Me enteré del nombramiento a través de un grupo de WhatsApp, que es el canal por el que aquí, en Roma, llegan las noticias de la Santa Sede de inmediato. “Mujer, mexicana, de menos de cuarenta y gran experta en comunicación eclesial”, resumía el emisario. Montserrat Alvarado dirigirá a partir de noviembre el Dicasterio para la Comunicación: primera laica al frente de un “ministerio” vaticano y la prefecta más joven hasta el momento. Recordé que Joaquín Navarro-Valls propuso en su momento ser sustituido por una mujer laica.
Él mismo contaba que, en 1993, un periodista inglés publicó que a Juan Pablo II le quedaban, como mucho, cuatro años de vida. El portavoz salió al paso y dijo, con esa elegancia suya de esgrimista: “a veces se publican noticias que responden más a los deseos de quien las escribe que a la realidad”. Y la realidad, que no ahorra en ironía, dispuso que aquel profeta muriera dos años después y que el desahuciado siguiera adelante doce más. Comunicar la fe también es eso: corregir los deseos con los hechos, y siempre sonriendo.
Ahora el deseo de Navarro-Valls se vuelve hecho. El Vaticano confía su voz a una laica, nacida en México y con nombre de advocación mariana catalana. A mí me parece una encarnación de catolicidad extraordinaria. La Iglesia no busca propaganda; busca traducción simultánea del Evangelio, y para eso conviene alguien que hable, además de varios idiomas, la lengua que permita escuchar su mensaje.
Lo demás lo dice la etimología, que es la teología de los humildes: comunicación pertenece a la familia de la comunión. Cuando falta la segunda, la primera se vuelve ruido. El reto de Alvarado es formidable, pero la tarea es la de siempre: que la mejor noticia de la historia siga llegando a su hora, también a un grupo de WhatsApp.
Profesor de la Facultad de Comunicación Eclesiástica de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.





