El tema de la Palabra de Dios ocupa el centro de la liturgia de hoy. En la primera lectura, la Palabra es comparada con la lluvia y la nieve que descienden del cielo para regar la tierra y hacerla fecunda. En el Evangelio, se asemeja a la semilla esparcida en distintos tipos de terreno. El centro de las lecturas no es solamente la palabra en sí misma, sino también la manera en que es proclamada y recibida.
El Evangelio nos presenta la conocida parábola del sembrador. Sin embargo, esta parábola es más que un simple relato con una enseñanza moral. Como observa el Papa Benedicto XVI, es en muchos sentidos “autobiográfica”, porque refleja la misma experiencia de Jesús y de su predicación. Cristo se presenta como el sembrador que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, mostrando al mismo tiempo que su fecundidad depende de la disposición de quienes la reciben.
Hoy se presta especial atención al método de enseñanza de Jesús. Después de escuchar la parábola, los discípulos se acercan a Él y le preguntan: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Jesús responde: “A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no”.
¿Por qué Jesús elige enseñar en parábolas? A lo largo del Evangelio le vemos enseñar de diversas maneras. Pronuncia el Sermón de la Montaña de forma directa y clara. Ahora, sin embargo, adopta otro estilo de enseñanza. Este cambio sorprende incluso a los discípulos, y por eso le preguntan acerca de ello.
El uso de las parábolas nos enseña que la Palabra de Dios exige esfuerzo, reflexión e interpretación. Interpela no solo la inteligencia, sino también el corazón y la voluntad. La palabra no puede ser recibida de manera pasiva o indiferente. Para que dé fruto en nuestra vida, debemos comprometernos personalmente con ella. Debemos permitir que nos interpele y nos transforme.
Quien escucha la parábola está llamado a convertirse en tierra fértil: abierta, receptiva y dispuesta a reflexionar profundamente para captar el significado del mensaje. La humildad y la apertura son, por tanto, esenciales. Quienes se acercan a la Palabra como los discípulos que se acercaron a Jesús para pedirle una explicación, reciben una comprensión más profunda de los misterios del reino.
La liturgia de hoy nos enseña cómo recibir y difundir la Palabra de Dios. La parábola nos anima a comprometernos profundamente con la Sagrada Escritura para que la Palabra dé fruto en nosotros —treinta, sesenta y hasta cien por uno—. Cuando compartimos la Palabra con los demás, debemos hacerlo de un modo que apele a su libertad e involucre su inteligencia.





