La Solemnidad del Corpus Christi en la vivencia litúrgica es una fiesta que hace recoger las mieles de la Pascua. Es la celebración del mayor tesoro que Cristo dejó a su Iglesia: su presencia real y permanente en la Eucaristía.
Me gustaría ir desgranando aspectos que iluminan y dan vigor a la vitalización que la Eucaristía realiza en la Iglesia y en la vida cristiana.
Cristo Eucaristía es alimento del hombre
Vivimos en una época marcada por muchas hambres. El ser humano tiene hambre de felicidad, de verdad, de sentido, de amor auténtico, de paz interior, de esperanza… En el fondo, el hombre tiene hambre de Dios. “Nuestra naturaleza hambrienta lleva marca de una indigencia que es saciada por la gracia de la Eucaristía” (León XIV, Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre. 22-VI-2025)
Cuando Jesús está presente, nunca falta lo necesario. “Así como el hambre es señal de nuestra radical indigencia vital, así también el partir el pan es signo del don divino de la Salvación” (León XIV, Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre. 22-VI-2025).
En la Pascua se nos entrega la Eucaristía
La Eucaristía nace precisamente en el contexto de la Pascua (cfr. Mc 14,15). Cuando los discípulos preguntan a Jesús dónde deben preparar la cena pascual, el Señor responde con indicaciones misteriosas y llenas de simbolismo. Todo parece ya dispuesto en el corazón de Cristo. “En este episodio, el evangelio nos revela que el amor no es fruto del azar, sino de una elección consciente. No se trata de una simple reacción, sino de una decisión que requiere preparación” (León XIV, Audiencia general, miércoles 6-VIII-2025)
Preparar la Pascua del Señor es disponer el corazón para el encuentro con Cristo vivo.
La Eucaristía es el amor hasta el final
La Eucaristía es inseparable de la Cruz Gloriosa. “Durante la cena, cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de traicionarlo… Jesús sabiendo que había llegado su hora… los amó hasta el final” (Jn 13, 1-2).
La Eucaristía forma el corazón cristiano. Nos enseña el lenguaje del don, del sacrificio y de la entrega. “El ejemplo del Señor sigue siendo para nosotros un criterio urgente de acción y servicio” (León XIV, Homilía en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre. 22-VI-2025).
La Eucaristía genera un encuentro de amor
Las relaciones nuevas del amor se suceden en el Cenáculo. Durante la cena pascual Jesús revela que uno de los Doce está a punto de traicionarlo. “En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo” (Mc 14,18). Jesús revela estas palabras desde la confianza y la verdad. Y surge en los apóstoles la pregunta. “¿Seré yo?, será quizá una de las preguntas más sinceras que podemos hacernos a nosotros mismos. No es la pregunta del inocente, sino la del discípulo que descubre su fragilidad. No es el grito del culpable, sino el susurro de quien, aunque queriendo amar, sabe que puede herir. Es en esta conciencia donde inicia el camino de la salvación” (León XIV, Audiencia general, miércoles 13-VIII-2025).
Desde esta pregunta entendemos la profundidad de la adoración eucarística. Permanecer en silencio ante el Santísimo Sacramento transforma lentamente el corazón.
María primer sagrario viviente
En este sentido, María ocupa un lugar especial dentro del misterio eucarístico. Ella fue el primer sagrario de la historia, porque llevó en su seno al Hijo de Dios. Su vida entera fue una ofrenda humilde y silenciosa. María enseña a adorar, a acoger y a entregarse totalmente a la voluntad del Señor.
La Solemnidad del Corpus Christi nos recuerda que la Eucaristía es el corazón vivo de la Iglesia y la fuente de toda vida cristiana. En ella, Cristo continúa haciéndose alimento para sostener nuestra esperanza y saciar el hambre más profunda del corazón humano. La Eucaristía nos transforma, nos une y nos envía a vivir en el amor y en el servicio a los demás. No estamos solos, porque el Señor sigue caminando con su pueblo.

Arzobispo de Toledo, Primado de España.





