Evangelio

Nunca caminarás solo. Domingo VI de Pascua (A)

Vitus Ntube nos comenta la lecturas del Domingo VI de Pascua (A) correspondiente al día 10 de mayo de 2026.

Vitus Ntube·7 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

A medida que nos acercamos a la gran fiesta de Pentecostés, la liturgia nos prepara suavemente para la venida del Espíritu Santo. Las lecturas de hoy señalan claramente su presencia viva en la Iglesia. Mientras Cristo se prepara para ascender al Padre, se nos recuerda una canción que se ha hecho famosa en el mundo del fútbol: “Nunca caminarás solo”. Expresa algo profundamente cristiano: no estamos abandonados. No caminamos por la vida solos. Permanecemos en la comunión de los creyentes, siempre acompañados por el Espíritu Santo.

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles escuchamos acerca de la obra apostólica de Felipe en Samaría. Su predicación de Cristo se resume bellamente en una sola frase: “La ciudad se llenó de alegría”. Esa es la señal de una misión cristiana auténtica. Donde Cristo es anunciado y acogido, la alegría echa raíces. El mensaje cristiano no es una carga; es una buena noticia. Transforma los corazones, las familias y las ciudades.

Samaría llegó a ser conocida como una ciudad llena de alegría porque acogió a Cristo. ¿Qué sucede con nuestras ciudades, nuestras comunidades, nuestros hogares? ¿Podrían describirse como lugares de alegría porque Cristo es acogido en ellos, como ocurrió en Samaría? La alegría es posible si dejamos que Cristo camine a nuestro lado en nuestras actividades diarias.

Pero Cristo no camina con nosotros de manera aislada. Camina con nosotros en y a través de la Iglesia. Esto lo vemos claramente en la misma lectura. Cuando los apóstoles en Jerusalén oyeron que Samaría había recibido la palabra de Dios, “enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo”. Estos dos pilares de la Iglesia no permanecieron en Jerusalén. Bajaron para acompañar a la nueva comunidad, para orar con ellos y por ellos.

En particular, oraron para que los recién bautizados recibieran el Espíritu Santo. Este momento es uno de los primeros testimonios de lo que hoy reconocemos como el sacramento de la Confirmación, el segundo sacramento de la iniciación cristiana.

En el Evangelio, Jesús hace una promesa que da un significado más profundo a todo esto: “Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad”.

Aquí Jesús revela el corazón de Pentecostés. El Espíritu Santo no es simplemente una fuerza o una presencia abstracta. Es el abogado, consolador, defensor, maestro y compañero. El Espíritu Santo nos enseña la verdad, nos fortalece en la debilidad y nos recuerda que pertenecemos a Dios. Nos acompaña en el ritmo ordinario de la vida diaria: en el trabajo, en las responsabilidades familiares, en los momentos de incomprensión, en la enfermedad, en la duda. Con el Espíritu, incluso el día más ordinario se convierte en un lugar de encuentro con Cristo.

Jesús nos dice en el Evangelio que no nos dejará huérfanos. Cristo camina con nosotros. La Iglesia camina con nosotros. El Espíritu Santo nos acompaña.

Podemos reformular las palabras de aquella canción:

Camina, camina, con Cristo en tu corazón,

y nunca caminarás solo.

Nunca caminarás solo.

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