A las 10.50 de la mañana, el Papa León XIV llegó al Centro Penitenciario Brians 1, en Sant Esteve Sesrovires, para encontrarse con unos 80 reclusos en el auditorio de la prisión. Un encuentro de media hora que reunió también a internos de los centros Brians 2 y Wad Ras, junto a capellanes y voluntarios de la pastoral penitenciaria diocesana de Sant Feliu de Llobregat.
Antes de que el Papa tomara la palabra, dos internas compartieron sus testimonios ante el Santo Padre y el resto de asistentes. Sus relatos, distintos en el punto de partida pero convergentes en lo esencial, marcaron el tono de toda la visita.
Dos caminos hacia la misma fe
Montse, de Barcelona, habló de una fe que tardó en llegar. Durante años intentó creer sin conseguirlo: “La vida no me lo había permitido”, explicó. El golpe más duro fue la muerte de su hijo, una pérdida que la enfrentó al silencio de Dios y que tardó mucho en procesar: “He peleado mucho con él, y me ha costado la vida entender que Dios no es el culpable”. Fue en la cárcel donde, paradójicamente, encontró lo que buscaba fuera: “Volví a creer aquí dentro y agradezco el don de la fe”.
Tras su testimonio, se llevó no uno, sino dos abrazos, por iniciativa del propio Santo Padre, que quedó conmovido por la sencillez de sus palabras.
Josefina, en cambio, creció dentro de la Iglesia. Bautizada, comulgada y confirmada, siempre sintió que “Dios caminaba conmigo”. Pero también ella conoció la sacudida: el accidente de su hijo tambalé sus certezas. A diferencia de Montse, no llegó a perder la fe —“no quiero pedirle explicaciones”, dijo—, aunque sí la vio temblar. Su hijo sobrevivió y ella lo vive como un milagro: “Siempre es Dios”. Hoy, en prisión, afirma que Jesús le da fuerza: “Si no, no sé cómo hubiera aguantado esto”.
Dos trayectorias distintas —la que llegó a la fe desde la oscuridad y la que la mantuvo a pesar del dolor— que el Papa recogió con gratitud al inicio de su discurso.
Las palabras del Papa
León XIV comenzó saludando en catalán —“Gràcies a tots pel vostre acolliment tan ple de simpatia i cordialitat!”— antes de dirigirse en castellano a los presentes.
“Me siento edificado por el testimonio que nos han compartido Montse y Josefina”, dijo el Pontífice, agradeciendo también la labor de los capellanes y voluntarios de la pastoral penitenciaria.
El núcleo de su mensaje fue la dignidad incondicional de toda persona. Apoyándose en su reciente documento Magnifica humanitas, recordó que todo ser humano es “digno” por el mero hecho “de haber sido querido, creado y amado por Dios”, y que “no existe ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada”. Un amor, subraya, que “está siempre por encima de cuánto bien o mal hayamos hecho”.
Dirigiéndose directamente a los internos, el Papa reconoció el peso de su situación y los invitó a no dejarse vencer por la tentación de sentirse menos: “Alzad vuestra mirada hacia Aquel que, a través de la presencia de tantas personas, nunca deja de mostraros su amor y cercanía”.
Recurrió entonces a san Agustín y sus Confesiones para hablar de la posibilidad de transformación: “Si confiamos en la gracia divina y nos dejamos guiar y transformar por ella, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones”.
León XIV pidió a los reclusos que hicieran espacio al Señor en su corazón: “Aferrémonos a Él, que nos invita continuamente a la esperanza y nos muestra un horizonte maravilloso que ninguna barrera física puede impedirnos alcanzar”.
Y cerró con una frase que resonó en el auditorio de la prisión como un abrazo: “A cada uno os digo: ¡Dios te ama como eres, pero te sueña mejor! El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar”.
Para finalizar el acto, el Papa rezó el Padrenuestro con los asistentes e impartió la bendición apostólica. Recibió unos presentes de los presos y les regaló una imagen de la Virgen. Por último, atravesó el pasillo central saludando con calma a los presos.





