Afirmaba el académico Octavio Ruiz Manjón, hablando de la persecución religiosa en España durante la Segunda República y la Guerra Civil en España, que los historiadores siempre hemos tenido un problema serio al hablar de la historia de la masonería y de su influencia real en la vida de la Iglesia y en la sociedad civil; y ese problema es, simplemente, la escasez de documentos fiables.
El origen del problema radica, como comentaba certeramente Francisco de Vitoria —cuyo V Centenario del nacimiento de la Escuela de Salamanca estamos celebrando (1526-2026)—, en la famosa Relección acerca del poder civil [y el poder eclesiástico]. Según esta, así como es muy importante y conveniente que exista una única autoridad espiritual en el mundo centrada en Roma y en el Santo Padre, es sencillamente imposible —explica Vitoria— que se alcance un poder civil, social y económico único. Esto se debe a la existencia de las pasiones humanas, especialmente el egoísmo y la soberbia; pasiones que aquejan al ser humano como persona y como “animal social por naturaleza”.
Que Dios haya querido dejar la resolución de los problemas humanos, sociales y económicos en manos de las autoridades civiles constituidas, implica constantemente la necesidad del diálogo entre las diversas naciones agrupadas actualmente en la Organización de Naciones Unidas.
Precisamente, en tiempos de la Ilustración, como no podía ser de otra manera, terminaron de cuajar planteamientos de lobbies o grupos de presión que, caracterizados por el culto a la razón y al progreso, movidos por un deseo vaporoso de fraternidad universal y de culto a un Dios lejano, —al Dios del deísmo expresado por Voltaire (1694-1778) y otros iluminados—, terminaron por crear la masonería.
Ciertamente, la concepción de que Dios fuera el “arquitecto del universo” implicaba que este habría creado el mundo y fijado sus leyes, para luego desentenderse del día a día de los hombres, al no existir una relación personal con ellos. Por lo tanto, la humanidad debía ser gobernada por los monarcas correspondientes, por la revolución, por el paraíso comunista o por todo a la vez, de acuerdo con aquello a lo que el pueblo —que detentaba el poder— decidiera entregar su obediencia para vivir en paz y libertad
Orígenes históricos
Es lógico que algunos hombres económicamente poderosos, con influyentes contactos sociales, decidieran constituir un grupo de poder —un lobby, como lo llamamos ahora— en la Inglaterra de 1717, y en la Francia de 1773. Este grupo nació con un trasfondo religioso deísta, pero con una verdadera preocupación espiritual y el deseo de dirigir las grandes líneas de la sociedad, la política y la fraternidad universal. No debemos olvidar que, en aquellos tiempos, gobernaban monarcas ilustrados que terminaron por volverse tan déspotas que propiciaron el ciclo revolucionario del siglo XIX. Ciertamente, la influencia de la masonería en este proceso es un factor clave a tener en cuenta.
Bajo ese altruismo se escondía también el afán de proteger sus intereses económicos y sociales en un mundo de economía globalizada, donde las rutas comerciales de Oriente y América ya habían sustituido a las pequeñas operaciones del Mediterráneo. Es decir, el mundo globalizado era un hecho, y resultaba necesario proteger los intereses de las grandes familias de una burguesía que estaba sustituyendo a la nobleza y a la monarquía para convertirse en los verdaderos dueños del mundo.
De hecho, en la actualidad, las empresas multinacionales manejan presupuestos muy superiores a los de la mayoría de los países e influyen directamente en los gobiernos, los cuales, a su vez, subsisten gracias a los impuestos que recaudan de ellas.
Estructura organizativa
A partir de 1774, las primeras logias masónicas se fueron constituyendo y dividiendo en grandes obediencias: la inglesa, la francmasonería francesa, la escocesa, la irlandesa, la española y la americana. Como se puede observar, se cumplieron las predicciones de Francisco de Vitoria y, desde entonces, la masonería ha sufrido constantes divisiones.
Sin embargo, esto no tiene mayor importancia para la organización, pues la verdadera masonería se estructura en varios círculos concéntricos. Así lo explica José Antonio Ferrer Benimeli —catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, académico de la Real Academia de la Historia y jesuita—, cuya ingente obra sobre la masonería él mismo se encargó de resumir en un exitoso libro de bolsillo editado por Alianza Editorial, el cual sigue siendo una obra de referencia (Madrid, 2019, 392 pp.).
Respecto a estas obediencias, en las páginas de Ferrer Benimeli se pueden leer sus historias detalladas. Estas crónicas han sido redactadas gracias a los testimonios de personas que abandonaron las logias, a documentos emanados por ellos mismos debido a políticas de transparencia o a los resultados de minuciosas investigaciones. Al ser entidades intermedias, cuentan con sus propios grados, compromisos de información, disputas y dificultades internas. Por ello, siempre saldrán a la luz historias de traiciones o de apoyos económicos y políticos; la masonería intermedia no se involucra directamente, como institución, en los partidos políticos o en las estructuras eclesiásticas y sociales, sino que son sus miembros individuales quienes reciben las instrucciones “desde arriba”.
El núcleo secreto y su influencia política
Según esta estructura, la verdadera masonería está constituida por un núcleo central muy pequeño: pocas personas de gran inteligencia, sumamente ricas y poderosas. El hecho de que permanezcan en el anonimato le otorga a la organización un halo de secretismo que resulta capital para sus intereses. Ellos son quienes realmente marcan las orientaciones ante los grandes problemas mundiales en las diversas naciones.
Por ejemplo, se ha afirmado que este grupo movió dinero e influencias para apoyar a la izquierda en España con el fin de fortalecer el centro democrático que impulsaba Manuel Azaña; sin embargo, la situación se les fue de las manos y desembocó en la guerra civil española. Debido a esto, el general Franco los persiguió, acusándolos de deformar la política liberal. Como es lógico, sobre este núcleo duro no existen documentos oficiales, nombres propios ni delaciones.
La dimensión espiritual y filosófica
Existe, por supuesto, una vertiente de religiosidad muy importante en el núcleo duro de la masonería. Incluso se ha llegado a asegurar que para acceder a este nivel es necesario realizar públicamente un pacto con el demonio, aunque esto es algo imposible de averiguar. Lo que sí resulta evidente es que, tanto en gran parte de ese núcleo cerrado como en muchas de sus sociedades intermedias y obediencias, sigue latiendo un profundo deseo de espiritualidad.
De hecho, son ellos quienes actualmente deciden la orientación espiritual que debe tomar la sociedad, impulsando la publicación de determinados textos. De ahí la enorme importancia que en estos círculos se atribuye a filósofos como Baruch Spinoza, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, o a corrientes como la “Nueva Era”, entre otros pensadores que llenan los anaqueles de las librerías más importantes del mundo. Esta estrategia es comprensible, ya que estas corrientes ahondan en la búsqueda de una religión que satisfaga la necesidad espiritual inherente al corazón humano y que, a su vez, pueda impulsar la fraternidad universal.
Para comprender este enfoque, conviene recordar que el concepto masónico de religión procede originalmente de Cicerón, para quien la palabra vendría de “relegere” (es decir, una “relectura” del mundo y de su organización a partir de la existencia de un Dios deísta). Esta visión se opone al concepto cristiano de religión descrito admirablemente por Lactancio en los primeros siglos del cristianismo; conmovido por el ejemplo de los mártires, Lactancio argumentaba que religión proviene de “religare”, es decir, del acto de “atarse” a Dios, uniendo y entrelazándose a los seres humanos con la divinidad.
La reacción de la Iglesia católica
Por esta razón, siempre ha existido una profunda desazón en el grupo íntimo de la masonería ante las constantes condenas que los Papas han lanzado contra ellos y sus organizaciones intermedias a lo largo de la historia.





