Vocaciones

Miguel Varona: “Pedro Manuel Salado nos habla de que la vida es para darla”

El postulador de la fase diocesana de la causa de beatificación de Pedro Manuel Salado Alba recuerda la vida de este gaditano que podría ser el primer beatificado por la vía del “ofrecimiento de la vida”.

Maria José Atienza·7 de mayo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

El pasado 27 de abril, el Bolletino diario de la Santa Sede publicaba la promulgación de los decretos relativos a la causa de beatificación de diversos fieles de la Iglesia. Entre ellos, y por primera vez, se señalaba una causa de beatificación por la vía de “ofrecimiento de la vida”. 

Se trata de Pedro Manuel Salado Alba, “fiel laico, miembro de la Asociación «Hogar de Nazaret», nacido el 1 de enero de 1969 en Chiclana de la Frontera (España) y fallecido el 5 de febrero de 2012 en Playa de Tonsupa, cerca de Atacames (Ecuador)”.

Con este paso, sólo hace falta un milagro realizado por Dios a través de la intercesión de este gaditano, para ver a Pedro Manuel Salado en los altares como beato de la Iglesia católica. 

La «ofrenda de la vida» es una vía de beatificación y canonización introducida por el Papa Francisco en 2017 mediante el Motu Proprio «Maiorem hac dilectionem». Esta vía permite elevar a los altares a cristianos que, impulsados por la caridad, ofrecieron heroicamente su vida por el prójimo, aceptando una muerte segura, como fue el caso de Pedro Manuel Salado. 

Omnes ha hablado con el postulador de la fase diocesana de la causa de Pedro Manuel Salado, el sacerdote Miguel Varona, quien remitió a Roma los archivos de esta primera fase y cuyo trabajo ha continuado, ya en la Santa Sede, Fray Alfonso Ramírez Peralbo, OFMcap. 

Pedro Manuel Salado murió en Ecuador, ¿por qué se incoa su proceso en la diócesis española de Córdoba? 

–Normalmente, las causas de beatificación y canonización se inician en las diócesis en las que ha muerto la persona. Sin embargo, se pidió permiso a la diócesis de Esmeraldas, en Ecuador, donde murió Pedro Manuel Salado, para iniciarla en la diócesis de Córdoba.

En Córdoba había bastantes testigos de su vida, incluso algunos de los que estuvieron presentes en el momento de la muerte.

Además, Pedro Manuel vivió un tiempo en Córdoba. Así que la causa se inició en Córdoba. Durante el proceso, se envió a Esmeraldas al tribunal para que tomase testimonio a algunas personas que vivían allí en Ecuador.

De hecho, los siete niños que fueron salvados por Pedro Manuel fueron interrogados y también algunas personas estuvieron presentes en ese momento. 

Pedro Manuel entrega su vida en un acto heroico pero, ¿su vida fue extraordinaria?

–Los santos no son superhéroes, no son gente rara que hace cosas extrañas. El santo no está levitando todo el día, ni está dedicado solo a la oración.

Los santos hacen extraordinario lo ordinario: el amor, la fe, la esperanza, la fortaleza, la justicia, además de las virtudes anejas por el estado de vida propio, casados o célibes, etcétera. 

De Pedro Manuel he ido viendo, -y lo dije en otra ocasión- que es como un iceberg. Se ve en él una humildad tremenda. 

Es enviado a Ecuador, y acepta por obediencia, servir allí en la misión de Hogar de Nazaret. También tiene una caridad enorme, que se demuestra en cómo trató, cuidó, educó y veló por los niños de su grupo de Hogar de Nazaret. 

Creo que, sobre todo, fue ese amor por los niños lo que hizo que, en el momento supremo de esa entrega, de ese ofrecimiento de la vida, saliese de él ese grito “¡Tengo que salvar a mis niños!” .

Eso no es un impulso, no es un arrebato, es consecuencia de toda una vida. En ese momento, dice la palabra exacta, “doy la vida por mis niños, tengo que ir a salvar a mis niños” y se metió en el mar, para salvar a estos siete niños. 

¿Cómo conoció Pedro Manuel Salado el Hogar de Nazaret? 

–El Hogar de Nazaret nació en Córdoba en 1976, y cuenta con aprobación eclesiástica desde 1978. Lo fundó María del Prado Almagro, que también está en proceso de beatificación. 

Pedro Manuel conoció esta asociación de fieles en 1987 y vió su vocación. Llegó a Córdoba en el año 1988 para servir en una casa del Hogar.

En Córdoba vive hasta 1999, llega a ser nombrado secretario general del Hogar de Nazaret. Y un poco más tarde incluso lo nombran consejero general. 

En 1999 es destinado como misionero a Ecuador, a un hogar para niños que tienen en Quinindé, en Ecuador, una zona de la prelatura de Esmeraldas. 

Allí vive una realidad muy diferente. Hay un colegio para niños y otro para niñas. Un tiempo después es nombrado director de una unidad educativa en Quinindé. 

El trabajo es muy grande porque tienen una cantidad enorme de niños en las escuelas y casas. Así va entregando su vida, poco a poco, hasta ese ofrecimiento de su vida total. 

Para quienes no conozcan la muerte de Pedro Manuel, ¿cómo fue ese momento?

–Desde el Hogar iban, de vez en cuando, a una casa que les prestaban en la playa, en Atacames. Estamos hablando de febrero del año 2012. Son unas playas muy bonitas pero que tienen unas corrientes sorpresivas, traicioneras.

Estaban allí chicos desde los 17 hasta pequeñitos jugando en la orilla y,de repente, vino una ola que arrastró a siete niños, de diversas edades, mar adentro. 

En ese momento, Pedro Manuel dice ese grito “¡Tengo que salvar a mis niños!», y se arroja al mar. Hay que puntualizar que, aunque Pedro Manuel era de Chiclana (Cádiz), y sabía perfectamente nadar, tenía un respeto soberano por el mar. Él mismo había enseñado a muchos de sus niños a nadar, de hecho.

Ante la fuerza de esa corriente se lanza, mientras que otras personas de la orilla se quedaron como paralizados. 

Pedro Manuel empezó a sacar niños poco a poco, alguien le lanzó una tabla de surf en la que monta a algunos de los menores. 

Al final quedaban dos hermanos, Selena y Alberto, y con gran esfuerzo, los llevó a la orilla. Ahí es donde él muere, por una parada cardíaca producida por la mezcla de agotamiento, el agua tragada, etc. 

¿Qué nos dice la vida de Pedro Manuel Salado a los cristianos hoy? 

–Creo que, lo que nos dice es que dar la vida por amor, siguiendo el ejemplo de Cristo, es algo que los cristianos debemos sentirnos impulsados a hacer. 

Ciertamente hay personas que dan la vida por los demás como algo propio de su oficio o de su trabajo, pero en el caso de Pedro Manuel no es un gesto aislado, sino que es un crecimiento, un progreso en el amor. 

Su testimonio nos habla de que la vida es para darla, para entregarla, de muchas maneras, en la vida diaria, si, pero también en esos momentos extremos en los que, con la fuerza de Dios, podemos dar la vida por lo demás.

Leer más
Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica