Astier

“Aquí no hay ningún día igual”, sonríe Loli. Luego enumera una serie de rutinas: levantarse, ducharse, vestirse, desayunar, asistir a talleres según las capacidades de cada una. Hábitos cotidianos que construyen autonomía: lavarse los dientes, asearse, ordenar el espacio propio.

Los domingos hay Misa en la capilla. Se celebran los tiempos litúrgicos y actividades con la comunidad mercedaria y muchas familias acompañan. La fe y el carisma mercedario sostienen la casa. “Las hermanas son las que nos enseñaron cómo ejercer nuestra labor”, afirma Loli. 

Pero la vida en Astier no queda solo dentro del centro. Las residentes visitan universidades, institutos y empresas. Dan testimonio, explican quiénes son, rompen prejuicios. 

Además, tienen un salón de actos en el que hay representaciones, música, baile, siempre fomentando vínculos de amistad y las buenas relaciones: “Buscamos generar espacios en los que el clima sea lo más cordial, ameno y divertido. Aquí se canta, se baila y se hace de todo”, describe Loli.

Cuando llega una mujer nueva —muchas veces porque sus padres han envejecido y ya no pueden cuidarla— el miedo inicial suele disiparse pronto. “La experiencia nos dice que encuentran relaciones con iguales, un mundo por descubrir”, cuenta Borja.

Una extensión de la familia

La labor de Loli, aunque es más bien “práctica”, muchas veces también tiene que ver con eso de “enjugar muchas lágrimas” que enseñaba el Padre Zegrí. Una apasionada y entregada a la tarea, que no quiere que le llegue el tiempo de la jubilación. 

Cuando habla, se le humedecen los ojos: “Hoy no cambiaría este trabajo por nada del mundo”. Recuerda que envió su currículum sin saber nada de discapacidad. Ahora Astier no es solo su trabajo, es también su refugio: “Muchas veces vengo con preocupaciones… pero al entrar por esa puerta, se me olvida todo”.

Cuenta que las residentes detectan su estado de ánimo con una finura sorprendente: “Si vengo con mala cara, enseguida me preguntan qué me pasa”. Algunas reconocen sus pasos por el pasillo y gritan su nombre antes de verla. Una especie de sexto sentido que forma parte de estas “capacidades extraordinarias”.

Ha aprendido una lección que repite casi como un examen de conciencia: hacer el bien en el momento oportuno. Recuerda a una residente fallecida a la que no pudo conceder un pequeño favor el último día. “Siempre hay que hacer las cosas en el momento porque luego puede ser demasiado tarde”. En Astier se enjugan lágrimas, sí, pero también se recibe más alegría de la que se da.

Para Loli las internas son parte de su familia: “Las quiero como a mi familia, de verdad, porque claro las conozco y ellas me conocen a mí”, afirma, y resalta cómo le han enseñado a valorar cada momento y a ser una mejor persona.

Echar valor y tener humor

Charo tiene 72 años y vive en Astier desde los 18. Llegó justo cuando la casa se trasladaba a Alcalá. Es invidente a causa de un accidente cerebrovascular. Antes fregaba escaleras de punta a punta; ahora teje con una precisión que asombra: “Todo el mundo me dice que parece que lo hago a máquina”. Su nueva condición le hizo desarrollar nuevas habilidades manuales y de memoria pero, sobre todo, una actitud positiva ante la vida.

Recuerda cómo, de jóvenes, ayudaban a las más pequeñas: bañarlas cuando no había duchas, vestirlas, hacer camas si daba tiempo: “Esta casa la hemos sacado adelante con mis compañeras que están en el cielo y con las hermanas”. Tras perder la vista desarrolló memoria táctil y una sorprendente capacidad para ordenar colores en su cabeza. “En mi vida hay muchas cosas importantes: mi bastón y mi ilusión”, afirma.

Es la que siempre dice ‘sí’ a todas las actividades: ha sido guía en visitas por la ciudad, le han grabado para documentales y siempre sale cuando hay eventos. Es la embajadora natural de la casa. En Navidad y verano se va con sus hermanos y sobrinos; la familia siempre está ahí. “Para mí Astier es estar en casa. Aquí no me falta ningún detalle. Hay personas que no tienen dónde cobijarse; para mí este sitio es acogedor”.

Al preguntarle por su alegría, ríe y responde: “Mi carácter es así. Con las dificultades hay que echar valor y tener humor”. Y lanza un consejo práctico para quien pierda la vista: “Que no pierda la memoria, el tacto, la inteligencia ni la alegría”.

Capacidades extraordinarias

El cambio cultural en Astier se nota también en los ambientes. Con la última reforma, la ‘Villa Delta’ les hizo partícipes. “¿Cómo os gustaría que fuera vuestra casa?”, preguntamos a las residentes, cuenta Borja. Se animó a cada una a personalizar su habitación y a cuidarla. No como algo decorativo, sino como una afirmación de identidad. 

Durante años la discapacidad fue tabú. Hoy estas mujeres visitan empresas, universidades, parroquias. Se muestran sin complejos. La Fundación trabaja también en la comunicación externa para que familias e instituciones conozcan el modelo y lo adapten. La integración social es una práctica diaria.

“Los más desfavorecidos son los preferidos de Dios”, recuerda Loli. Aquí esa frase se traduce en atención sanitaria, apoyo psicológico y acompañamiento espiritual, guiados por un fuerte liderazgo profesional. Se trata de ser familia. 

La Fundación ha recibido reconocimientos sin buscarlos. Profesionales del sector han afirmado: “Lo que he visto aquí no lo suelo ver en ningún sitio”. El modelo centrado en la persona empieza a replicarse. El conocimiento generado sirve a otros centros y a familias que buscan orientación.

En tiempos que miden el valor en productividad, en Astier se insiste en algo más radical: cada vida, con o sin discapacidad, tiene un valor infinito. Y cuando se le da espacio para desplegarlo, florecen -en gran medida- capacidades extraordinarias.

El autorGuadalupe García Corigliano

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