Era una oscuridad nueva, penetrante. Era como asomarse a una noche inexplorada, como visitar un lugar conocido pero con la sensación de hacerlo por primera vez. Era como volver a casa, pero sin haber estado allí antes. Era como mirar un espejo que no refleja, sino que sumerge.
Fue, sin lugar a dudas, una experiencia inmersiva. Fueron pocos segundos, pero pasaron muchas cosas. Era como ver el mundo por primera vez a través de los ojos de esa niña que me miraba por primera vez a mí.
Eran los ojos grises de Elena, que no sé si seguirán siendo grises con el paso de los años. Pero ese gris ya es mío, ya está impreso en la memoria, inolvidable.
Si tuviera que definirlos, diría que son ojos abismales. No solo porque sean grandes, sino porque evocan un abismo. Te asomas y te sumergen: producen una fascinación llena de misterio.
Sorpresa, admiración, curiosidad, expectación: una inmensa escala de grises, un torbellino de sensaciones ya vividas alguna vez, pero nunca como esta vez.
Misterios pensados
Miles de cosas reaprendí en pocos segundos, sorprendido por el azote de gracia que fue mirar por primera vez a los ojos a mi primera sobrina. Digo que reaprendí porque, como dice el libro de los salmos, “un abismo llama a otro abismo”: esos ojos abismales me hicieron pensar en tantos misterios ya pensados, pero tan inefables que a ellos nunca terminaremos de volver.
Pensé en el abismo de belleza que es el Creador, pensé en cómo serían a esa edad −cinco meses− los ojos del Redentor, pensé en que probablemente el Reino de los Cielos es de los que son como niños porque son la muestra viva de que Dios hace nuevas todas las cosas, y le bastan dos ojos de niña para refrescar un corazón.
Hija de Dios
Pocas horas después, no tuve más remedio que despertar a Elena de una forma brusca: echándole agua en la cabeza. Había resistido muy bien la Misa de su bautismo, pero la homilía de su tío sacerdote probablemente contribuyó a adelantar la siesta. Llegado el instante de bautizarla en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Elena estaba profundamente dormida.
Fue el único momento de toda la ceremonia en que lloró: el momento exacto en que Dios la hizo suya, en que la convirtió en hija de Dios. La pobre no tuvo más remedio que llorar, sorprendida por ese despertar tan abrupto. Y yo, enternecido al verla sollozar, algo contrito por estar contribuyendo al llanto, pero sobre todo agradecido con Dios, saltaba de gozo por dentro al pensar que su Bautismo estaba siendo, literalmente, un nuevo nacimiento, con lágrimas incluidas, como es habitual cuando se nace.
Lágrimas de Cristo
Y pienso ahora que el agua del Bautismo no solo evoca la que salió del costado de Cristo, como ha interpretado durante siglos la Iglesia, sino que quizás, a lo mejor, esa agua también nos puede recordar las lágrimas de Jesús, varias veces mencionadas en el Evangelio.
Contemplar la paradoja de que ella llore mientras en su alma se está obrando un milagro me hace pensar en que, quizás, a lo mejor, Jesús llora de alegría cada vez que sucede un Bautismo. Y que son esas lágrimas de Cristo las que lavan el alma.
Una gracia divina
Por eso, mirar los ojos grises de Elena, esos ojos abismales, fue una gracia que difícilmente olvidaré. Dios la hizo nueva a ella por el agua, y a mí me hizo nuevo por la escala de grises infinita de ese misterioso pozo que era su mirada.
Será un recuerdo de esos que vendrán intempestivos y, sin previo aviso, me obligarán a esbozar una sonrisa.





