Una noche de 1941, se fugó un preso del campo de concentración de Auschwitz y, según los nazis, por cada hombre fugado deberían morir diez. La primera elección recayó sobre el sargento polaco Franciszek Gajowniczek, de 41 años. En medio del silencio empezó a llorar y decir: “Dios mío, tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?”. Maximiliano Kolbe se ofreció para sustituirle, diciendo: “Yo me ofrezco para sustituir a este hombre, soy sacerdote católico y polaco, y no soy casado”.
El oficial lo aceptó y el padre Kolbe fue enviado, junto a los otros nueve, a una celda en la que no recibirían ni agua ni alimento. Al segundo o tercer día comenzaron a morir algunos. Entre tanto, en aquella mazmorra se escuchaban plegarias y cánticos a la Virgen.
El 14 de agosto de 1941
Los alemanes tenían un polaco guardián encargado de sacar los cadáveres de los que morían y de vaciar la letrina colocada en la celda. Él lo ha contado, y su relato está en las arcas de los tribunales de justicia y en los archivos del Vaticano. Kolbe y otros tres duraron hasta el día quince, ha contado Pedro Estaún. El comandante necesitaba la celda para un nuevo lote de condenados y mandó al médico del campo que una inyección de ácido fénico apagara el último pulso de sus vidas. Era el 14 de agosto de 1941. Kolbe tenía 47 años de edad.
El ofrecimiento de Kolbe no fue un hecho heroico aislado. Su vida estuvo llena de entrega a Dios. A los trece años, ingresó en el Seminario de los Franciscanos Menores Conventuales en Leopolis. En 1931, el Papa solicitó misioneros para evangelizar Asia. Maximiliano se ofreció como voluntario y fue enviado a Japón donde permaneció cinco años.

En el campo de exterminio nazi le destinaron a campos forzados, y sufrió, como sus compañeros, humillaciones, golpes, insultos, mordiscos de los perros, chorros de agua helada cuando estaba devorado por la fiebre, sed, hambre, idas y venidas arrastrando cadáveres desde las celdas al horno crematorio… Auschwitz era la antesala del infierno, relata Estaún.
Beatificado por san Pablo VI, canonizado por san Juan Pablo II
El papa san Pablo VI lo declaró beato en 1971. Entre los peregrinos que asistieron procedentes de Polonia venía un viejecito de nombre Franciszek Gajowniczek: era el hombre por el cual Kolbe había ofrecido su propia vida treinta años atrás.
Años después, san Juan Pablo II, tras su elección como Romano Pontífice, visitó Auschwitz y dijo: “Maximiliano Kobe hizo como Jesús, no sufrió la muerte sino que donó la vida”. El 10 de octubre de 1982, el Papa polaco le canonizó ante una multitud en la Plaza de San Pedro.
El Museo Estatal de Auschwitz, donde fueron deportadas alrededor de 1,3 millones de personas y aproximadamente 1,1 millones fueron asesinadas, documenta hasta 149 sacerdotes y religiosos católicos varones que fueron exterminados en el campo, pertenecientes a 23 congregaciones religiosas distintas, además de sacerdotes diocesanos.
Igual de conocida que Maximiliano Kolbe, o aún más, es la religiosa carmelita Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), sobre la que ha hablado el pasado día 9 la argentina Irene Chikiar, autora de la biografía “Edith Stein. Judía. Filósofa. Santa”, en una entrevista en la que denomina a la carmelita “la Santa Teresa de nuestro tiempo”.

León XIV: “víctimas de la persecución de regímenes totalitarios”
Nueve sacerdotes salesianos polacos, asesinados en Auschwitz y Dachau, fueron beatificados el 6 de junio en el Santuario de San Juan Pablo II en Cracovia, durante una Misa presidida por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos el pasado 6 de junio de este mismo año.
En la ceremonia se destacó no solo su martirio, sino también sus vidas como educadores, pastores y mentores de jóvenes.
El Papa León XIV, tras el rezo del Ángelus el 14 de junio, recordó a los recién beatificados, y dijo: “Todos fueron beatificados como mártires, como víctimas de la persecución de regímenes totalitarios a causa de su fidelidad a Cristo”.
“Dieron su vida por educar a los jóvenes, y por eso representaban un peligro para el ocupante”, declaró a OSV News el padre Dariusz Bartocha, superior provincial de la Provincia Salesiana de Cracovia.
Destruir la educación
El padre Bartocha afirmó que las autoridades de ocupación nazis consideraban al clero, a los maestros y a los intelectuales polacos como obstáculos para sus planes de destruir la identidad nacional y reprimir la resistencia.
En efecto, Dachau se convirtió en el principal campo de concentración para el clero católico encarcelado. Casi 2.800 clérigos estuvieron recluidos allí durante la guerra, incluidos unos 1.780 polacos, según el Instituto de la Memoria Nacional de Polonia. Las edades de estos clérigos oscilaban entre los 30 y los 60 años. Algunos eran párrocos, otros maestros, profesores de seminario, administradores escolares y coordinadores de pastoral juvenil.
Los verdaderos vencedores
Para el padre Pierluigi Cameroni, postulador general de los salesianos, la importancia de los nuevos mártires va mucho más allá de la historia de la guerra.
Citando la descripción que hizo San Juan Pablo II de los mártires del siglo XX como “soldados anónimos en la gran causa de Dios”, el padre Cameroni declaró a OSV News que los nueve salesianos demuestran que “cuando la muerte parece haber triunfado, los verdaderos vencedores son aquellos que, sufriendo por la fe, participan de manera extraordinaria en la Cruz de Cristo y se adhieren a su plan de salvación”.
Stanislawa Leszczynska, matrona en Auschwitz
Entre las personas en las que la Iglesia ha podido fijar su atención se encuentran también mujeres casadas y con hijos como la matrona Stanislawa Leszczynska.
Como los nazis ejecutaban a las mujeres embarazadas Stanislawa tuvo que improvisar una “sala de maternidad” junto a las calderas, llenas de insectos y humedad.
Ese lugar se convirtió, sin embargo, en la salvación de miles de madres y niños por nacer. La fe católica de la matrona la llevó a bautizar a cada recién nacido con la señal de la cruz en la frente. “Mutti”, así la llamaban, estuvo en Auschwitz hasta su liberación por las tropas soviéticas el 26 de enero de 1945, falleció en 1974 y su causa de canonización se ha introducido en la diócesis de Lodz.





