El cielo y la tierra parecen juntarse a las puertas de la basílica, a pocos minutos de empezar los oficios. El último rayo de sol de la tarde baña con su brillo anaranjado a cientos de chicos arrodillados, muchos con camisa y corbata. Las luces del templo se apagan, siendo solemnemente reemplazadas por las velas. Jesús va a resucitar esta noche, y Roma ya lo sabe: se prepara para celebrarlo.
Esta escena se produce en Santa María del Ara Coeli, iglesia en lo alto de la colina Capitolina. Está situada entre el Campidoglio, corazón del Imperio más grande y exuberante de la Antigüedad Clásica, y el Altar de la Patria. Es una de las muchas iglesias donde contemplar compungido el misterio de la pasión y festejar como un niño la resurrección. Su única pega es la altura: tantas escaleras hay que subir que parece que, si al acabar aún te quedan fuerzas, te plantas en el cielo con dos tramos más.
El centro de la Iglesia católica es un lugar fundamental de peregrinación y, especialmente, un sitio donde vivir la Semana Santa en comunión con todos los demás cristianos. Desde el balcón donde León XIV reza el Ángelus hasta la tienda de rosarios en la que te cruzas con cardenales, pasando por las heladerías en las que un «¿qué tal, páter, cómo está?» anticipa un gran postre y una conversación aún mejor.
Jóvenes y mayores se apretujan en torno al recorrido del papamóvil, guardando esas escenas con cariño toda la vida. Parecen una tontería, pero no lo son. Tengo una foto con Francisco de hace dos años y sé que no hay en mi familia nadie que no haya rezado por su pontificado, en parte gracias a tener esa imagen enmarcada en el salón. A la Iglesia hay que conocerla para quererla.
Cómo no, una ciudad tan grande y con una cultura milenaria es capaz de reunir entre sus muros un abanico muy amplio de movimientos. La diversidad del catolicismo es muy edificante, sin duda. Pero, como bien comentó un amigo mío, esto conlleva también su respectivo abanico de sensibilidades. Mi humor pícaro e irreverente de joven católico español ha chocado varias veces con la decencia, el decoro y la geografía, provocando más situaciones incómodas que risas. Ay, sin embargo, de esas conversaciones que han salido bien: anda que no he conocido a 17 monjas de Guatemala que ahora estarán rezando por mis intenciones, o a un pastor de Armenia con el que insistimos en sacarnos una foto.
En fin, Roma. Capital de un imperio que dominó el pasado y cuna de un reino que vivirá siempre. Donde, desde tiempos de César y Trajano, el arte y la belleza han sido máxima y se han acabado encontrando a Dios, en el altar de cada iglesia y en el mármol de cada monumento. Jesús ha resucitado, y en Roma ya lo saben, pues en todas partes no se escucha más que un alegre Buona Pasqua. En la urbe, la salvación sigue siendo noticia y motivo para celebrar.
Estudiante de 5º curso de Ingeniería de Telecomunicaciones y Business Analytics.



