Aunque había sido nominada para cuatro óscars, la aclamada película Sueños de trenes de Netflix no logró ninguna estatuilla en la gala del pasado 15 de marzo. Sin embargo, he pedido a la profesora Rocío Montuenga que nos compartiera su reflexión sobre este magnífico filme. He aquí lo que escribe:
“Durante mis años universitarios, en las clases de Filosofía del Lenguaje, de Jaime Nubiola, aprendí una intuición que el tiempo no ha dejado de confirmar: existen realidades que exceden lo comprobable. Si tuviéramos que dividir el mundo entre aquello que puede verificarse y aquello que escapa a la experiencia sensible, en un lado quedarían la ciencia, lo tangible y todo cuanto puede ser explicado; en el otro, el universo de lo inefable. Ese ámbito del que, como escribió Ludwig Wittgenstein en su Tratado lógico-filosófico, ‘de lo que no se puede hablar, es mejor callar’.
Y, sin embargo, es precisamente allí donde habitan algunas de las preguntas más decisivas de la existencia. El amor, el sufrimiento, la belleza, Dios, la esperanza o el sentido de la vida difícilmente pueden reducirse a fórmulas o verificaciones empíricas. Son realidades que nos sobrepasan y, precisamente por ello, nos constituyen.
Cuestiones como ‘¿qué sentido tiene mi vida?’, ‘¿existe un propósito capaz de dar unidad a mis decisiones, mis pérdidas y mis anhelos?’ o ‘¿para qué estoy aquí?’ afloran inevitablemente. Más pronto o más tarde, el ser humano se enfrenta a ellas, no porque espere respuestas definitivas, sino porque vivir implica aprender a convivir con el misterio.
La fragilidad de la vida
Esas cuestiones laten silenciosamente en el protagonista de Sueños de trenes (Train Dreams, 2025), un hombre cuya existencia parece atravesada por la pérdida y por la búsqueda de una cohesión que otorgue unidad a su historia.
La película, dirigida por Clint Bentley y basada en la novela de Denis Johnson, se mueve entre el western y el drama rural, con el tempo pausado del slow cinema. Más que un relato de género, es una meditación sobre el misterio del sinsentido y la incesante —y radicalmente humana— búsqueda de sentido.
Desde sus primeros compases, Sueños de trenes sitúa al espectador junto a la voz en off de un narrador que acompaña la historia de Robert Grainier, un trabajador del Oeste americano que, a comienzos del siglo XX, participa en la construcción del ferrocarril. Huérfano desde niño, aprende demasiado pronto que la existencia puede quebrarse sin aviso.
En el ferrocarril, la injusta muerte de un compañero inmigrante —explotado y despreciado por no pertenecer al mundo de los hombres blancos americanos— deja en él una huella silenciosa difícil de borrar.
El dolor se instala entonces como interrogante, incluso en forma de sueños recurrentes en los que le asalta la presencia de su amigo. Desde entonces, Robert parece convivir con una pregunta persistente: por qué la vida hiere de maneras tan difíciles de comprender.
Sin embargo, el filme muestra también que el sentido vital rara vez aparece como una idea abstracta o como algo que organice linealmente la biografía; más bien irrumpe encarnado en personas concretas, en miradas y en gestos. En el caso de Robert, ese primer anclaje llega a través de Gladys, cuya compañía le devuelve una forma de reconciliación con la vida.
El amor, la posibilidad de un hogar y la llegada de su hija introducen una inesperada experiencia de plenitud en medio de una existencia áspera. La felicidad no se encuentra tanto en el dónde, el cuándo o el cómo como en el con quién.
Sentido y pérdida
Aquí resulta inevitable pensar en la exploración central de Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido. Frankl sostiene que el ser humano encuentra significado de tres maneras: mediante una obra o tarea, a través del amor y la belleza —el ‘don recibido’— y, finalmente, en el sufrimiento asumido.
La trayectoria de Robert parece recorrer, casi sin saberlo, esos tres caminos: el trabajo en la construcción del ferrocarril y como talador de árboles, el amor de Gladys y de su hija, y más adelante la experiencia devastadora de la pérdida. Allí donde parece abrirse un abismo de sinsentido, el argumento sugiere, con una delicadeza que recuerda al cine de Terrence Malick, que incluso el dolor puede transformarse lentamente en un lugar sagrado con significado.
Para narrar ese tránsito de un corazón quebrado —marcado por el duelo, la fragilidad y la fugacidad de la vida— Bentley recurre a la naturaleza como espejo y continuidad. La vida de Robert se entrelaza con imágenes de madera, hachas, troncos que caen y bosques abiertos por la intervención humana. Pero también con ríos que fluyen, pájaros que sobrevuelan el paisaje, flores que brotan en la intemperie, hogueras nocturnas y atardeceres que tiñen de calma las montañas de la América profunda.
La naturaleza no es aquí un simple decorado, sino una presencia viva que sugiere transformación, ciclo y permanencia en lo cambiante.
El llanto de Robert Grainier ante el vacío de sus pérdidas no lo encierra en sí mismo, sino que lo abre, paradójicamente, a una comprensión más honda de la vida en su incertidumbre. Incluso en medio del sufrimiento, su existencia no se reduce a lo perdido, sino que permanece atravesada por aquello que ha recibido y por aquello que ha podido entregar: su trabajo, su presencia, su amistad, su amor silencioso y su capacidad de sostener la vida de otros en gestos discretos.
Aprender a recibir
Quizá ahí se insinúe una intuición decisiva: que no todo sentido se construye, sino que también se acoge. La vida no se agota en lo que hacemos o conseguimos, sino también en lo que recibimos y en cómo lo recibimos. Y en esa acogida —de lo luminoso y de lo herido— se abre una forma más honda de sentido.
En esta línea, muchas veces el ser humano no encuentra su sentido porque lo reduce a lo que hace, lo que tiene o lo que produce. Sin embargo, la existencia parece desbordar esos límites: no se explica solo desde la acción, sino también desde la recepción.
Los árboles que aparecen en Sueños de trenes funcionan aquí como una metáfora especialmente elocuente. El tronco talado y el tronco erguido conviven en el mismo paisaje, recordando que la vida integra simultáneamente lo que nace, lo que cae y lo que permanece. En esa convivencia de contrarios se insinúa una comprensión más profunda de la existencia: no como dominio, sino como aceptación de su ritmo propio.
Desde esa mirada, la vida no se justifica solo por lo que nos sucede o logramos, sino también por lo que recibimos y por lo que somos capaces de devolver sin cálculo desde nuestro ser en presente. En ese intercambio gratuito se abre una forma más honda de sentido. Y quizá sea ahí, en una gratitud serena ante lo vivido, donde el ser humano encuentra la fuerza para seguir habitando el misterio de la existencia”.





